Tinta fresca: Impuesto a la pobreza

Rodrigo Soto
rodrigosoto@nacion.com


Ocurrencias de un Cantinflas posmoderno en Si yo fuera Diputado

No me explico cómo no se le había ocurrido esto antes a nadie: ni a los mandamases del Fondo Monetario Internacional, del Banco Interamericano o del Banco Mundial... El asunto es sencillo: en lugar de andarle regalando casas y plata a los pobres (pues así, ¿quién va a querer dejar de ser pobre?), lo que tenemos que hacer es ponerle un buen impuesto a la pobreza. Sí señores: un impuesto duro y ejemplar, que castigue a esa gente para ver si así se espabilan y se ponen las pilas de una buena vez. En dos platos, propongo un impuesto progresivo a la pobreza. Es decir: cuanto más pobre sea una persona, más impuestos tiene que pagar. Fácil, ¿verdad?

Ahora algunos pretenden que, entre más rico sea alguien, más impuestos tenga que pagar. Jamás he oído burrada semejante. De esta forma lo único que estimulamos es el conformismo, la pobreza y la mediocridad. Yo digo lo contrario, señores; digo que liberando de impuestos la riqueza y castigando a los pobres con impuestos ejemplares, esa gente pondrá de su parte para salir de tan lamentable situación, que solo trae retraso y ruina a nuestro país.

Es ridículo que los ricos tengamos que pagar más impuestos. En primer lugar, porque ya sabemos que, antes de entregarle un cinco al fisco, la gente prefiere quedarse como está. (Por eso los ricos somos tan poquitos). Los impuestos a los ricos solo desaniman a quienes, si cantara el gallo que aquí digo, tal vez pondrían un poco de su parte y se esforzarían para convertirse, sino en verdaderos ricos, al menos en modestos clase-media. Y aunque la clase media sea de mal gusto, al menos así disminuirían la pobreza, la delincuencia y tantos males que hoy padecemos.

Por eso digo yo que en lugar de ponerle impuestos a las cosas buenas que la gente desea (automóviles de lujo, licores importados, viajes y televisores, grabadoras y tantas cosas más), tenemos que hacer exactamente lo opuesto. ¿Cómo va la gente sencilla a aprender lo que es bueno si nosotros le ponemos todo carísimo? Pongámosle impuestos al transporte público, a ver si así la gente del pueblo hace el esfuercito de comprarse un carro aunque sea de segunda; pongámosle impuestos al maíz, al arroz y a los frijoles, para que el pueblo descubra las delicias de las que se está perdiendo y conozca lo que es bueno; pongámosle impuestos al café y al azúcar, y sobre todo, pongámosle impuestos a los tugurios. Yo les aseguro que con un impuesto del 1.000 por ciento a los tugurios, resolveríamos de una vez por todas ese problemón que afea nuestras ciudades...

Por eso estamos como estamos, señores, y el mundo está patas-arriba, y cuando es de día en una parte, reina la más completa oscuridad en la otra, y viceversa o al revés, y nunca nos ponemos de acuerdo para que el brille el sol en todas partes y para todos por igual, como dijo Salomón.

Ya llegó el momento de ensayar soluciones innovadoras –por no decir esa palabra fea: revolucionarias–, en el combate contra la pobreza. Por ello propongo que se establezca el más alto de todos los impuestos contra ese flagelo que le viene quemando las pestañas a los economistas, a los políticos y a los sociólogos de todo el mundo desde hace tanto tiempo.

Y si por algún motivo que no puedo imaginar las cosas no resultaran –si no acabamos de esta forma la pobreza–, estoy seguro de que con ese montón de pobretones, pobretes y pobrecillos que andan por ahí, al menos resolveríamos ese otro problema que aqueja al país desde hace siglos: el problema fiscal, señores.

Lo digo y lo repito una vez más: no entiendo cómo no se le había ocurrido a nadie algo tan sencillo...


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