Tinta fresca

Con Fidel en La Habana

Rodrigo Soto
rodrigosto@nacion.com



Ilustración Augusto Ramírez

¡Qué lejos los buenos tiempos heroicos!", le digo a Fidel cuando he ganado algo de confianza. Estamos frente a una pequeña esfinge del Che Guevara bañada en oro, en venta a $40 en la joyería del aeropuerto de La Habana. "Es cierto, está cara", responde él. "Pero por $20 puedes llevarte una de plata". Y cuando sonríe, se le desajusta un poco la hermosa dentadura esmaltada, demasiado blanca para un viejo fumador como él. "No es eso, chico", riposto con excesiva familiaridad, al punto que los guardaespaldas dan un respingo. "Entonces ¿de qué se trata?", insiste el Comandante, simulando estar interesado en lo que opino. "Es que..." Pero antes que diga nada, él se adelanta: "Está bien, te la dejo en $35 siempre y cuando me compres un calendario y un paraguas". Señala la vitrina donde los exhiben. El calendario de mesa es idéntico a los que venden en los museos; trae 12 fotografías en blanco y negro del guerrillero argentino: enero fumando, febrero sonriente, marzo trabajando en su despacho, abril descansando en la montaña, etcétera. El paraguas con empuñadura de madera tiene estampada en un costado la breve firma del Che: toda una pieza de diseño.

"Tal vez" alcanzo a pensar en mi perplejidad, "Cuba entera fue declarada Patrimonio de la Humanidad y convertida en un único, gigantesco museo..." Me parece atrevido preguntar esto al Presidente, pero contra mi voluntad, pienso todavía: "¿El Museo de los Horrores o el Museo de las Maravillas?" Los viejos y magníficos automóviles de los años 50 que circulan por las calles así parecen confirmarlo. ¿Y no es el sistema socialista –o lo que de él queda– una pieza de museo? Pero ¿qué otras cosas se exhiben aquí? ¿La tenacidad de un pueblo o la obcecación suicida de sus dirigentes? ¿La resistencia o la derrota sin fin? Más preguntas que respuestas.

Desde el primer día de mi visita, acepté que en Cuba es inútil tratar de entender algo. Uno va del asombro a la indignación, de la admiración a la rabia, de la certeza a la duda y de la risa al llanto, sorprendiéndose del aguante del pueblo cubano y agradecido de su hospitalidad alegre, sincera y generosa en medio de las privaciones. Para sobrevivir en Cuba hay que robar y casi todos lo hacen, empezando por el Estado, que paga en pesos cubanos pero vende en dólares americanos. El salario de un médico ronda los $15 mensuales. A su vez, todos tratan de robarle al Estado: pollos, papas, naranjas, huevos, ron, cualquier cosa que se pueda vender... Nadie se alarma ni sorprende por esto: está implícito que el negocio es así, pues como afirma el refrán, "ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón"...

Todo sucede en las barbas de Fidel, es imposible que ocurra sin su consentimiento. Ahora que estoy a su lado, comprendo hasta qué punto este hombre terminó por modelar una nación completa a su imagen y semejanza. La misma mezcla de ruina y esplendor que he visto durante la última semana en cada rincón de La Habana, domina en su rostro: el esplendor del pasado, la ruina lenta pero inmisericorde del presente. Está por verse si la Historia lo absolverá, pero de lo que no hay duda, es que la pequeña historia de todos los días, la del cuerpo y su minúscula epopeya celular, no perdona a nadie. Ni siquiera a personajes legendarios como él.

Apareció de pronto en el aeropuerto, mientras esperábamos para abordar el avión que nos llevaría de regreso a Costa Rica, retrasado por una tormenta tropical. Tuve la suerte de que por unos instantes se acercara a mí y me concediera un breve intercambio de palabras. Se alejó como vino, abriendo un surco en la expectación reverencial que su presencia aún produce. En medio de la confusión, no atiné a recitarle un poema que escribí hace algunos años. Quizás por este medio lo reciba:

CUBA, 1998 (Epigrama)

Mejor suerte correría / si fuese Sancho / y no Don Quijote / quien la gobernase / esta ínsula desbaratada.


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