Sociedad

Con la inteligencia a cuestas

Ivannia Varela
ivarela@nacion.com


¿Qué ha pasado con quienes obtuvieron los mejores promedios de admisión en la UCR y el TEC 10, 20 ó 30 años después? La mayoría siguen siendo exitosos en su quehacer académico y profesional.

Tomás Quesada Vargas, 48 años, ingeniero mecánico, especialista en manejo de desechos y empresario. (Primer promedio de la UCR en 1973). (Foto: Lara Shipley/Para La Nación).

Cada año, quienes obtienen las mejores notas para ingresar a la Universidad de Costa Rica (UCR) y al Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) se convierten en noticia, pues suelen ser jóvenes brillantes, con un futuro promisorio.

Hace pocas semanas –como ocurre a finales de año desde hace poco más de cuatro décadas–, se dieron a conocer los nombres de los estudiantes con mayor puntaje en los exámenes de admisión. Christian Zamora Jaén, un alumno del liceo Mauro Fernández logró la nota perfecta de 800 en la UCR, mientras que Marisol Valerio, del colegio Británico y Eyleen Vanessa Corrales, del Marista, obtuvieron esa misma calificación para ingresar al TEC.

Los padres, profesores y compañeros de los tres aseguran que son muchachos muy aplicados y, que de seguir por la senda correcta, harán realidad sus sueños profesionales, por elevados que sean.

Sin embargo, ¿qué ha pasado con otros estudiantes que, como ellos, sobresalieron en estas pruebas hace 10, 20 ó 30 años? ¿Siguen siendo tan brillantes como entonces?

Además:
  • Él es su propio jefe
  • Un gerente en Houston
  • ¡Y sonaron las sirenas!
  • Entre rascacielos
  • Mentes gemelas
  • Cúspide temprana
  • Pediatría con arte
  • Habituado a los honores
  • ¿Qué mide la prueba?
  • Aunque la labor de localizarlos fue difícil, pues ni el TEC ni la UCR poseen datos informatizados de años anteriores a 1990, dimos con el paradero de algunos de ellos, tanto en Costa Rica como fuera del país.

    Se trata de una pediatra, el dueño de una empresa distribuidora de software, un ingeniero civil con énfasis en pavimentos, el vicepresidente de un banco de Nueva York, uno de los gerentes de Coca-Cola North America (con sede en Houston), un físico matemático, el propietario de 20 apartamentos y dos profesores de ingeniería bioquímica. Los nueve contaron cómo "invirtieron" su talento y qué se siente vivir con la inteligencia a cuestas.


    Él es su propio jefe

    Hace exactamente 30 años, cuando recibió la noticia de que había obtenido el mejor promedio para ingresar a la UCR, Tomás Quesada se sintió satisfecho, aunque a su alrededor no hubo ninguna celebración. Es más, muchos de sus amigos jamás supieron que este egresado del colegio Calasanz había alcanzado en su examen un 95,75 sobre 100.

    Y es que para entonces, el único beneficio que obtenían los estudiantes con notas excelentes en la prueba de admisión era matricular de primero para así poder elegir las materias que querían llevar y el horario que más les convenía. No tuvo acceso a becas, ni nada por el estilo.

    Por eso, cuando la Revista Dominical lo visitó la semana pasada para conocer qué había hecho con su vida, Tomás se mostró apenado. No está acostumbrado a alardear de su inteligencia.

    Sin embargo, al conversar con él, es sencillo notar cuán exitoso y feliz es este hombre, quien a sus 48 años ha materializado el sueño de muchos: contar con su propio negocio.

    Junto con sus hermanos y su madre, Tomás construyó 20 apartamentos, en media hectárea que sus abuelos paternos le heredaron, en Sabanilla de Montes de Oca. Como la ocupación es del cien por ciento, las rentas le permiten vivir de manera holgada, en compañía de su esposa Patricia Salas Mora y de sus cuatro hijos, dos universitarios y dos colegiales.

    Antes de dedicarse a tan productivo negocio, este coleccionista de carros antiguos y aficionado a los trenes en miniatura, también cosechó triunfos académicos y profesionales.

    Tras obtener su licenciatura en ingeniería mecánica en la UCR, fungió como profesor universitario, laboró para la compañía Cementos del Pacífico, en Guanacaste, montó una fábrica de muebles de aluminio y, más tarde, consiguió ubicarse en el Instituto de Fomento y Asesoría Municipal (IFAM), donde asesoraba a las municipalidades sobre maquinaria pesada. En esa época, se interesó por el manejo de los desechos y motivó a algunos municipios para que hicieran sus rellenos sanitarios.

    Al salir del IFAM, se dedicó unos meses a asesorar a empresas y organizaciones en este mismo campo, pero llegó el día en que decidió hacer un alto en su camino. Desde entonces, se ha dedicado a administrar los apartamentos que comenzó a construir en 1990.

    "Lo realmente importante es encontrar la felicidad en las pequeñas cosas que hacemos", dice Tomás, al confesar que le encanta pasar horas dentro de una pequeña granja, con cabras, patos y gallinas, que construyó en su apacible propiedad.


    Un gerente en Houston

    Aunque obtuvo uno de los mejores promedios de admisión de la UCR en 1988, Juan Cristián Santa María no pudo ingresar directamente a la carrera de química. Acababa de nacionalizarse costarricense, pero todavía aparecía como chileno en los registros de esa casa de enseñanza.

    En familia
  • Juan Cristián Santa María, 32 años, químico de profesión y gerente senior de asuntos científicos y regulatorios de Coca-Cola North America, en Houston, Estados Unidos. (Segundo promedio de la UCR en 1988). (Foto: Cortesía de Juan Cristián Santa María/Para La Nación)
  • Por esta razón fue que su nota –de 789 puntos– lo halagó, pero no lo puso a saltar de alegría. El primer año debió resignarse a cursar Estudios Generales y a llevar materias del ciclo básico de ingeniería para aprovechar el tiempo.

    Finalmente en 1990, comenzó a estudiar lo que tanto anhelaba, y prueba de su pasión es que ese mismo año obtuvo el primer promedio de la escuela de Química y del área de ciencias básicas.

    En realidad, esto era solamente la antesala de su futuro académico y profesional, pues en 1995 se graduó como licenciado en química y en diciembre del 2000, concluyó el programa de maestría en administración de negocios (MBA, por sus siglas en inglés) con la Fundación de Estudios de Posgrados e Investigación en Ciencias Económicas (FUNDEPOS).

    A los 23 años Juan Cristián empezó a trabajar en la División de Centroamérica y el Caribe de la empresa Coca-Cola. Ahí ocupó los cargos de especialista en asuntos científicos y ambientales (1995-|1996), gerente de nuevos productos (1996-2000) y gerente de comercialización de nuevos productos y empaques (2001-2002).

    Convencido de que querer es poder, en mayo del año pasado, Juan Cristián aceptó un nuevo reto y se trasladó a Houston, Estados Unidos, donde en la actualidad se desempeña como gerente senior de asuntos científicos y regulatorios para la Coca-Cola North America.

    En el ámbito personal, este exalumno del colegio La Salle, y apasionado del futbol (y en particular de la Liga Deportiva Alajuelense), es el mayor de tres hermanos. Llegó a Costa Rica de cinco años y desde entonces estudió en el país.

    Se casó en el 2001 con la costarricense Adriana Porras Elizondo, una abogada que conoció cuando formaba parte del Movimiento de Encuentros de Promoción Juvenil, un grupo de orientación católica.

    Pero las pasiones cambian conforme transcurre la vida.

    Hoy lo que más lo motiva no son los libros repletos de fórmulas, ni las ecuaciones químicas, sino su pequeño Sebastián, quien tiene cuatro meses de haber llegado al mundo.


    ¡Y sonaron las sirenas!

    Cuando trascendió que Álvaro Moscoa logró un 100 en el examen de admisión de la UCR, las sirenas del colegio San Judas Tadeo sacaron de la rutina a toda la población estudiantil, sobre todo porque su sonido se prolongó durante varios minutos. Todos los alumnos salieron al patio desconcertados, pero al entender qué ocurría improvisaron en su honor un desfile por los alrededores del centro educativo, en barrio Don Bosco.

    Autosuficiente
  • Álvaro Moscoa García, 37 años, analista de sistemas y dueño de la empresa Logics. (Primer promedio de la UCR en 1982). (Foto: Carlos León/Para La Nación).
  • "Me sorprendí mucho, pero ni siquiera tuve tiempo de asimilar la noticia porque pronto llegaron a buscarme los periodistas para entrevistarme. Llegué tardísimo a mi casa. Mi familia estaba muy contenta y orgullosa", recuerda Álvaro con la misma emoción de entonces.

    Como siempre se había sentido tan cómodo con los números, eligió ingresar a la escuela de Computación y convertirse en uno de esos "chicos raros", pues a principios de los años 80 esta carrera no era todavía muy cotizada.

    Aunque no se graduó con honores, recibió el título de licenciado en el plazo previsto. Después, se matriculó en el TEC, donde también había obtenido una excelente nota de ingreso. Allí sacó una maestría en administración de negocios.

    Al poco tiempo, se unió a unos amigos y fundó su propia empresa de cómputo, básicamente de software. Esta compañía aún sobrevive y es su principal medio de sustento. Se llama Logics y en la actualidad solo la comparte con un socio.

    Álvaro está casado desde hace 12 años con Rosibel Dobles Monge, vive en El Carmen de Guadalupe y tiene dos hijos, Juan Carlos y Diego, de 9 y 4 años respectivamente.


    Entre rascacielos

    De los cinco estudiantes que en 1989 obtuvieron los más altos promedios de ingreso a la UCR, el único que no había decidido qué carrera seguir era Michel Montvelisky, quien obtuvo un puntaje de 775, solo superado por el del joven Rafael Ángel Campos, quien logró un 793.

    Líder
  • Michel Montvelisky, 31 años, ingeniero eléctrico y vicepresidente del Departamento de Energía y Derivados Financieros de Merrill Lynch. (Segundo promedio de la UCR en 1989). (Foto: Cortesía de Michel Montvelisky/Para La Nación).
  • Era una nota estupenda que le abría las puertas de cualquier escuela de la "U". Sin embargo, este muchacho, egresado del colegio Dr. Jaim Weizman, optó por darse un respiro primero.

    En 1990 viajó a Israel, donde trabajó como voluntario en granjas agrícolas.Y al año siguiente, regresó a Costa Rica, hizo el primer semestre de biociencias en la UCR y en junio partió de nuevo, ahora a Boston, Estados Unidos, para continuar sus estudios en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).

    En cinco años maratónicos, obtuvo al mismo tiempo los títulos de bachiller en ingeniería eléctrica y bachiller en finanzas, así como una maestría en ciencias de la computación.

    Quizá por eso, en 1996, le resultó fácil colocarse en el banco de inversiones Golman-Sachs, de Nueva York, donde trabajó como analista cuantitativo en el mercado de la energía eléctrica, recientemente desregulado.

    Más adelante, retornó a las aulas universitarias pero en otra institución, la Universidad de Columbia, para cursar una maestría en administración de negocios con especialidad en finanzas.

    En el 2001, fue contratado por el banco Merrill Lynch, de Nueva York. Desde entonces, ha escalado muchas posiciones; actualmente funge como vicepresidente del área de derivados financieros.

    El año pasado se casó con una estadounidense y ambos residen en la ciudad de los rascacielos. Sin embargo, nada es capaz de impedirle su visita semestral a Costa Rica.

    Su papá, el ginecólogo Herman Montvelisky, no puede ocultar el orgullo que siente por su hijo y admite que siempre espera ansioso las visitas de Michel. Sobre él opina que es "extremadamente disciplinado y brillante".


    Mentes gemelas

    De lejos, parecen dos hombres muy diferentes, pero de cerca y, sobre todo, al conversar con ellos, asombra lo parecidos que son y la forma en que el destino de ambos se ha tejido en paralelo.

    "Idénticos"
  • Rónald Elizondo Campos y Rodrigo Mata Solano, 47 años ambos, ingenieros bioquímicos y profesores de la escuela de Ingeniería Agropecuaria del TEC. (Primeros dos promedios del TEC en 1974). (Foto: Lara Shipley/Para La Nación).
  • Los dos estudiaron en el colegio San Luis Gonzaga, de Cartago, y aunque no recuerdan haber sido los típicos nerdos de la clase, siempre destacaron por sus calificaciones. Esto, a pesar de que debieron alternar sus estudios con el trabajo para ayudar económicamente a sus familias. Rodrigo ayudaba en un restaurante que tenía su padre en Paraíso, y Rónald laboraba como "gondolero" en un supermercado.

    Cuando ingresaron al TEC, en enero de 1975, no tenían idea de que habían obtenido los más altos puntajes de su generación. Les bastaba con saber que habían sido admitidos en la carrera de Producción Industrial.

    No fue sino hasta que empezaron las clases, que se enteraron de tan halagadora noticia y, a la vez, se convirtieron ellos en noticia para las radioemisoras y los periódicos de la época. Los dos habían obtenido una calificación superior a 95 y aunque no recuerdan la nota con exactitud, coinciden en que la de Rónald fue ligeramente más alta que la de Rodrigo.

    Con esos promedios, el TEC decidió concederles una beca para que estudiaran en el Instituto Tecnológico de Monterrey, México, donde lograron el título de ingenieros bioquímicos, con énfasis en tecnología de alimentos.

    Regresaron al país con la especilaidad y, desde entonces, se han dedicado a la docencia. Actualmente, Rodrigo es director de la escuela de Ingeniería Agropecuaria, y Rónald es el encargado del Centro de Investigación en Gestión Agroindustrial.

    El primero se casó con la costarricense María Teresa Monge, con quien tuvo tres varones de 21, 18 y 14 años. Su padrino de bodas fue Rónald, quien a la vez contrajo matrimonio con una italiana llamada Paola Lucci. De su unión nacieron dos hijas, hoy de 16 y 14 años.


    Cúspide temprana

    Es el más joven de los nueve entrevistados, aunque esto no quiere decir que haya cosechado menos méritos. Todo lo contrario: con 24 años, Alejandro Jenkins ha llegado realmente lejos.

    Esfuerzo
  • Alejandro Jenkins Villalobos, 24 años, físico matemático. (Primer promedio de la UCR en 1996). (Foto: Cortesía de Alejandro Jenkins/Para La Nación).
  • Cursó la primaria y los tres primeros años de secundaria en el colegio Lincoln, pero su temprana afición por los números y las ciencias lo hizo mudarse en décimo año al colegio Científico, en San Pedro de Montes de Oca. De este centro educativo salió graduado, con excelentes calificaciones, en 1996.

    Su nota de admisión a la UCR fue de 800, el puntaje máximo, y si bien habría podido ingresar a la carrera que deseara, solo hizo allí un semestre de matemáticas... La razón es comprensible.

    Fue aceptado en la Universidad de Harvard y, sin pensarlo, alistó su equipaje. Cuatro años después obtuvo en esa prestigiosa casa de enseñanza el bachillerato en física y matemática.

    Durante el verano del 2001 realizó una pasantía en la Organización Europea para la Investigación Nuclear en Suiza, y ese mismo año fue seducido por un nuevo reto académico, esta vez, en el Centro Tecnológico de California. Allí obtuvo, en junio del 2002, una maestría en física teórica, y desde hace varios meses trabaja duro en su tesis de doctorado. Su campo ñexplicóñ es la investigación física teórica de partículas.

    Pero Alejandro es polifacético. Durante su tiempo libre, escribe artículos científicos y políticos, muchos de los cuales se han publicado en La Nación.

    Este joven es el menor de su casa y, aunque casi todo el año está fuera del país, sus padres siempre lo tienen presente. "És un adulto responsable y eso es un gran alivio para mí", aseguró Anabelle Villalobos. Para ella, fue clave la estimulación que recibió su hijo desde la infancia. "Siempre les dijimos que el conocimiento es fuente de libertad".


    Pediatría con arte

    Tras salir del colegio Franco Costarricense en 1978, Ana Lorena Madrigal anhelaba estudiar danza. No obstante, su papá la convenció para que se inclinara por otra carrera y la elegida fue medicina, en la Universidad de Costa Rica.

    Al servicio
  • Ana Lorena Madrigal Vargas, 41 años, médica pediatra. (Primer promedio del TEC y segundo promedio de la UCR, en 1978). (Foto: Mario Rojas/La Nación).
  • Su mérito había sido doble. Además de obtener el primer promedio en el examen de admisión del TEC con un porcentaje de 94,58, se adueñó del segundo lugar en la UCR, con 97,16.

    Sin mostrar mayor emoción, cuenta que, aunque su familia se enorgulleció mucho por ese triunfo académico, esas notas no tuvieron mayor significado para ella ya que siempre había sido excelente estudiante.

    Más aún, hasta donde le fue posible trató de disimular, porque en el pasado había tenido problemas por ser la alumna sobresaliente de la clase.

    "Mi madre me cuenta que cuando yo estaba en la escuela, las otras mamás se enojaban con ella porque las maestras no querían explicar más la lección diciendo que Ana Lorena sí había entendido", relata esta desamparadeña.

    Sin embargo, actitudes como esas no hicieron mella en su afán de superarse. A los 17 años, cuando inició su segundo año de carrera, demostró una vez más que el estudio era su fuerte, pues la institución le concedió una beca de honor por tener notas superiores a 90 en todas las materias.

    Realizó su servicio social en Pérez Zeledón, se graduó en medicina general en 1985 y, convencida de que los niños son los mejores pacientes, en 1990 se tituló de pediatra.

    No quiso abrir un consultorio privado ni tampoco buscó hacer especializaciones en el extranjero. En 1992 consiguió una plaza de tiempo completo en la clínica Carlos Durán, donde todavía labora, de 7 a. m. a 4 p. m.

    En ese centro médico, además de ofrecer consulta regular, participa en la comisión interna del niño agredido y la comisión de calidad, y asesora programas con varias universidades

    Vive sola y no tiene hijos. Se caracteriza por ser una persona dinámica, comprometida y alegre; sobre todo, desde hace ocho meses, cuando encontró un nuevo aliciente para su vida: se matriculó en clases de canto.

    "A mi edad, ya no puedo hacerme bailarina, pero al menos voy a explotar mi vena artística por este lado", afirma con gran ilusión.


    Habituado a los honores

    Muchos desearían haber culminado su etapa colegial con un epílogo como el de Pedro Castro. Obtuvo excelentes notas de ingreso tanto al TEC como a la UCR. Siempre fue un alumno destacado del colegio San Luis Gonzaga, en Cartago, y en la mayoría de los actos cívicos le correspondía llevar el estandarte de la institución, un privilegio que se reservaba para los buenos estudiantes.

    Docente
  • Pedro Castro Fernández, 32 años, ingeniero civil, administrador de negocios e investigador del Laboratorio Nacional de Materiales. (Primer promedio del TEC y cuarto de la UCR en 1987). (Foto: Lara Shipley/Para La Nación).
  • Como pudo darse el lujo de escoger adónde ingresar, optó por la Universidad de Costa Rica, y en 1991, su promedio fue el mejor de la escuela de Ingeniería Civil.

    Al concluir su licenciatura, probó suerte en la National University, hoy FUNDEPOS. Hizo una maestría en administración de negocios y, otra vez, se graduó con honores.

    Pero no satisfecho, viajó a la Universidad de Nevada, en Estados Unidos, para cursar una maestría en ingeniería civil con énfasis en pavimentos. En ese centro de enseñanza empezó, un tiempo después, los estudios de doctorado y hoy se encuentra a un año de concluir su proyecto de tesis, que está trabajando desde Costa Rica.

    Ahora es docente de la escuela de Ingeniería de la UCR y tiene siete años de desempeñarse como investigador del Laboratorio Nacional de Materiales, de la misma institución.

    También ofrece consultorías al Ministerio de Obras Públicas y Transportes, al gobierno de Panamá y a la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (SIECA).

    Convencido de que ha encontrado a su "media naranja", dentro de pocos meses se casará con Balbina Calderón, estudiante de derecho y novia suya desde hace tres años.


    ¿Qué mide la prueba?

    Los exámenes de admisión que todos los años realizan la Universidad de Costa Rica y el Instituto Tecnológico de Costa Rica no pueden equipararse con una prueba de coeficiente intelectual, en la cual se evalúa una serie de áreas y se averigua más sobre las capacidades cognitivas de un individuo.

    Las pruebas que realizan estas dos casas de enseñanza más bien pretenden medir únicamente dos variables: el razonamiento matemático y el razonamiento verbal.

    Según aclaró Antonio Barquero Segura, asesor educativo para la selección de estudiantes en el TEC, los exámenes de admisión no evalúan el conocimiento general, sino las aptitudes del individuo. Sin embargo, dijo que es muy probable que quienes obtengan puntajes altos en estos exámenes, también salgan muy bien en las pruebas de coeficiente intelectual.

    La Universidad de Costa Rica fue la pionera en realizar este tipo de exámenes en el país, hace 42 años. Al principio, el resultado se medía en la escala de 1 a 100 pero desde 1988, el método se modificó, y ahora la evaluación se hace en una escala de 200 a 800 puntos, con un puntaje promedio de 500.

    El TEC, por su parte, aplica examen de admisión desde su apertura, en 1973.

    En la UCR, el Instituto de Investigaciones Psicológicas y un equipo interdisciplinario de profesionales supervisan las pruebas, validan los ítemes y hacen las modificaciones necesarias. Al principio, ellos también brindaban asesoría al TEC.


    © 2003. LA NACION S.A. El contenido de nacion.com no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com