Desde la cueva

La carga del padre Sergio

Lidiette Brenes
lidbrenes@nacion.com



El padre Sergio Valverde da alimento material y espiritual a niños de los barrios del sur. (Foto: Francisco Rodríguez / La Nación)

Llevar a cuestas los pecados más graves que cometen asesinos, ladrones, violadores y personas que están en las cárceles no es tarea liviana. Tampoco es sencillo transmutar confesiones "inimaginables" en palabras de esperanza.

El padre Sergio Valverde Espinoza, director arquidiocesano de la Pastoral Penitenciara y capellán de la Unidad de Adminisión de San Sebastián lo hace.

Él logra prender una luz de esperanza en las vidas de los privados de libertad "porque para Dios no hay nada imposible".

En pos de su apostolado, se mueve en el centro de una tremenda miseria humana, se pone en contacto directo con el dolor y escucha muchas voces desesperadas. Pero es Dios -dice- quien lava las culpas y otorga la gracia.

Solo tiene 36 años, mas, a juzgar por sus acciones, pareciera que tiiene varias vidas.

Es también cura párroco de la iglesia de Cristo Rey, asesor nacional de la Renovación Carismática Católica y dirige una serie de obras con indigentes, niños desamparados y deambulantes de la zona roja.

Es el fundador de la Asociación del Espíritu Santo para el cuido de niños en riesgo social, todos provenientes de hogares conflictivos. En este momento atienden a 97 menores, a quienes da desde zapatos y sopa hasta baño diario y los cuidados de maestras especializadas que les ayudan con sus tareas.

Tanto hace el padre Sergio que si no se organiza muy bien el tiempo no le alcanza.

Comienza los lunes a las 4 de la mañana, cuando va a Cenada a recoger, tramo por tramo, las verduras que muchos productores le regalan para su obra.

Los martes visita, de casa en casa, las zonas marginadas de los barrios del sur.

Y tiene que hacerlo así porque "entre tanta gente herida por el sufrimiento, no hay apertura evangelizadora; solo de esta manera se pueden acercar a Dios".

Casi todos los días, después de las 10 de la noche, "mendiga"-"y no me da vergüenza decirlo"- en los supermercados y pide víveres a la gente.

Los viernes, entre las 9 de la noche y las 3 de mañana, lleva comida, médicos y medicinas -junto con la palabra de Dios- a la zona roja. La Clínica Bíblica es una gran aliada en este proyecto, asegura.

Aquello es como la multiplicación de los panes, pues lo que les regalan alcanza para dotar de un diario a 250 familias "que viven en la miseria, no poseen casa y tienen el derecho humano de quitarse el hambre".

Asimismo, el padre Sergio trabaja con 72 discapacitados a quienes han proporcionado sillas de ruedas y aparatos ortopédicos, y con exprivados de libertad a los que reúne con sus familias, les ofrece una bolsa de empleo y les brinda soporte espiritual.

Entre esas personas, el padre se siente como en su casa. Probablemente porque nació allí, en Cristo Rey, en el seno de una familia muy pobre.

Desde pequeño sintió la vocación sacerdotal, y estando en el Seminario, recibió el llamado fuerte de trabajar por su gente.

Sus superiores notaron ese carisma y lo enviaron a desempeñar esa dura misión. Quizá la Iglesia, de esa forma, equilibre, con su ejemplo, el vacío que dejan otros malos sacerdotes.


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