Historia

Las paredes del ayer

Ivannia Varela
ivarela@nacion.com

En el casco capitalino, 70 edificios declarados patrimonio nacional atesoran la historia del San José de antaño y hablan de su incesante transformación en el tiempo.

En varios edificios cerca del parque Morazán se escribieron muchas páginas de la historia. Contiguo a este inmueble, está la antigua casa de la familia Jiménez de la Guardia. (Foto: David Vargas / La Nación).

¿Qué se siente habitar un edificio cuyas paredes y rincones transpiran historia por doquier? Con toda una vida de ocupar la antigua casa del escritor Mario González Feo, en Barrio Amón, Carmen Odio González ya ni siquiera se plantea esa interrogante.

Para ella, se trata simplemente del hogar de su abuelo, el sitio donde creció su madre y el techo que desde niña le ha dado abrigo. Sin embargo, eso no quiere decir que el asombro se le haya esfumado. La misma vivienda no se lo permitiría: tanto en la parte original -construida en madera al estilo victoriano- como en el área de ladrillo -edificada años más tarde-, hay decenas de detalles que dejarían a cualquiera boquiabierto.

Entre ellos, la acogedora capilla donde velaron el cuerpo del escritor, las muchas gárgolas "para alejar a los malos espíritus", los frescos que, sobre las paredes, pintó Francisco Amighetti, los mosaicos de El Quijote confeccionados por Guido Sáenz y otras obras de reconocidos artistas costarricenses que dejaron su huella en ese sitio, declarado "Patrimonio histórico arquitectónico" en 1998.

Mas esa vivienda no es un caso único. A diario, cientos de costarricenses pasan frente a casas o ingresan a edificios que se resisten a caer en el olvido.

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Infográfico:
  • Tesoros capitalinos

  • En medio del caos urbano, sobreviven 70 edificios, públicos y privados, que han sido declarados Patrimonio en diversos gobiernos.

    Por ley, ninguno de ellos puede ser demolido ni remodelado sin la debida autorización pues son parte de la identidad nacional.

    Al revisar la historia de cada uno de estos inmuebles, surgen infinidad de anécdotas que revelan cómo ha cambiado San José a partir del siglo XIX , cuando los niños descalzos, las carretas y las casas de adobe eran parte del paisaje.

    De este viaje en el tiempo dan cuenta en forma minuciosa los archivos que resguarda el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.

    Los más ancianos

    Aunque para inicios del siglo XIX, San José ya se reconocía como una ciudad y había dejado atrás su antiguo nombre de Villa Nueva de la Boca del Monte, muy pocos costarricenses estaban asentados en estas tierras. La mayoría eran agricultores que construyeron sus humildes viviendas en los alrededores de lo que fue la primera ermita de adobe y teja -levantada primero donde hoy se encuentra la tienda Scaglietti y trasladada luego al lugar donde actualmente está la Catedral Metropolitana-.

    La estructura que hoy conocemos se terminó de construir en 1885, aunque después de eso se le han hecho numerosas modificaciones.

    No obstante, mucho antes de la Catedral, ya se había edificado otro templo que facilitó el desarrollo de un importante sector de la capital. Se trataba de la iglesia del Carmen, uno de los edificios más antiguos de la capital.

    Precisamente, el terreno donde se encuentra esta construcción fue donado por las hermanas Gerónima y María Concepción Quirós y Castro, quienes pretendían propagar la devoción a la Virgen del Carmen.

    Según los historiadores, para 1845 ya había en ese sitio una iglesia totalmente constituida y uno de los cuatro distritos del centro de la ciudad llevaba su nombre. Para entonces, también ofrecían sus servicios religiosos la iglesia de La Merced -que impresionó mucho por su armadura de acero y sus paredes de ladrillo al estilo neogótico- y La Soledad, construida en calicanto.

    Poco a poco, San José comenzó a poblarse, sobre todo después de que adquirió el rango de capital -en 1823- y las autoridades del gobierno se trasladaron al corazón de esta provincia.

    A mediados del siglo XIX se hacen varios de los edificios que hoy ostentan el título de Patrimonio histórico y arquitectónico, como lo son el Hospital San Juan de Dios y la Fábrica Nacional de Licores (FANAL), creada para engrosar el erario público y frenar la producción de licor clandestino.

    Ambos inmuebles fueron ubicados en los puntos extremos de lo que era San José. En el caso del hospital, la determinación se tomó para proteger a los pacientes del bullicio capitalino y, con respecto a FANAL, para evitar accidentes. Mas el proceso de urbanización los alcanzó en un abrir y cerrar de ojos: pronto se construyeron casas, locales comerciales y oficinas muy cerca de estos.

    Una institución muy emblemática fue el Banco Anglo Costarricense que se fundó en 1863. Su sede -construida en concreto armado- cambió el paisaje urbano de San José. La entidad se creó como consecuencia del proceso de modernización iniciado en 1850, cuando Costa Rica, gracias al café, logra incorporarse en la economía mundial.

    Es también para estos años cuando la llamada "Plaza principal" se transforma en el Parque Central de San José y deja de ser la explanada donde había actividades militares y, todos los fines de semana, funcionaba un mercado público.

    El cambio de imagen de este parque se hizo aun más evidente en 1868, año en que se coloca la fuente de hierro que hoy puede apreciarse en las instalaciones de la Universidad de Costa Rica.

    Aparte de ser un elemento decorativo en medio del parque, dicha pieza arquitectónica tuvo un valor simbólico, pues fue colocada en ese sitio justo cuando San José estrenó su primera cañería de hierro para la distribución de agua potable. Los tanques de aprovisionamiento de esta vetusta tubería aún sobreviven al costado suroeste del Hospital Calderón Guardia.

    Estudio y espectáculos

    Desde mediados del siglo XIX y sus postrimerías, las ideas liberales favorecieron el desarrollo de San José como ciudad. Ya para entonces, sus habitantes disfrutaban de servicios como alumbrado público, tranvía y telégrafo.

    Pero no solo eso. Es en estos años cuando se levantan múltiples escuelas y teatros, pues la educación y la cultura empiezan a ocupar un papel preponderante en la vida nacional.

    La mayoría de estos teatros y centros de enseñanza estaban inspirados en corrientes neoclásicas europeas. De los dedicados a la educación destacan, entre una larga lista, la antigua Facultad de Derecho (erguida donde hoy se localiza el complejo judicial), el antiguo Colegio Sión (que se construyó en 1883 para formar a niñas de "la alta sociedad"), el Colegio Superior de Señoritas, el Liceo de Costa Rica (trasladado a principios del siglo XX a su actual sede) y la Escuela de las Graduadas, ubicada en el Edificio Metálico, que tanto revuelo causó.

    Y es que cada una de las piezas de hierro que se utilizaron en la construcción de este inmueble fueron traídas de Bélgica a petición de Buenaventura Corrales, oficial mayor de la Secretaría de Instrucción Pública.

    Así como se preocuparon por la enseñanza formal, nuestros ancestros tuvieron un genuino interés por habilitar espacios dedicados al arte.

    Aprovechándose de que el teatro municipal había sido clausurado por el terremoto de 1888, Tomás García, un empresario español radicado en Costa Rica, inauguró con una zarzuela el llamado Teatro Variedades y así se le adelantó en el tiempo al majestuoso Teatro Nacional (construido entre 1890 y 1897).

    Es en el Variedades donde en 1904 la compañía Greco hace la primera proyección cinematográfica con un aparato francés de marca Lumiére. Dos años después, debutó allí el tenor Manuel Melico Salazar. En 1920, sin embargo, fue convertido en cine.

    Para ese año, los ticos también podían disfrutar de espectáculos como las retretas que ofrecía la banda militar de San José en el recién inaugurado Templo de la Música, en el Parque Morazán.

    Debido a la belleza del kiosco y a su excelente acústica, rápidamente el lugar se convirtió en escenario de fiestas y congregaciones populares.

    Se escucharon en ese sitio discursos de personalidades como Cleto González Víquez, Joaquín García Monge, Ricardo Moreno Cañas, Otilio Ulate y Rafael Ángel Calderón Guardia.

    Durante una época también fue usado como pista de patinaje por los niños de la Escuela de las Graduadas.

    Todo por el tren

    Mientras los capitalinos engalanaban sus calles con teatros y centros educativos, otro acontecimiento contribuyó a que el sector noreste de San José comenzara a crecer con celeridad.

    Se trató de la inauguración, en 1890, del ferrocarril al Atlántico, un hecho que obligó al gobierno y a algunas compañías de la época a crear nueva infraestructura para manejar las exportaciones y el flujo de pasajeros.

    Así, debieron construirse las instalaciones de la Antigua Aduana (que en su momento fue el inmueble de mayores dimensiones de la capital) y la estación al Atlántico, que debió ser remodelada por completo en 1908 pues el pueblo coincidía en que se trataba del "edificio más feo de toda la República".

    Las calles de acceso a esta estación también fueron objeto de remodelaciones de envergadura. Tal fue el caso de la Calle de la Estación, que poco después comenzó a llamarse Paseo de las Damas, hoy avenida 3. Su nombre surgió porque los liberales decidieron embellecer esta zona y sembraron decenas de árboles damas a lo largo del trayecto. Estas plantas fueron sustituidas en 1930 por urucas y otras especies, ya que la gente se quejaba de que sus flores manchaban las paredes de sus casas y atraían a los murciélagos.

    Durante muchos años, esta vía fue un sitio de recreo para los josefinos, especialmente para las "damas" de sociedad que se paseaban muy ataviadas.

    Cerca de la estación del ferrocarril también funcionaba la Plaza de la Estación, pero muy pronto esta se transformó en el Parque Nacional. Para construirlo, el gobierno debió expropiar algunos terrenos e invertir grandes sumas. En 1895, este inmueble se engalana con la colocación del Monumento Nacional que conmemora la campaña de 1856-1857.

    Explosión de comercios

    El gran número de edificaciones que se habían levantado en San José hacia el ocaso del siglo XIX, sumado a los cambios económicos que vivía el país debido a la bonanza del café, atrajeron a inversionistas extranjeros deseosos de abrir negocios en el casco capitalino.

    El alemán Isidro Lewkowiaz fue uno de esos pioneros. Al llegar al país, adquirió una propiedad ubicada entre avenida central y avenida segunda para construir un edificio de dos pisos. La planta de arriba la convirtió en su casa y la de abajo, en un almacén de abarrotes.

    El 23 de junio de 1892, un gran incendio originado precisamente en ese local desató el pánico entre los josefinos, pues a pocos metros se hallaba el antiguo Cuartel Principal (actual Teatro Melico Salazar), donde se guardaban grandes cantidades de pólvora. Cuentan que las casas de los alrededores quedaron completamente vacías.

    Un tiempo después de aquel siniestro, se construyó en el terreno del almacén Lewkowiaz un nuevo edificio de tres pisos con estructura de hierro importada de Europa. Durante varios años, funcionaron en ese inmueble varios comercios y oficinas, pero desde sus comienzos hasta la fecha, la gente lo denominó edificio Alhambra.

    La historia de la ferretería Macaya -hoy mercado de artesanías La Casona-, es igual de alegórica. El inmueble donde estuvo por décadas esa ferretería fue construido en 1908 y se convirtió en punto de referencia para los ticos.

    Los edificios Steinvorth (donde por muchos años estuvo la mueblería Urgellés y Penón), Knhor (actualmente Improsa) y Marroy (ubicado en el mismo terreno donde funcionó la imprenta Moderna y se editó el periódico La Información), son también muy representativos de aquella época porque reflejan la consolidación de la burguesía nacional.

    Mas no solo en el centro de San José se crearon locales que aún perduran en la memoria colectiva de los ticos.

    La botica Solera es muestra de ello. Para la década de 1890, este singular terreno esquinero ubicado en Barrio México era una hermosa casa con solar que al tiempo fue adquirida por la familia del farmacéutico Otto Solera Valverde. Este finalmente la transformó en la célebre farmacia que funcionó hasta la década de 1940. Actualmente hay allí una colchonería.

    Los terrenos de Amón

    Tanto bullicio en el centro de la capital impulsó a sus moradores a buscar terrenos un poco más apartados.

    Entre 1860 y 1910, un emigrante francés llamado Amón Fasileau Duplantier decide, con buen olfato financiero, vender parte de las fincas que tenía al noreste de la capital.

    Intelectuales, políticos y muchos de los acaudalados de entonces, se interesan en el negocio y se dan a la tarea de construir en aquellas tierras lujosas viviendas al estilo europeo, con tejados prominentes, cresterías y balcones.

    En las últimas décadas muchas de ellas han sido declaradas Patrimonio por su singular arquitectura y su significado histórico. El Castillo del Moro, la casa de la Alianza Francesa, la antigua casa del escritor Mario González Feo, el edificio donde se encuentra el Centro de Cine y los apartamentos Interamericanos, son algunas de las edificaciones que se ha decidido proteger para que sean admiradas por las generaciones futuras.

    Un proceso de urbanización similar se vivió en el potrero que pertenecía al embajador peruano Francisco Otoya y en la finca adquirida por Bernardo Soto hacia finales del siglo XIX, pero que originalmente era propiedad del emigrante catalán Juan de Dios Aranjuez.

    Debido al rápido crecimiento de estos sectores, entre 1921 y 1940, se edificó muy cerca de la Antigua Aduana un hermoso templo dedicado a Santa Teresa de Jesús, conocido ahora como la iglesia de Santa Teresita.

    Legados del siglo XX

    Entre las inquietudes que abrumaron a los josefinos de inicios del siglo XX estaba la necesidad de construir un sitio más adecuado para recluir a los reos.

    Por eso, en 1907 el país contó con una nueva penitenciaría que se fue remodelando con los años para responder a la creciente explosión penal. La Peni, cuya construcción recuerda a las antiguas fortalezas españolas, fue cerrada en 1979 durante la administración de Rodrigo Carazo y transformada en el Museo de los Niños, en 1994.

    Con una suerte parecida corrió el llamado Cuartel de Bellavista, que se convirtió en sede del Museo Nacional en 1949. Este impresionante edificio fue construido en 1917, aunque ya desde mucho antes su terreno daba de qué hablar pues ofrecía una vista espectacular de San José.

    Tras el golpe militar de los Tinoco, el sitio comenzó a funcionar como cuartel de artillería y, a partir de entonces, fue el marco de momentos claves de la historia. Entre ellos, el alzamiento recordado como "Bellavistazo" y la proscripción del ejército por parte de José Figueres Ferrer.

    El edificio de Correos y Telégrafos, cuya construcción data de 1917; el Teatro Raventós (hoy Teatro Melico Salazar), la Estación al Pacífico, la sede de la Asamblea Legislativa y el edificio de La Sabana (hoy Museo de Arte Costarricense), son otras de las joyas arquitectónicas que, en su momento, engalanaron a la capital.

    Otro legado arquitectónico del siglo XX es la iglesia de San Cayetano, ubicada al sur de San José. Nació en 1937 en respuesta a la explosión demográfica de ese sector.

    Con turnos y donaciones, sus moradores lograron construir una primera capilla que, en 1954, desaparece para que surja un nuevo templo.

    Quizá muchos de los que hoy pasan frente a esa iglesia ignoran que, desde 1999, forma parte de la lista de edificios que deberán preservarse, a pesar de la vorágine urbana de nuestros tiempos.


    Influencia mudéjar

    Imposible no apreciarlo cuando se transita por la calle que baja de Barrio Amón hacia el periódico La República. A pesar de los años, el Castillo del Moro se muestra imponente y enigmático, como quizá lució a inicios del siglo XX, cuando el comerciante español Anastasio Herrero decidió construirlo. Entonces, eligió el estilo morisco para recordar a su tierra natal.

    Muchos de los materiales que utilizó el arquitecto responsable de la obra fueron importados de España e Italia, y con ellos se elaboraron los detalles más exquisitos. Sobresalen, por ejemplo, los arcos de medio punto, las gárgolas de las cornisas exteriores, los 2.000 azulejos que ilustran diferentes escenas de El Quijote y el escudo de Costa Rica, con cinco estrellas, que, junto con el escudo de España, dan la bienvenida al Castillo.

    En 1945, este inmueble pasa a manos del cuarto arzobispo de San José, Carlos Humberto Rodríguez Quirós, quien fallece en 1986, sin imaginar que el edificio desataría una intensa pugna legal.

    Poco después de su muerte, las hermanas Annick, Chantal e Isabel de la Goublaye de Mernoval Rodríguez, iniciaron la disputa por esta edificación, un proceso que duró 15 años y concluyó sin favorecerlas. Ello porque el 31 de octubre del 2001, la Sala Primera de la Corte Suprema de Justicia, rechaza un recurso de casación y confirma a Jorge Ignacio Guier Acosta, nieto de la hermana del exarzobispo, como legítimo propietario.


    Un 'gracias' inmortal

    Las oficinas del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS), en las cercanías de la iglesia de La Soledad, encierran una historia poco conocida que se remonta a finales del siglo XIX y principios del XX.

    En esa época, se construyó allí una vivienda de bahareque, con zócalos de piedra y ladrillo, divisiones de madera y amplios salones, que perteneció a la familia de Félix Pacheco. Años más tarde, este acaudalado diplomático hereda la vivienda a sus hijas quienes nunca llegaron a casarse ni dejaron descendencia. Sin embargo, ellas, por su fe a San Pancracio, fueron quienes dieron nombre a esa residencia cuando rogaron al santo por un milagro y este -se dice- se lo concedió.

    En agradecimiento, una de las hermanas trajo desde Barcelona, España, una imagen de San Pancracio que obsequió a la Iglesia de la Soledad y después encargó en Puebla, México, un mosaico de este santo, que todavía puede apreciarse en la entrada de la vivienda.


    Molino fantasma

    Quizá los inquilinos de los apartamentos Interamericanos, sobre todo los ubicados contiguo a la Embajada de México, no saben que, años atrás, funcionaba en ese terreno el famoso molino de harina Victoria. Este fue adquirido en las primeras décadas del siglo XX por el expresidente Rafael Yglesias para poner también un molino de café.

    Hacia 1938, la propiedad pasa a manos del ingeniero Francisco Jiménez Ortiz, quien inicialmente planea abrir allí una fábrica de cerámicas e incluso manda a construir un horno gigante que se coloca en el centro del inmueble. El día de la inauguración, este artefacto no funciona y don Francisco decide entonces hacer los apartamentos con ayuda de su amigo y arquitecto Teodorico Quirós. La segunda parte de la construcción se levanta en 1944.

    Para su hija, Rosemarie Jiménez Vargas, los dos edificios que en la actualidad forman los apartamentos Interamericanos son un verdadero orgullo familiar.


    ¡Un cafecito!

    No existe evidencia en los libros de historia, pero cuentan algunos que cuando el presidente John F. Kennedy se dirigía al Teatro Nacional en 1963, se detuvo a tomar un café en la famosa Soda Palace, el sitio de tertulia predilecto de miles de josefinos durante décadas.

    El edificio que albergó a este negocio se construyó en 1935 y, originalmente, su objetivo fue funcionar como almacén de abarrotes, pero como estaba a la par del antiguo cine Palace, su uso fue reorientado en la década de 1950. Ello, porque en aquellos años las imágenes de películas en las que aparecían sodas en Estados Unidos despertaron la curiosidad de los ticos.

    En la actualidad, el inmueble es ocupado por un restaurante de comidas rápidas.


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