Tinta fresca

Ni llueve ni son las cinco

Rodrigo Soto
rsoto@nacion.com



"¡Qué tirada! Ni llueve ni son las cinco...". El hombre lo dijo un poco para sí mismo y otro poco como un chiste para sus compañeros, como un lamento ante la perspectiva de tener que trabajar el resto de la tarde, cuando fue evidente que la jornada en la construcción no se suspendería. La frase le salió así, resbaladita, como suelen ser las genialidades: "¡Qué tirada! Ni llueve ni son las cinco".

¿Quién no ha añorado el momento de salir de ese encierro inútil y asfixiante que a menudo es el trabajo? Sentimos que nos estamos perdiendo de la vida por estar ahí (nos perdemos de la vida para ganarnos la vida, es como un chiste...) O, como dice John Lennon, "la vida es lo que ocurre mientras hacemos planes de hacer otra cosa..." Sin embargo, tras un fin de semana en casa, a menudo descubrimos que estamos ansiosos por volver al encierro, luego de comprobar que no sabemos qué hacer con ese miserable trozo de libertad –el tiempo libre.

Así regresamos los lunes con sentimientos oscuros y encontrados: de un lado, la sensación de derrota del perrito que es atrapado por el amo mientras correteaba en el parque; del otro, la seguridad (e incluso la inconfensable alegría) de quien retorna al mundo de las cosas conocidas, en donde cada quien ocupa un lugar prefijado y todo lo que ocurre es predecible, repetido.

Muchos pensarán que para todo el mundo es así. Pero se equivocan: sé de gente que ama su trabajo. Y no se trata de compulsivos ëworkohólicosí que se extravían en la computadora durante las madrugadas para evadir el encuentro consigo mismos o con sus familiares. Tampoco de avaros movidos por la codicia, a quienes se les van las horas calculando intereses, ni de personas cegadas por la ambición de poder a quienes sorprende el amanecer matrafulando la forma de hacer tropezar a sus adversarios. Ni mucho menos de ëpersonalidades del momentoí obsesionadas por atraer la atención de los medios de comunicación.

No: se trata de personas comunes y corrientes, con quienes uno se cruza en los autobuses. He conocido a campesinos que viven el drama desde la semilla hasta la cosecha con tal intensidad y pasión, que en tiempos como estos, cuando los números siempre salen rojos y no alcanzan a pagar ni siquiera los costos, siguen cultivando, tan solo para no perderse a sí mismos y su conexión con la vida. Conozco también a muchos artistas –escritores, escultores, pintores, actores–, para quienes crear es al mismo tiempo un trabajo, un aprendizaje y una diversión. Conozco a dos o tres educadores que aman lo que hacen a tal punto, que sus estudiantes los aman y respetan. Y sé del cura de un pueblo cercano que cuando no oficia misa trabaja como bombero y policía de tránsito en la comunidad.

Hace poco tuve la dicha de conversar con las costureras de una compañía teatral. "Y a ustedes –les pregunté– ¿les gusta lo que hacen?" Sin chistar, con entusiasmo, me respondieron a coro que sí. "¿Y por qué? ¿Qué es diferente aquí?"

La respuesta que me dio una de ellas es toda una lección de vida. Durante años trabajó en la Contaduría Nacional preparando informes, hasta que se armó de valor y renunció para dedicarse a lo que hace ahora: coser trajes para la ópera.

"Vea –me explicó–. Allá yo hacía informes todo el año, pero no sabía ni para qué los hacía. Tal vez, con suerte, los veía mi superior. De ahí para arriba yo sabía que nadie los iba a ver. ¿Quién va a leer esos mamotretos de 2.000 páginas? Aquí, en cambio, yo veo el producto de lo que hago: una empieza y termina algo y sabe para qué es... Una siente que algo de los aplausos también son para nosotras. Y la otra cosa es que aquí una siempre puede aprender. Siempre hay una manera mejor o más fácil de hacer lo que hacemos. Y siempre puede quedar mejor... Viene gente de afuera y te enseña cosas... Es muy diferente. Por eso, cuando se acerca un estreno nos da la madrugada y nosotras aquí felices. A veces amanecemos y como si nada..."

Y en cambio tantas veces, tantas voces: "¡Qué tirada! Ni llueve ni son las cinco..."


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