Tinta fresca

Gradería de Sol

JacquesSagot
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Ilustración: Augusto Ramírez/ La Nación.

La palabra no es nunca inocente. Es en ella donde anida la ideología, es a través de ella que se consolida el poder y se legitiman las peores atrocidades. Toda estructura de dominación se constituye desde la palabra. Pero algo hay aún más grave. Una vez erradicado de las constituciones políticas, de la letra de la ley, la palabra –en la forma de la oralidad– deviene el último asilo del prejuicio, el reducto donde este se refugiará para no morir. Una vez ahí alojado, se hace casi imposible desterrarlo de la conciencia colectiva.

Definamos, en primer lugar, cuál es la significación exacta del término "prejuicio". Un prejuicio es una idea recibida, un sentir que precede al juicio, una falsedad que adquiere visos de legitimidad por el mero hecho de circular de boca en boca, una concepción aceptada de manera pasiva, acrítica, y como tal incorporada a la cultura. El prejuicio se enquista en la conciencia colectiva a través del "se" heideggeriano: "se" dice que, "se" piensa que, "se" rumorea que. ¿Podría alguien decirme quién diantres es "se"? El prejuicio carece de autoría: es por definición anónimo e inrastreable.

En una reciente visita al estadio tuve la oportunidad de observar la manera en que el tico formula colectivamente sus prejuicios. La experiencia futbolística a la que aludo me expuso, una y otra vez, a las más soeces manifestaciones del sexismo tercermundista. Resulta que para los aficionados que auspician con su presencia nuestras justas futboleras, un mal jugador es "un teta", "una perra" o "un chapa". Tres voces femeninas. Según la variedad específicamente balompédica del macho tropical –vociferante, birrero, matón cuando ataca en hordas, pusilánime cuando tiene que encarar individualmente a quien insulta–, la mujer está homologada a la ineptitud, a la más irremediable inoperancia.

Así pues, un jugador que bota un penal es "un teta", el que yerra un pase es "un chapa", el que vuela un remate frente al marco es "una perra"... Tenemos aquí la manifestación palmaria de un fenómeno que ha sido ampliamente estudiado por la sociología lingüística: la derogación semántica de la mujer. ¿No es curioso, que no exista un solo término de género masculino para designar al futbolista incompetente? A nadie se le ocurriría agredirlo con expresiones como "¡qué maje más testículo!" o "saquen de la cancha a ese pene!". Para insultar al infortunado deportista es necesario en primer lugar feminizarlo: esa femineidad es, a ojos de nuestros hooligans de cafetal, constitutiva de su ineptitud: existe una relación de sinonimia entre la inoperancia y la mujer.

El lenguaje de la invectiva está aquí altamente genitalizado: "el teta" evoca la flaccidez, la ausencia de tono muscular que descalifica a todo deportista; "el chapa" metaforiza los pezones y sugiere la lactación (Saprissa "mamó" en el último partido); "la perra" nos remite, en lo que Pierce hubiera llamado un proceso de semiosis infinita, a la zorra, la ramera, la turra y toda una variedad de zoomorfismos del más abyecto jaez.

Tal es la especie de homínido que frecuenta la gradería de sol: ataca únicamente en jauría, utiliza a la mujer como proyectil, como materia prima para el vituperio. No piensa, porque el pensamiento es lo contrario del prejuicio: quien prejuzga no es capaz de aprehender la realidad de manera lúcida y objetiva. No esgrime la palabra: ella lo empuña a él, ella piensa por él, ella le cuelga del cuello el atroz grillete del prejuicio. Es simple caja de resonancia para la imbecilidad colectiva.


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