Testimonio

Habla un sobreviviente

Yuri Lorena Jiménez
yjimenez@nacion.com


Entrevista con Gustavo Zerbino, uno de los sobrevivientes de la mítica tragedia aérea de Los Andes, ocurrida en 1972

La toma de decisiones y el liderazgo son puntos clave en las conferencias de Gustavo Zerbino. Este sobreviviente de la tragedia de Los Andes se confiesa un hombre feliz. (Foto: Eddy Rojas/La Nación).

Hace 32 años, un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya cayó en la Cordillera de los Andes con 45 pasajeros a bordo. Dieciséis de ellos sobrevivieron tras permanecer perdidos en un inhóspito glaciar durante 73 días. Su odisea, considerada una de las más grandes historias de supervivencia del mundo, comenzó el jueves 12 de octubre de 1972 a bordo de un 'Fairchild F-22' en el que viajaba el equipo de 'rugby' Old Christians, un grupo de alegres veinteañeros que, en su mayoría, se conocían de toda la vida. Se dirigían a enfrentar un partido en Santiago de Chile, pero el mal tiempo los obligó a detenerse en Mendoza, Argentina, para luego continuar el viaje en lo que se convertiría en un fatídico viernes 13 de octubre.

Los muchachos habían hecho bromas macabras sobre la cabalística fecha en que les tocó viajar. A media tarde de aquel día, la broma se hizo realidad. Al parecer, los pilotos no lograron tomar la suficiente altura para pasar entre los cerros nevados y, a eso de las 3:30 p. m., el avión cayó en una bolsa de aire de la que no pudo salir. En el estrellonazo, se partió en dos.

Algunos pasajeros fallecieron instantáneamente -muchos quedaron dispersos en la montaña durante la caída del avión-, otros fueron sucumbiendo a los días por diversas causas.

En medio de la nada, lo natural era morir, la excepción era vivir. Pero el grupo se las arregló para aferrarse a ese hilo de existencia que tenían en las manos a punta de ingenio, sentido común, solidaridad y una rebeldía absoluta contra dejarse vencer. Uno de ellos creó un derretidor de nieve con láminas de aluminio dobladas que se encontraban en el respaldo de los asientos; improvisaron gafas oscuras (imprescindibles porque el reflejo del sol en la nieve causa ceguera) con el parasol de la cabina del piloto y restos de ropa. Hicieron cobijas, guantes y gorros con forros de los asientos.

Lograron arreglar un pequeño radio transistor y así supieron, aterrorizados, que la búsqueda del avión había sido suspendida. Ahí empezó la verdadera batalla. Las inclementes nevadas les impedían abandonar los restos del avión en los que se refugiaban, y pronto se quedaron sin alimento alguno. Fue cuando, tras un fuerte debate, tuvieron que empezar a alimentarse de la carne de sus compañeros muertos, en una decisión que hasta la fecha sigue despertando diversas reacciones entre el público que ha seguido la apasionante lucha de estos hombres por salir con vida de donde todo era muerte.

Uno de los protagonistas de la historia, que ha inspirado decenas de documentales, libros y la conocida película Alive! (¡Viven!) vino a Costa Rica esta semana, contratado por la empresa Merck Sharp and Dome, para dictar una conferencia sobre su experiencia aplicada al mundo de los negocios. Se trata de Gustavo Zerbino, hoy un exitoso médico de 52 años, casado y padre de 4 hijos, quien el miércoles habló sobre la adaptación del ser humano, sus fortalezas y debilidades, las oportunidades y los desafíos, la toma de decisiones y el brío de trabajar en equipo.

Emociones extremas
"Sobrevivimos16 y hoy somos más de 90. Eso es una apuesta a la vida, una historia de amor... no una historia de caníbales".

Gustavo Zerbino es un hombre de respuestas agudas y carácter fuerte. Es presidente de una industria farmacéutica multinacional en Uruguay desde hace nueve años y gerente general de Merck Sharp and Dome Uruguay desde 1980.

No le gusta hablar del accidente de Los Andes como "una historia sin movimiento", pero sí le apasiona hacerlo cuando puede transmitir a otros sus experiencias en la cordillera para aplicarlas a la vida diaria. También critica -como lo han hecho varios de sus compañeros todos estos años- la importancia que se le ha dado al hecho de que tuvieran que ingerir carne humana.

Sus respuestas, casi siempre directas, alguna que otra vez irónicas y de cuando en cuando enojadas, lo plasman como el muchacho rebelde que a los 19 años asumió parte del liderazgo en una de las situaciones más difíciles que ser humano alguno pueda enfrentar.

Este es un extracto de la entrevista.

-Hay varias recopilaciones de lo ocurrido en el accidente. La más conocida es la película ¡Viven!, ese es el referente que tiene la gente. ¿Qué tan exacta es esa versión?

-De nuestra historia hay más de 28 libros, solo uno es oficial, se llama Alive y en él se basó la película. El autor convivió seis meses con nosotros y fue el único que consiguió una versión exacta del relato. Nos opusimos muchísimo a la película porque una imagen vale por más que mil palabras y no queríamos una película que mostrara de nuevo a nuestros amigos morir, están los padres, las familias, teníamos mucho miedo de que la hiciera un director morboso. Al final resultó una película seria, pero es un documental de emociones, no se puede en hora y media contar lo que pasó en 73 días. Hay partes muy reales como la caída del avión y la avalancha, pero también hay mucho de gringada.

-¿Usted está personificado en ella?

-Sí, solo los muertos no tienen nombre ahí. Pero ellos la basan en cinco personas: Parrado, Canessa, Carlos Páez, el capitán del equipo, Marcelo Pérez y yo. Todas las cosas que hacían 8 o 9 personas en la película las hacen uno o dos. O sea, están sobrecargados los personajes.

-Hábleme del accidente.

-Íbamos a Chile a jugar. Nos embarcamos un viernes 13, yo siempre fui muy intuitivo y bromista, pero ese día por alguna razón estaba muy nervioso. Nos tocó un error del piloto, calcularon mal el viento en contra y chocamos contra la montaña.

-¿Ustedes supieron que algo andaba mal antes de estrellarse?

-Vimos que venían volando muy bajo, nos extrañó un poco. Yo fui a la cabina del piloto para saber si pasaba algo, pero estaba con las manijas automáticas...

-¿El piloto no estaba estresado?

-¡No! Estaba tomando mate. Pero enseguida empezaron los pozos de aire y nos pusieron a todos muy nerviosos. Nos pusimos los cinturones de seguridad pero en eso agarramos un pozo de aire de 1.000 metros y pegamos todos contra el techo. El piloto le dio toda la potencia al motor para subir el avión, sacó la trompa pero no le dio para pasar y se estrelló contra la montaña.

-¿Qué recuerda exactamente de esos segundos?

-Un segundo se convierte en un año, se parte en mil partículas, como en cámara lenta, el tiempo se desdobla. El avión explotó y se partió en dos exactamente donde yo estaba sentado. Me saqué el cinturón y me agarré del techo. "Yo decía 'Jesusito, Jesusito, quiero vivir', tenía los ojos cerrados, de repente, después de muchos golpes y ruidos de todo tipo el avión paró. Yo pensé que era verdad que uno después de muerto sigue pensando, creí que había muerto y que estaba en otra vida, pero de repente un ácido caliente del aire acondicionado me pegó en la cara, abrí los ojos y me di cuenta de que estaba en la tierra. Todos los asientos estaban echados hacia adelante. Di un paso y me enterré en la nieve hasta la cintura. Miré para arriba y vi a Carlo Valeta que venía bajando como a 800 metros... y en eso se cayó por un precipicio. Lo encontramos muerto dos meses después.

Una delgada línea
"Todo alrededor era muerte, desolación, abandono. Lo natural era morirse, vivir era el accidente. La capacidad de sufrir es ilimitada".

- Es decir, él sobrevivió al accidente... ¿para morir al caer de un precipicio?

- Así es. Se salvó pero después cayó por el precipicio... Venía sentado justamente a mi lado...

- ¿Cómo fueron los primeros momentos después del estrellonazo?

- Empecé a escuchar ruidos, a mover asientos y a sacar gente. Ya habían fallecido muchísimos. No sé cuántos quedaron vivos. Yo estaba golpeado por todos lados, habíamos caído de 3.500 metros de altura, en un glaciar a 40 grados bajo cero, a las 3:30 de la tarde y el sol se puso a las 4:00.

-En medio de un panorama tan dantesco, ¿tuvieron en esas primeras horas la certeza de que iban a morir?

- Si bien estábamos ahí perdidos en medio de la montaña lo primero que espera el ser humano es que pronto lleguen los cuerpos de rescate. Eso pensábamos.

-¿Cómo se enfrentan momentos de ese calibre?

- Me estás preguntando las cosas desde esta dimensión, de San José, Costa Rica. Pero en un caso de esos eso se acaba, no existe más. Todo lo que está alrededor de nosotros es muerte, desolación, abandono, lo natural es morirse, vivir es un accidente, tenés que tomar acción, abrigarte, calentar el cuerpo, no pensamos como se piensa acá, esto en una escala totalmente distinta, el dolor es físico, el sufrimiento es mental, la capacidad del ser humano de sufrir es ilimitada.

-¿Cómo afrontaban la impotencia de ver morir a sus mejores amigos?

- La muerte se transformó en algo tan natural que nosotros tratábamos de mantener a nuestros amigos vivos, sobrevivir todos como equipo era un solo objetivo. A medida que se morían amigos nuestros por un lado estábamos muy tristes y por otro lado estábamos muy contentos, porque sabíamos que ya no iban a sufrir más. Los que quedábamos en la cordillera sabíamos que íbamos a seguir sufriendo, era como una tortura pero al mismo tiempo para nosotros vivir era un desafío. Éramos jóvenes rebeldes, la muerte era lo natural y no aceptábamos cosas naturales.

- ¿Cuál era el grado de convivencia del grupo?

-Éramos más que hermanos, compañeros de colegio, del equipo de rugby, vivíamos en el mismo barrio, teníamos la misma religión, nos conocíamos de toda la vida... si hubiéramos sido un avión de línea no habría nadie vivo acá. Éramos un engranaje, una familia.

-Cuáles fueron las decisiones más difíciles que tuvieron que tomar?

- ¿La más difícil?

- Sí, la más difícil&...;

- Elegir la vida y no la muerte.

- ¿Fue tan dramático como se ha dicho? Por ejemplo, cuando tuvieron que recurrir a comerse los cuerpos de los compañeros que habían muerto... ¿O en ese momento la realidad está tan trastocada que se piensa "esta es la única opción?"

- Primero que comer carne humana para nosotros no es lo más importante. Es un detalle mínimo.

-Bueno, pero es una realidad que siempre llamó la atención de la gente, por morbo o lo que sea...

- La gente es un poco tonta, porque piensa que comer carne humana es como transformarse en Supermán. Y lo único que tenía la carne humana era energía para que te pudieras mover. Pero eso no hacía que soportes 40 grados bajo cero, no hacía que pudieras caminar 60 u 80 kilómetros por la nieve, escalar sin equipo donde alpinistas experimentados de repente no podrían. Hicimos muchas expediciones. Mi hijo chiquito le contaba a un amigo cómo habíamos sobrevivido y le dijo que como estábamos muy débiles y no teníamos fuerza para caminar les pedimos los músculos a nuestros amigos muertos porque ellos no los precisaban.

- Pero ¿ustedes lo vieron así desde el primer momento?

- Entendé lo que dice mi hijo, los músculos nos los prestaron para poder caminar. El hombre vive en un autoengaño de negación permanente. Primero vive tomando excusas para no hacer lo que tiene que hacer. Vive juzgando y diciendo lo que tiene que hacer el otro. En la cordillera aprendimos a ser responsables de nuestras decisiones, vivir era una elección y morir era lo natural. Si yo quería vivir, en la vida, para tener resultados extraordinarios, tenemos que tomar acciones extraordinarias. Era sobrevivir en la montaña a esa temperatura, sin alimento, comíamos pasta de dientes, crema Pond's (maquillaje de mujeres), fijador de pelo...

- ¿Quién y cómo tomaba la decisión de quién hacía las expediciones?

- Aplicábamos el sentido común. Nadie estaba en desacuerdo si yo soy el que quiero caminar, y a nadie obligábamos a caminar. Esa es la diferencia con el mundo de acá. Todo el mundo dice lo qué hay que hacer pero nadie lo hace. En la cordillera el líder era el que se reía cuando solo había ganas de llorar, era el que era capaz de levantarse a patear una puerta cuando hacía frío o era capaz de rezar el rosario para pedirle fuerzas a Dios para seguir viviendo, pero haciendo lo que se tenía que hacer. Nosotros construimos una sociedad solidaria, las normas surgían por necesidad y espontáneas, como no quejarse. ¿Qué sentido tenía llorar media hora si yo no iba a cambiar nada?

-Pero tiene que haber habido momentos de crisis...

- Permanentemente. ¿Sabés lo que es una crisis? Es algo nuevo, distinto, inesperado. Cuando estás en una crisis permanente, no hay más crisis.

-¿Cómo enfrentaban, por ejemplo, la desazón de hacer expediciones sin resultados positivos?

- Todas las expediciones tuvieron resultados positivos porque aprendimos cosas: que por ahí no había salida, que si caías mal por ahí te congelabas, que si no tenías lentes te quedabas ciego, que si no tenías bastones&...; por eso digo que no hay fracaso. En ese ensayo error hay resultado, es el que me permite aprender, superarme, no hay crecimiento sin dolor.

- ¿Usted salió en alguna de estas expediciones?

-Yo hice la primera con Daniel Manspons y Numa Turcatti (ninguno de los dos sobrevivió al final). Llegamos desde arriba de la montaña y vimos que había 150 kilómetros de nieve y nada verde. Encontré muchos otros cuerpos y traje las cadenas, las cartas, los recuerdos para que cada madre tenga un recuerdo de su hijo... la carta de Arturo Nogueira. El milagro es que vivimos 16 y hoy somos más de 90. Eso es una apuesta a la vida, una historia de amor&...; no una historia de caníbales.

- ¿Qué es exactamente lo que le molesta al hablar de eso que tuvieron que hacer para sobrevivir?

- Somos los primeros seres humanos que lo aceptamos públicamente con orgullo, no tengo nada que esconder. Ahora, tomar esa decisión cuesta mucho, da mucho dolor, es muy difícil vencer tabúes psicológicos, religiosos, filosóficos, todo eso, que no sirven para nada. Lo único que sirve es hacer las cosas por los motivos correctos. Y estar en paz con uno mismo. Yo estaba dispuesto a que si me moría mis amigos me utilizaran para seguir viviendo. La otra opción que teníamos y que también discutimos era un suicidio colectivo. Pero si yo estaba dispuesto a que me utilizaran, sé que mis amigos, que eran de mi propio equipo y que no pudieron ser consultados, hubieran estado orgullosos de que tomáramos la decisión. Entonces, por analogía, decidimos que lo íbamos a hacer.

- Hábleme del momento del rescate&...;

- A nosotros nadie nos rescató. Nosotros salimos caminando solos.

-Pero hubo un grupo de avanzada que finalmente llegó a la civilización&...;

- Cada expedición daba información para la próxima. Sabíamos que la cordillera es finita y Chile es muy fino, sabíamos que caminando íbamos a llegar al agua, era más fácil salir hacia Chile que era más cortito que atravesar toda Argentina. Así los muchachos lograron llegar por ayuda.

- ¿Cómo fue su regreso a la civilización? ¿Los cambió esta experiencia para siempre?

- El que fue a la cordillera siendo un tomate, volvió siendo un tomate, el que fue siendo una banana volvió siendo una banana. La cordillera lo único que hace es acelerar, es como una enzima catalizadora, cada uno de nosotros los seres humanos tiene un desarrollo, no somos todos iguales. Algunos pueden contar su experiencia en Los Andes, yo no, yo hablo de cómo se dirige una empresa cómo se trabaja en equipo, cómo se toman decisiones. Yo era estudiante de medicina y fui médico a los 19 años, ahí, porque en la cordillera tuve que hacer operaciones, amputar, cortar, curar, coser&...; Cannessa era el otro médico&...; los dos médicos brujos. ¡Éramos chamanes! (bromea)

- Entonces, ¿no le gusta hablar del accidente, de los 73 días en la cordillera?

- No me gusta hablar de eso. Solo si contarte esos 73 días en la montaña genere respuestas a inquietudes que me motiven a crear cosas que juntos vamos a transformar. Eso es, elaborar, construir, pero contar un cuento inmóvil a mí no me interesa. Lo que pasa es que a veces los periodistas hablan conmigo y terminan subrayando cuatro o cinco artículos del tema de la comida&...;

- ¿Qué tanto piensa en lo que ocurrió? ¿Cuánto tiempo después del accidente volvió a subir a un avión?

- No vivo toda la vida traumado por esa experiencia. La vida continúa. Los miedos no existen. Vuelo sin problemas. No tuve problema para subir a un avión otra vez. Yo no puedo encargarme de lo que no depende de mí, puedo encargarme de pagar un pasaje e ir a donde voy. De lo otro se encarga el piloto.

-¿Se puede volver a la "normalidad" después de vivir algo así?

- (Hace una pausa y sonríe antes de contestar) Imagínate. Eso pasó hace 32 años, y aquí estoy hablando contigo&...;


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