Tinta fresca

Rupturas y continuidades

Rodrigo Soto
rodrigosoto@nacion.com



Ilustración: Augusto Ramírez / La Nación

Uno cree que ha cambiado; imagina que se ha hecho más maduro, más reflexivo, más centrado; piensa que los años no han pasado en balde, y se dice que la experiencia ganada le permitirá vivir con menos lastre. Uno cree todas estas cosas hasta que se cumplen otros cinco años y llega a la reunión con los excompañeros de colegio. Entonces, con una mezcla de asombro, fascinación y terror, descubre que todos seguimos siendo idénticos.

Me explico: no es lo mismo un charlatán a los 15 que a los 45, ni es igual una persona obsesiva o hiperresponsable a los 17 que a los 42, pero lo sorprendente es que esos rasgos distintivos permanezcan a lo largo de las décadas. Aquel a quien recordamos como a un fanfarrón vanidoso y cínico, difícilmente dejará de serlo. Y aquella muchacha afable, dulce o despistada, habrá asumido las maneras de la edad adulta, pero probablemente seguirá siendo afable, dulce o despistada.

De entrada, me resulta difícil aceptar esto. Durante la última década he vivido impulsado por la convicción de que es posible cambiar, ¿y todo para venir a descubrir ahora que al final de cuentas todos somos los mismos?

No lo creo.

De la misma forma en que advierto ciertos rasgos que se mantienen idénticos, tengo la certeza de que hay cosas que han cambiado. (Y no hablo, por supuesto, de las libras de más o de los pelos de menos, ni de los hijos y las canas y el cansancio y algunas enfermedades y algunos muertos...)

Por decir algo: hoy sufro o me azoto gratuitamente menos, mucho menos que antes. Creo que el punto de partida de ese proceso de cambio fue tomar la decisión de empezar a aceptarme como soy. Irónicamente, esa decisión me llevó a comprender que muchas cosas que daba por ciertas acerca de mí eran solo reacciones a estímulos del medio, o impresiones de otros que, sin darme cuenta, hice mías.

Por paradójico que parezca, la decisión de aceptarnos nos lleva a descubrir que no éramos lo que creíamos. Más aun, nos lleva a comprender que ignoramos lo que somos. Mi única certeza hoy es ser un organismo de materia viva en el universo, una partícula de libertad en medio de un océano de determinaciones y condicionamientos.

Una de las premisas de la física cuántica es que la mirada del observador modifica el objeto. Trasladado esto al ámbito de la existencia humana, tal vez venga a significar que, cambiando nuestra visión sobre nosotros mismos, abrimos las puertas a un proceso de transformaciones y de cambios.

A algunos lectores lo anterior podrá parecerles un compendio de lugares comunes del pensamiento new age, pero a otros les podría recordar una filosofía política radical, pues tal como ocurre en las personas, sucede en las sociedades y en los pueblos.

Cambio y permanencia, Heráclito y Parménides: la catarata siempre en movimiento y siempre en suspenso precipitándose sobre una poza siempre contenida y siempre fluyendo.

Rupturas y continuidades: con esos materiales se teje nuestra vida.


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