Tinta fresca: Cuando cae un gran árbol

Rodrigo Soto
rodrigosoto@nacion.com



Ilustración: Augusto Ramírez / La Nación.

En mis clases de filosofía, hace mil años, solíamos plantearnos las mismas dudas de hace dos mil años. Por ejemplo, nos preguntábamos: "Si un árbol cae en lo profundo del bosque, donde ningún ser humano puede escucharlo, ¿se produce algún sonido?" Tras la perplejidad inicial, nos entregábamos a largas discusiones de final incierto.

Hoy diría que, con independencia del sonido que produzca, cuando cae un gran árbol en el bosque nada queda igual. Inevitablemente, en su caída arrastra a muchos árboles a su alrededor, algunos tan grandes y tan antiguos como él. También son aplastadas decenas de arbustos y de árboles menores que crecían a su vera, y junto con él, se vienen a tierra una enorme cantidad de epifitas, parásitas y bejucos que medraban en su tronco.

Tras la conmoción inicial, se inicia en el bosque una lucha implacable por ocupar el espacio disponible. En el primer momento, quienes se benefician más son los grandes árboles que no fueron afectados por la caída, pues de repente tienen más espacio donde extender sus ramas para captar el sol. Esta es una ocasión que muchas plantas y árboles han aguardado durante años, y solo durante un breve tiempo tendrán la oportunidad de ocupar el espacio libre. Durante ese período, toda su energía se concentra en desarrollarse de la manera más rápida y efectiva, cubriendo la mayor cantidad de espacio en el menor tiempo posible. La competencia es feroz, y muchas veces no sale de ella un claro vencedor, pues entre los diferentes competidores se anulan mutuamente. Así, no es extraño encontrar, en lo profundo del bosque, una enredadera cubriendo como una lápida el tronco de un árbol caído.

Saliendo del bosque, y adentrándonos en la jungla de la escena política del país, tengo la impresión de que esto, más o menos, es lo que veremos en el futuro cercano... Es como si durante mucho tiempo todos hubiésemos sido discípulos de santo Tomás, por aquello de "ver para creer". Hasta que no nos dimos de bruces contra la evidencia, concedimos el beneficio de la duda. Y desde hace mucho -¡desde hace tanto!-, desde siempre se habló de la corruptela de gran parte de la clase política y del empresariado costarricense, de los negociados y del tráfico de influencias, pero hasta ahora nada trascendía del plano del rumor, y cuando se destapaba algo, los que caían eran tenientes y de vez en cuándo un coronel, pero nunca uno de los meros-meros, de modo que ellos siempre podían rasgarse las vestiduras y salir a la prensa con un bien entonado "¡Qué barbaridad!". Se acabó.

Volviendo a las sentencias bíblicas, ahora estamos obligados a decir: "El que tenga ojos para ver, que vea..." Ahí está la evidencia. Como dijo, creo, un político mexicano (pero no el pariente del costarricense), "muchas cosas tendrán que cambiar para que todo siga igual". ¿Pero y nosotros -los otros-, los que no deseamos que las cosas sigan siendo tan horriblemente apestosillas como son? ¿Acaso nos conformaremos con el deleite un tanto vulgar de hacer leña del árbol caído? (esa complacencia extraña de ver al que fuera poderoso reducido a nuestro igual, peor aún, humillado y defenestrado...)

Muchas veces oímos: "Lo malo no son las argollas; lo malo es no pertenecer a ellas". ¿Nos conformaremos entonces con esperar nuestra oportunidad de ser parte del festín? En algún momento, con suerte, tal vez nos llegue el turno... ¿Nos conformaremos con eso?

Volviendo a mis clases de hace mil años, hoy también podría responder que a veces cae un árbol en los nórdicos bosques de Finlandia y el estruendo de su caída se escucha muchos, muchos meses después, en los cálidos trópicos centroamericanos. Misterios de la filosofía.

Cuando cae un gran árbol en el bosque todo cambia. Tal vez, en el espacio libre, germine una nueva semilla.


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