Personaje

Tributo en el redondel

Randall Corella V.
rcorella@nacion.com

El improvisado Carlos Arredondo volvió a las plazas de toros para rendir un homenaje a su hijo fallecido en Iraq.

Ante las imágenes religiosas del oratorio construido dentro del redondel de Zapote, Carlos Arredondo colocó fotografías de su hijo Alexander, un soldado que murió en Iraq. (Foto: Mario Rojas / La Nación).

Cuando supieron sobre la desgracia del Gringo, muchos creyeron que no volverían a verlo en el redondel de Zapote. Las fotografías de los periódicos y las imágenes de los noticiarios mostraron su cuerpo envuelto en llamas, luego de que intentara incendiar una camioneta al enterarse de que su hijo mayor había muerto en Iraq.

Pensaron que el fuego y la tragedia habían acabado con la pasión de Carlos Arredondo Piedra por los toros, pero allí estuvo sin falta. Vistió la misma camisa verde con el número 32 y la misma gorra con los colores de la bandera de Estados Unidos que ha mostrado durante un cuarto de siglo como torero improvisado en la plaza josefina.

Pero este fin de año, agregó un elemento más a su atuendo tradicional: sobre el pecho lució una fotografía de su hijo Alexander, el soldado de 20 años que este diciembre lo acompañaría por primera vez en la arena del redondel.

Carlos se marchó en febrero de 1980 para Estados Unidos, en busca del llamado "sueño americano". Cruzó ilegalmente la frontera y trabajó en un restaurante de California, antes de irse a Boston, Massachusetts, a laborar en la reparación de máquinas de escribir.

En esa ciudad conoció a Victoria Foley, con quien estuvo casado diez años y procreó dos hijos. Alexander nació en 1984 y Bryan, en 1987.

Tras el divorcio, ambos chicos se quedaron con su madre en Boston, pero cuando el mayor de los Arredondo cumplió los 18 años se enlistó en la Marina estadounidense.

"Alexander decidió ser marino y yo lo apoyé siempre, aunque no estaba de estaba de acuerdo en que se metiera a tiempo completo. Quería que ingresara a la reserva, para que pudiera seguir estudiando", recordó Carlos.

En el ejército, Alex se graduó como asistente médico y estuvo escalando montañas en Santa Bárbara, California, porque pretendían enviarlo a Afganistán como parte del plan para capturar a Osama bin-Laden.

Sin embargo, para aprovechar la preparación que había recibido en combate urbano y armas químicas, cambiaron su rumbo hacia Iraq, donde lo nombraron líder de un grupo de 12 marines.

Durante una misión en Najaf, Dondo -como lo llamaban sus compañeros de pelotón- recibió un balazo en la sien que acabó con su vida. Esto ocurrió la mañana del 25 de agosto del 2004, justamente el día en que Carlos, su padre, cumplía 45 años.

"Ese día él habló en las primeras horas con su mamá, le dijo que era muy peligroso andar en las calles, porque había muchos francotiradores. Ella le recordó que era mi cumpleaños y él dijo que iba para una misión y que, cuando regresara, trataría de llamarme", recordó Gringo.

Esperó la llamada toda la mañana, pero a las 2:20 p. m., tres marines llegaron a darle la mala noticia.

"A Boston, para notificar a la mamá de Alexander, llegaron cuatro personas, dos de la Marina y dos de la Fuerza Naval, uno de ellos era un sacerdote; a mí casa solo llegaron tres. A ella la sentaron en la sala para hablar, a mí me dieron la noticia en la entrada, donde yo estaba arreglando una cerca", lamentó Gringo.

Desesperado, le pidió a los marines que se fueran de su casa, pero ellos no lo hicieron. Luego, llamó por teléfono a familiares y sargentos de la Marina, sin embargo, nadie le dio esperanzas de que su hijo siguiera con vida.

"Todo eso terminó ofuscándome. Ver la camioneta ahí era una pesadilla para mí; había visto a Alexander irse en una de esas y ahora tenía otra frente a mi casa, pero no traía a mi hijo. Quería desaparecerla", confesó.

Primero intentó quebrar los vidrios del vehículo con un mazo, pero algo lo hizo detenerse. Después fue al garaje de la casa y regresó con cinco galones de gasolina y un soplete automático.

En pantalones cortos y sin zapatos, Carlos abrió el vehículo, destruyó los objetos que había adentro, esparció la gasolina y cuando tomó el soplete, su madre lo jaló desde afuera para sacarlo. Gringo se resbaló y, en su intento por sostenerse, apretó el soplete. Una violenta explosión lo lanzó envuelto en llamas a la calle.

Del suceso dieron cuenta decenas de noticiarios y periódicos de Estados Unidos, mientras en Costa Rica no tardó en saberse que, además de la pérdida de su hijo, el torero había sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en la cara, un brazo, las piernas y el estómago.

A pesar de su delicada situación, asistió en camilla al funeral de su hijo, en Boston. Después recibió tratamientos médicos en dos hospitales de Florida (Hollywood Memorial y Jackson Memorial), y uno de Massachusetts.

La Marina comprendió su dolor de padre y no interpuso demandas en su contra por la destrucción del vehículo. Dos hospitales lo exoneraron del pago de los gastos médicos, pero aún tiene una deuda de casi $44.000 (unos ¢20 millones) con el Jackson Memorial, que ha tomado su casa en garantía.

Durante su convalecencia, Gringo recibió cientos de cartas, tarjetas y visitas. A todos escribió un mensaje de agradecimiento y lo envió junto con una fotografía de Alexander. Pero todavía le faltaba hacer algo para sentirse en paz.

El 18 de diciembre, un día antes de viajar a Costa Rica, Carlos logró reunirse con los tres marines que lo notificaron sobre la muerte de su hijo. "Hablamos sobre la posibilidad de crear una beca con el nombre de Alexander para ayudar a otros muchachos que quieren estudiar en el colegio del que él se egresó. Pero lo más importante fue disculparme con ellos, eso me ayudó mucho en este proceso", resaltó.

De vuelta al ruedo

Como es su costumbre desde hace 25 años, Carlos regresó al país en diciembre para pasar el fin de año con su familia. Sobre las piernas y el brazo izquierdo lleva una venda elástica para proteger la piel que comienza a renovarse.

Aunque su cuerpo ha sanado rápidamente, las heridas más dolorosas las carga en su alma. Incluso, por el sufrimiento de los últimos meses, dudó de participar como torero improvisado en los Festejos Populares de San José.

Pero el recuerdo de Alex lo hizo cambiar de opinión: volvió a Zapote y encontró en su pasión por los toros una forma de honrar a su hijo.

En las paredes de un oratorio, construido para los improvisados del redondel, cerca de las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de los Ángeles y el Cristo de Esquipulas, Carlos pegó varias fotos de Alexander y una de las cartas que escribió desde Iraq.

Y para cumplir la promesa de estar con él en el ruedo, se colgó en el pecho una foto de su hijo y un lazo negro.

"Para mí, es un milagro haber participado en Zapote. Cada vez que estuve ahí, sentía que él estaba conmigo corriendo detrás del toro&...; varias veces me detuve a llorar dentro de la plaza", recordó con el brillo de las lágrimas en sus ojos.

Estar en el ruedo y ver a decenas de toreros improvisados tan jóvenes como su hijo aumentó en él un sentimiento de nostalgia y también la valentía.

Regresará a Estados Unidos y, a finales de febrero se mudará a Jamaica Plain, en Boston, para estar cerca del cementerio donde reposan los restos de Alexander.

Y, mientras Dios le dé fuerzas, seguirá viniendo cada diciembre a nuestro país. Saltará al ruedo con la misma camiseta verde, la misma gorra de "gringo" y el recuerdo de un hijo corriendo a su lado.


Compartir el dolor

La casa de Carlos Arredondo, en Barrio México, se convirtió en un salón dedicado a la memoria de Alexander. Con solo cruzar el umbral de la puerta, los visitantes se topan con cientos de objetos alusivos a la vida del muchacho.

Ubicada cerca del puente sobre el río Torres, la vivienda guarda una pared tapizada con fotografías de sus 20 años, los dibujos que hizo de niño, sus primeros zapatos, su ropa de soldado y una mesa con álbumes repletos de fotos, recortes de periódicos y cartas escritas desde Iraq.

También están las tarjetas, las cartas y los presentes que cientos de personas le enviaron a Carlos durante su estadía en los hospitales, junto con una réplica de la placa en memoria de Alex colocada en una calle de Boston.

Banderas de Estados Unidos y Costa Rica cuelgan del techo, mientras en una esquina, dos velas iluminan un pequeño altar con fotos de Alexander, la bandera que pusieron sobre su ataúd, su identificación y las botas que usó en combate.

Carlos pasó los últimos cuatro meses organizándolo todo y aún hoy pasa los días encerrado, seleccionando, recortando y pegando decenas de documentos relacionados con su hijo.

"Me voy el 15 de enero para Estados Unidos y me llevaré todo esto; supongo que llegará el tiempo de guardarlo en baúles. Por ahora, esta es mi terapia para seguir adelante y quiero compartirla con todas las personas que tengan la voluntad de venir a verlo", afirmó Gringo.


© 2005. LA NACION S.A. El contenido de nacion.com no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com