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La Nación
Martes 24 de diciembre, 1996

Edición Electrónica. San José, Costa Rica
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Los desafíos del Congreso

Marcela Angulo

Como todos los años, La Nación hizo circular en los últimos días, entre periodistas de todos los medios informativos, un cuestionario para evaluar la labor del año del Gobierno Central, las instituciones autónomas y la Asamblea Legislativa.

En el caso de este último organismo, las dificultades por señalar logros fueron salvadas por la aprobación de reformas legales político-electorales, judiciales y sociales y por la creación -no exenta de escollos- de varias comisiones legislativas para investigar denuncias sobre corrupción en la función pública.

Un recuento rápido y somero indica, sin embargo, que los enfrentamientos originados en intereses electorales paralizaron por períodos importantes el trabajo legislativo y que, por motivos partidistas, también se ha postergado la discusión de los informes emitidos por la comisión investigadora del desaparecido Banco Anglo.

La elección del contralor general de la República fue otro de los eventos del año que originó un estancamiento en las tareas del Congreso, además de que provocó la disidencia del presidente de ese Poder, Wálter Coto, de la línea oficial de votación.

Las relaciones entre el Gobierno y la Asamblea y entre aquel y la oposición -en especial la Unidad Social Cristiana- empañaron de nuevo la labor del Congreso en el año. La torpeza del Gobierno en la comunicación con ambas partes hay que incluirla, sin embargo, dentro de los aspectos negativos del Ejecutivo.

Todo esto pertenece al pasado. Los diputados se tomarán un receso hasta mediados de enero, cuando se toparán con el plan -o paquete de leyes- sobre deuda interna, que, entre otras medidas, incluye el mantenimiento del impuesto de ventas en el 15 por ciento, la venta de activos y una ampliación de la base impositiva de algunos gravámenes.

Es entonces cuando el desafío más importante de esta administración pondrá a prueba el sentido patriótico de los legisladores y si en estos prevalecerán intereses mezquinos, como los salidos a flote en 1996, o si, por el contrario, redimirán su compromiso con los más elevados intereses nacionales.






Foro

Necrofilia, caudillismo y pactos

  • Las nuevas opciones políticas deben partir de cero

Rodolfo Saborío

Uno de los aspectos más folclóricos de la política latinoamericana ha sido la acentuación de los rasgos de la herencia hispánica relacionados con la necrofilia y la atracción por el caudillismo. Mediante la primera, el apego a los seres que han partido llega al extremo de querer verlos ganar batallas después de la muerte, en la segunda se manifiesta la sumisión incondicional a la conducción carismática de líderes que alcanzan en ocasiones dimensiones que sus seguidores llevan a las cercanías de lo mítico.

La expresión de esta tendencia quizás nos ayude a comprender cómo en Costa Rica, a pesar del grado de desarrollo cultural que creemos tener y la enorme tradición democrática de que nos jactamos, ha sido posible que de repente se genere la crisis más importante de la cual se tenga memoria.

Precisamente, el actual gobierno y el anterior son resultado claro de ese fervor del costarricense por sus líderes fallecidos, plasmado en las ansias de continuidad a través de la elección de los hijos de los dos estadistas más importantes que ha tenido el país en este siglo. No en vano, la formalización del pacto entre las dos fuerzas en torno a las cuales ha girado la vida política costarricense durante los últimos cincuenta años, se inspiraba en la particularidad de estar suscrito por los hijos de los caudillos. El pacto Figueres-Calderón no es más que ejemplo vivo de esta característica de nuestra praxis política.

En un país como Costa Rica gobernar significa administrar crisis. Sería muy aventurado pretender que dentro del contexto de limitaciones estructurales que caracteriza nuestro país, se pudiera plantear, a corto o a mediano plazo, alcanzar la estabilidad global. Algo así solo lo puede prometer un político, y lo harán con todo desparpajo en pocos meses. Administrar las crisis en una forma racional y eficiente, es lo que entonces se le puede pedir a un gobierno medianamente sensato, de modo que en la línea ininterrumpida de sucesión de gobernantes, cada quien continúe la tarea, dentro de condiciones aceptables de estabilidad. Hacia la institucionalización de esta práctica estábamos orientándonos hasta que la necrofilia y el apego al caudillismo, se materializa en dos gobiernos continuos, que nos han conducido a la crítica situación actual.

Si repasamos los objetivos del pacto Figueres-Calderón, podemos apreciar que los únicos resultados concretos fueron elevar los impuestos y concluir el ciclo de liberalización de la actividad bancaria, en la cual se encontraban involucrados, con sus intereses personales, los dos partidos tradicionales. Aparte de esto, absolutamente nulo ha sido el resultado de la proclamada modernización del Estado. De las instituciones que se mencionó el posible cierre, hoy en día todas continúan funcionando y no se tocó ninguna de las causas estructurales del crecimiento descontrolado de la deuda interna.

Los resultados institucionales de ese pacto han sido entonces mínimos, pero la lección política ha sido de gran relieve: identificar la total similitud de agendas y metodologías de los dos partidos oficiales. A partir de ese momento, se puede hablar, más que de dos partidos, de las oficialidades, como expresión de un solo interés y una sola concepción de los asuntos públicos.

En los últimos años, la opinión pública ha podido también apreciar en toda su dimensión esa unidad de objetivos y métodos. El asalto indiscriminado contra los recursos públicos ya no es patrimonio de un solo partido político. Como dijo recientemente el propio candidato de una de las oficialidades (La Nación 6/10/96), con el caso del Banco Anglo, quedó en evidencia que ninguno de los dos partidos tradicionales puede alzar la bandera de la entrega y el servicio ciudadano sin que se le pueda dejar de endilgar alguna irregularidad en el manejo de los fondos públicos.

En los dos últimos gobiernos, los de los caudillitos, se dejó de administrar la crisis con la mira puesta en el bienestar general a mediano y largo plazo y se optó por el resultado inmediato, al tiempo que también algunos, se servían con la cuchara grande de los dineros de todos los costarricenses.

Otra lección que debe quedar clara es que el modelo bipartidista vigente se agotó y no tiene nada positivo que ofrecerle a los costarricenses. Por el camino que nos están conduciendo, continuaremos perdiendo lo que queda de conquistas destacables.

El deterioro de la infraestructura pública, la ausencia total de seguridad ciudadana, la disminución en la calidad de los servicios de salud, el acentuado desmejoramiento en la educación pública han adquirido dimensiones fuera de toda proporción ante las cuales las oficialidades no ofrecen una respuesta viable. Hace, ya mucho tiempo perdieron toda credibilidad ante la mayoría de los ciudadanos.






Al Grano

Edgar Espinoza

A propósito de Nochebuena, el mejor regalo que nos pudieron haber dado a todos provino en estos días del noticiero de televisión NC4. No fue precisamente una botella de vino ni una pierna de chancho en celofanes, sino algo mucho más nutritivo y placentero para el espíritu. ¡Qué más se le puede pedir al Niño!

Nos obsequió un breve reportaje sobre la mendicidad en San José para saber cuánto gana un pordiosero, cuáles son las vicisitudes por las que pasa en el nombre de Dios, y cómo reacciona el transeúnte ante la necesidad del prójimo.

Para lograrlo, el reportero Danny González hizo lo que hace muchos años hizo mi viejo amigo y excompañero de La Nación, Juan Antonio Sánchez Alonso: disfrazarse de mendigo y sumergirse tan hondo como pudieran dentro de ese inframundo josefino para sacar a la superficie lo que a simple vista nadie, ni siquiera el que da la limosna, puede ver.

En su caracterización de pedigüeños, Danny González y Sánchez Alonso fueron muy diferentes, y así tenía que ser por la índole de los medios informativos que representaban.

Como reportero de televisión con una cámara escondida, González fue un mendigo audaz, controversial y explosivo que con su micrófono oculto desafió tanto a las autoridades de policía como a las eclesiásticas quienes, dicho sea de paso, se distinguieron por no dar ni sal para un huevo a los pobres pobres.

En cambio, Sánchez Alonso, como reportero de periódico fue un pordiosero silencioso que únicamente esperaba el momento de culminar su experiencia para correr al periódico y relatarla. Ni siquiera podía hablar mucho con sus colegas limosneros porque su acento español y esa zeta delatora de madrileño de cepa lo hubieran hecho quedar como un impostor que le estaba quitando el pan de cada día a quien no lo tenía.

Lo único que no fue diferente entre ellos fue el fondo humano contenido en sus testimonios. A su manera, ambos pusieron el dedo en la llaga de una ciudad donde la pobreza jamás retrocede; lejos de eso, se agudiza. Y, a la vez, ambos pusieron la misericordia popular en su verdadera dimensión y la desnudaron para ver de qué está hecha, si de hilos del corazón o de andrajos.

Sin embargo, lo que más me impresionó de ambos trabajos periodísticos fue saber que, aún en la miseria, en la miseria de esos pobres, hay grandeza, no solo porque es precisamente la gente que menos tiene la que más da, sino por el bello ejemplo del tullido que, dolido de que a Danny González, el falso pordiosero, le ofrecen muy poca limosna, le da a este de la suya.

¡Cuál miseria! Dar de donde no se tiene sin importar a quién ya no se ve todos los días. En ese paralítico que estaba ahí tirado en el suelo sin poder valerse por sus propios medios, definitivamente hay un Dios escondido diciéndonos que es en corazones de ese tamaño donde mejor se le puede hallar.

Por eso es que esta Nochebuena siento como mi mejor regalo ese ejemplo del pordiosero paralítico quien nos da a todos una lección que duele, pero que a la vez tonifica el alma para llenarnos la conciencia del júbilo espiritual que da ayudar al desposeído. ¡Feliz Navidad!


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