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Sábado 28 de diciembre, 1996

Edición Electrónica. San José, Costa Rica
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Editorial

Banco Anglo y Codesa

  • Dos tumbas que moralmente no deben cerrarse

El Banco Anglo Costarricense cerró sus puertas, por resolución del Consejo de Gobierno, el 14 de setiembre de 1994. Con la disolución, ayer, de su Junta Liquidadora se coloca el epitafio en su tumba.

Jurídica e institucionalmente el Banco Anglo pasa a ser un capítulo de la historia bancaria de Costa Rica. Financieramente nos lega una pesada herencia de deudas, muchas de ellas irrecuperables, repartida entre varios sucesores. Moralmente nos deja abatidos por la magnitud de los actos ilícitos cometidos y por la participación de tantas personas, durante tanto tiempo, por acción o por omisión, en una cadena de trangresiones de toda índole sin que nadie hablara a tiempo, ni se hubieran activado los mecanismos de alerta y todo se consumara en medio del sigilo y de la complicidad.

Desde este punto de vista, la tumba del Banco Anglo debe permanecer abierta para que, de vez en cuando, nos asomemos a ella y la pátina del olvido no permita que se esfumen esos hechos y sus respectivas lecciones. No es por obra del azar que en los días del entierro oficial del Banco Anglo también la Asamblea Legislativa, después de 10 años de antesala --¡cómo le costó desprenderse de ella!-- estuviera cantándole las exequias al fruto de la más grande catástrofe financiera de Costa Rica, superior a la del Banco Anglo por su monto y por su refinamiento: Codesa.

Ambos --Codesa y Banco Anglo-- deben seguir viviendo en la memoria de los costarricenses y, en particular, de sus dirigentes políticos como el testimonio irrefutable de los resultados del Estado metido a empresario o a banquero, de la política aliada con el poder económico estatal, al servicio de los grupos de presión y de los allegados al poder político; de la falta total de controles eficaces, internos y externos; de la inexistencia de la rendición de cuentas, del clientelismo político, del desdén por los sanos principios administrativos y técnicos, y el consiguiente populismo vestido de ideología, de la más abyecta impunidad, de nuestra incultura nacional en el orden de la administración de los recursos públicos.

Citamos a Codesa y al Banco Anglo por ser los más visibles y trágicos, pero esta lista de irresponsabilidad y corrupción podría alargarse con muchos otros casos, cuantiosos unos, menos graves otros, que conforman el período más bochornoso de la historia de Costa Rica en el campo financiero. La magnitud de la deuda interna en estos momentos, que asfixia al Estado, a la empresa privada y, sobre todo, al pueblo de Costa Rica, es uno de los más claros ejemplos de esa mentalidad alegre y dispendiosa, del concepto patrimonial del Estado, de la impersonalidad en la administración de los recursos públicos; de la desnaturalización de la política, trocado su ejercicio en acto de fruición y la victoria en mero honor, sin la observancia de la exigencia constitucional y elemental de la responsabilidad, del bien común y del compromiso personal de la autoridad.

A partir de estos dos hechos, lo menos que podemos esperar los costarricenses es un cambio radical de actitud de parte de nuestros dirigentes, presentes y futuros, en cuanto al respeto y correcta administración de los bienes públicos, y, de parte del Poder Judicial, el finiquito de la justicia, si no pronta, pues ha tardado mucho, al menos cumplida.

Línea crítica de Arcadio


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