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La Nación
Jueves 31 de octubre, 1996

Edición Electrónica. San José, Costa Rica
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Noche de espanto

Juan Fernando Cordero

Octubre dejó de ser para los costarricenses, hace tiempo, el mes de la luna más bella, como reza aquella vieja canción guanacasteca.

Desde hace muchos años se convirtió en el mes del jalogüín, una vieja tradición europea que, vía Estados Unidos, nosotros adoptamos poco a poco con la enfermiza fascinación que nos producen las costumbres extranjeras.

Y hoy es precisamente el día del jalogüín. Hoy es día de gatos negros, brujas y calabazas, aunque la mayoría de los ticos solo conozcamos a su pariente el ayote.

El comercio, ni lerdo ni perezoso, se da gusto vendiéndonos cuanta vestimenta, máscara y maquillaje sea capaz de traer del exterior y para esta noche se anuncian desde desfiles de carrozas fúnebres hasta concursos de disfraces (con celular incluido).

En los barrios ricos los niños en grupos tocarán las puertas para recibir puñados de golosinas, mientras los menores de los barrios pobres, ignorantes del sentido del acontecimiento pero a sabiendas de que puede significar comida gratis, intentarán lo mismo en las casas de algún vecindario.

Si de divertirse un rato se trata, a lo que todo el mundo tiene derecho, ¿por qué no hacerlo con actividades más autóctonas y dejar de copiar todo lo foráneo?

Por ejemplo esta tarde, con ocasión de la juramentación del comité encargado de las celebraciones del bicentenerio de la parroquia de Heredia, habrá un desfile de cimarronas y se lanzarán a las calles a perseguir chiquillos 150 payasos, entre los que no faltarán el diablo, la giganta y la calavera.

Para el próximo verano, el programa Leamos con Zurquí de este diario pondrá a la venta un casete de leyendas costarricenses, que recuerda a personajes como El Cadejos y la bruja Zárate de la Piedra de Aserrí.

¿Por qué no volver los ojos a lo nuestro y disfutar con la recreación de todas estas figuras?

Intentémolo, porque ya en vez de decir noche de espanto lo que nos sale es un ¡qué espanto de noche!






Foro

Funcionarios y contrataciones

  • La ley es clara en cuanto a la contratación con el Estado

Rodolfo Saborío Valverde

Es la propia Constitución Política la que se encarga de establecer las pautas para evitar la colusión de intereses en la tramitación de las contrataciones del Estado. El párrafo segundo del artículo 122 contiene una prohibición absoluta para la participación de los diputados en todo tipo de negociaciones con la Administración Pública: "Los diputados no pueden celebrar, ni directa ni indirectamente, o por representación, contrato alguno con el Estado, ni obtener concesión de bienes públicos que implique privilegio, ni intervenir como directores, administrativos o gerentes en empresas que contraten con el Estado obras, suministros o explotación de servicios públicos". Por otra parte, el artículo 143 extiende esta prohibición a todos los Ministros de Gobierno.

El texto constitucional es diáfano y llega, además, a prever la posibilidad de la participación indirecta o por medio de un representante, casos que también quedan cobijados por la prohibición.

Para el Constituyente fue tan claro que la violación a este principio era inaceptable que incluso contempló la pérdida de credenciales como sanción por su incumplimiento (párrafo tercero artículo 143).

Pero además de este mandato constitucional, nuestra legislación ha ampliado este precepto a otros supuestos. Primero la Ley de Administración Financiera y ahora la Ley de Contratación Administrativa incorporaron dentro de los alcances de la prohibición absoluta a un número mayor de funcionarios. Según el artículo 22 de la última Ley, la inhibición de participación en forma directa o indirecta, abarca a:

"El Presidente y los vicepresidentes de la República, los ministros y los viceministros, los diputados a la Asamblea Legislativa, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y los del Tribunal Supremo de Elecciones, el Contralor y el Subcontralor Generales de la República, el Procurador General y el Procurador General Adjunto de la República, el Defensor de los Habitantes y el Defensor Adjunto, el Tesorero y el Subtesorero Nacionales, y el Proveedor y el Subproveedor Nacionales".

No cabe duda de que aquí se aplica el principio que propugna que ante el mismo problema debe darse la misma solución o respuesta; y evidentemente no hay ninguna razón para pensar que el criterio de corrección que dimana de las normas constitucionales citadas, no deba aplicarse, incluso con mayor rigor, a otros funcionarios, tales como los que contempla el citado artículo 22.

Siguiendo el mandato constitucional, esta prohibición se desarrolla con la intención de evitar la participación indirecta a través de parientes o figuras societarias, siempre tan propicias estas últimas para dificultar la identificación de sus titulares.

Es así como, en los incisos c, d y e del artículo 22 de la Ley de Contratación Administrativa, se comprende dentro de la prohibición absoluta a las personas jurídicas en cuyo capital social participe alguno de los funcionarios mencionados (cualquiera que sea el porcentaje de la participación), a los parientes de los funcionarios cubiertos por la prohibición, por consanguinidad o afinidad, hasta el tercer grado inclusive, y a las personas jurídicas en las cuales los parientes indicados, sean titulares de más de un veinticinco por ciento (25%) del capital social o ejerzan algún puesto de dirección o representación.

Estamos entonces en presencia de un tema en donde las regulaciones son totalmente claras.

Debe precisarse que el artículo 23 de la Ley de Contratación Administrativa recogió una disposición de la anterior Ley de Administración Financiera que permite a la Contraloría levantar el impedimento derivado de la prohibición, pero esto opera únicamente en el supuesto que la persona física o jurídica se haya dedicado efectivamente a esa específica actividad durante los doce meses anteriores al surgimiento de la incompatibilidad.

Esta previsión no opera para actividades que no se realizaran efectivamente al momento de surgir la prohibición ni para actividades potenciales, plasmadas únicamente en el acta constitutiva de una sociedad. Debe haber habido, al menos doce meses antes, una actividad económica cierta, con la potencialidad de ser objeto de una contratación administrativa .

Otro supuesto básico, es que el levantamiento de la incompatibilidad se efectué oficialmente por parte de la Contraloría General de la República, antes del inicio de cualquier procedimiento de contratación administrativa.

De no respetarse alguno de estos dos supuestos anteriores, estaríamos en presencia de un procedimiento absolutamente nulo y las personas involucradas habrían incurrido en violación de los preceptos constitucionales o legales que acabamos de exponer.

Las normas sobre prohibiciones están sentadas con bastante precisión en nuestro ordenamiento jurídico, lo que no impide que muchas veces se dificulte el proceso de verificación de responsabilidades.

En momentos en que se discute la posible investigación por parte de la Contraloría de una eventual violación de estas reglas, es bueno recordar la importancia que la transparencia tiene en todos los procedimientos de contratación administrativa. En la medida que se fomente y propicie la transparencia, menos posibilidades existirán de que se abuse de los recursos del Estado.






Al Grano

Edgar Espinoza

Como si el tiempo fuera obra de las máquinas y no de un misterio, por esta época las rotativas de las imprentas comienzan a manufacturar en sus prensas el Año Nuevo, con la prosaica idea de desgranarlo luego en miles de calendarios que ritualmente circulan antes de que el viejo acabe.

Los almanaques son tiempo en estado líquido; historia sin envasar; retrato aún no revelado del mañana. Son la inexorable página en blanco de la vida que habrá que llenar siempre con algo, quizá con más vida, quizá con muerte, para que como un díctum del destino se cumpla, palabra por palabra, lo que está escrito.

Uno agradece siempre un almanaque sobre todo por esa utilidad tan inesperada que tiene, al punto de que puede transcurrir el año entero colgado de una pared olvidada sin que nadie lo determine, hasta que de repente, como una profecía que se cumple, sobreviene el instante en que se hace crucial ya sea para marcar la fecha de una cita furtiva, o la de un triunfo o desengaño.

Antes, cuando había más tiempo de ver el tiempo, la gente instalaba el calendario en un lugar privilegiado de la casa, generalmente ahí, en ese punto preciso donde la vista pudiera tropezar con él a la hora de una salida intempestiva y verificar que hoy es hoy y no mañana ni ayer. Porque el tiempo pasaba tan lento que se le oía latir; ahora, en cambio, solo nos damos cuenta del tiempo cuando ya pasó, gracias a esa huella indeleble que va dejando en nosotros.

Aquellos eran unos calendarios enormes, como los de la Librería Universal, con unos números aún más grandes como para que no hubiera la menor duda de la fecha que era y de la dicha de estarla viviendo a plenitud. Cada día del almanaque venía devotamente montado a lomo del santo de turno que en algunas familias llegó a ser tan o más importante que la misma fecha de cumpleaños.

Otros calendarios se distinguieron no precisamente por sus grandes números sino por sus grandes imágenes celestiales, comúnmente las de alguna de tantas vírgenes en una sola, de Jesús orando en el Huerto de los Olivos, o de la Santísima Trinidad, y que los hacía dignos no solo de una mejor ubicación en la casa, sino de una remota velita y hasta de perdurar por los siglos de los siglos en aquel hogar aún cuando el año ya hubiese terminado, pues botarlos era botar a Dios.

Sin embargo, y como todo en la vida, el tiempo ha cambiado y los calendarios también. Como ya los días no son aquella pausada gota cayendo sobre la dura roca del devenir, sino una sola, vertiginosa e incontrolable masa de sensaciones que nos arrastra, los almanaques se han tenido que adaptar a esta modalidad. Ahora ya no los hacen para que veamos el tiempo sino para que del todo lo olvidemos.

Esa es precisamente la razón por la que los almanaques de hoy vienen impresos con unos números así de invisibles para dedicarle todo el espacio, de enero a diciembre, a las imágenes de diosas devoradoras de hombres, con sus cabellos interminables, ensortijados y revueltos; unos labios hinchados de extravío y, por atuendo, un hilito de agua transparente que corre justo ahí donde la selva susurra su poesías.

Son unos calendarios tan a tono con la época de urgencias en que vivimos, que realmente logran el espléndido objetivo de hacernos perder la noción del tiempo para no preocuparnos más de sus estragos, sino de sus delirios. ¡Feliz Nuevo Almanaque!


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