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La Nación
Jueves 26 de septiembre, 1996

Edición Electrónica. San José, Costa Rica
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"Busco amistades"

Armando Mayorga

Hacer "amigos" por Internet es fácil. Solo hay que inscribirse en alguna lista de direcciones y ponerse a disposición de cuanta persona en el mundo desee escribir a nuestra dirección electrónica.

Si usted revisa listas internacionales, hallará a un costarricense con un aviso clásico: "Hola, soy un tico que vive en Tiquicia y me gustaría mantener amistad con quien sea. Prometo responder cualquier mensaje. Estudio en tal universidad, me gusta todo tipo de música y adoro el futbol."

Efectivamente, la mayoría son jóvenes de más de 16 años de edad, estudiantes universitarios que acceden a Internet desde centros de estudio públicos y privados. Están dispuestos a hablar "de lo que sea" y "con quien sea" a través de una pantalla de computadora.

¿Qué pasará en su entorno? ¿Por qué quieren "hablar de lo que sea"? ¿Cómo serán sus relaciones humanas? ¿Serán débiles? ¿Qué estarán buscando? Estas inquietudes se me vinieron a la mente cuando leí una carta de Efraím Jiménez a La Nación Digital, foro donde precisamente muchos jóvenes se inscriben en busca de amistades.

Jiménez decía que "todavía quedan por ahí decenas de otras efectivas maneras de trabar amistad, casuales o planeadas", como ir a fiestas, discotecas, viajar a la misma hora en el bus o quedarse un par de horas después de clases o del trabajo. En definitiva, formas "más privadas, y más interesantes, que intercambiar mensajes o letra muerta por Internet".

Y es que este medio puede engañar. Una amiga hizo contactos por e-mail con varios ticos que viven aquí. Los escritos que recibía eran cálidos e interesantes. Cuando los conoció en persona, eran seres introvertidos. Su conclusión: tenían dificultad para expresar sentimientos de persona a persona. Solo una fría pantalla de computadora les daba la posibilidad de abrirse a los demás.

Y eso explica mucho lo que pasa en Internet con esos avisos de "busco amistades". Algo más sincero sería decir "busco expresar sentimientos". A eso hemos llegado, a tener que expresarlos por computadora.






Foro

No se justifica una Constituyente

  • En promedio, más de un artículo de la Constitución se revisa cada año

Rodolfo Saborio Valverde

Desde su entrada en vigencia el 7 de noviembre de 1949, nuestra Constitución Política ha sido objeto de 41 reformas parciales, por medio de las cuales se han modificado 62 artículos. Esto significa que, en promedio, más de un artículo de nuestra Carta Magna se revisa cada año, para adaptarla a las necesidades cambiantes de nuestra sociedad. No podemos decir entonces que nuestro texto fundamental se caracterice por una excesiva rigidez, ya que la Asamblea Legislativa, haciendo uso del poder constituyente derivado parcial, ha efectuado profundas transformaciones sobre aspectos de vital importancia para el desarrollo del país.

Si nuestra práctica constitucional demuestra contundentemente esta facilidad de adaptación, ¿a qué se debe que periódicamente se insista en la sustitución total de nuestra Carta Política?

El tema de la reelección presidencial, prohibida precisamente mediante una reforma introducida en 1969, ha gravitado con una fuerza determinante, abierta o indirectamente, cada vez que resurge este tema. La estrechez de horizontes de las oficialidades políticas no ha permitido salir de ese limitado enfoque, y por una u otra vía, la interminable lista de aspirantes a precandidatos a Presidente ha logrado bloquear todo intento por sustituir nuestra Constitución, temerosos, y con razón, de que las dinastías se turnen indefinidamente en el poder.

Ahora bien, pequeñeces aparte, ¿ha demostrado nuestro sistema político síntomas de agotamiento tales que ameriten un replanteamiento desde la propia estructura constitucional? La respuesta no parece ser afirmativa. En realidad, las graves deficiencias institucionales que nos aquejan hoy no tienen que ver directamente con la globalidad del texto constitucional.

La falta de acceso del ciudadano al poder, por ejemplo, mediante el ejercicio transparente de su derecho al voto a través de listas abiertas, no requiere de un cambio constitucional. La racionalización del aparato estatal requiere únicamente ideas claras y compromiso serio de transformación: el instrumental jurídico básico existe, y si se requiriera de herramientas adicionales, estas pueden ser provistas por la Asamblea Legislativa. Por esta vía se puede atacar la ineficiencia, la corrupción, la defraudación fiscal y tantos males que caracterizan el funcionamiento del aparato estatal.

Pese a que se encuentra próximo a cumplir 50 años de vigencia, nuestro texto político fundamental goza de muy buena salud, y se compara y supera a muchas constituciones del resto del mundo. La construcción del bloque de libertades públicas es sumamente avanzada y en este campo es poco lo que se puede mejorar. Debemos considerar también que a partir de 1989, nuestra Constitución ha sufrido un proceso de revitalización a través de los pronunciamientos de la Sala Constitucional.

No existe entonces una parálisis nacional provocada por instituciones obsoletas. Tampoco se puede afirmar, como algunas veces se pretende, que la operación de los mecanismos de control entre poderes públicos, tales como el control de constitucionalidad, afecten sensiblemente la capacidad de llevar por buen camino los destinos del país.

Algunas veces se trata de esconder la incapacidad, debajo del argumento de la ingobernabilidad, pero esta fraseología no debe tomarnos desprevenidos. Nuestro país no es ingobernable, sencillamente, muchas veces carece de gobernantes, estadistas, gente de visión que lo sepan conducir.

Además de la falta de justificación estructural-institucional, se puede pensar en otras razones de oportunidad para no compartir la idea de la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

Como decíamos, el elenco de libertades públicas consagrado en nuestro texto fundamental es sumamente amplio, no parece razonable apostar estos avances en una Constituyente, con el ejemplo de falta de seriedad que constantemente brindan las oficialidades en el manejo de los temas más trascendentales. No podemos efectuar esta delicada apuesta antes de que los costarricenses podamos romper, o al menos atenuar, el férreo control del acceso al poder político que estos grupos mantienen. Porque sabemos que el bipartidismo en sí mismo no es dañino, pero el bipartidismo patológico que padecemos en Costa Rica no es garantía de equilibrio ni de canalización del sentir de las mayorías. En tanto subsistan estas condiciones, promover una Constituyente significa correr el riesgo de que se consolide la repartición del país que se ha venido dando en los últimos tiempos.

La Constitución es algo muy delicado como para dejarla en manos de los políticos. Hay tareas institucionales más urgentes hacia las cuales debemos destinar nuestros esfuerzos, como la corrección de nuestro sistema electoral para devolver al ciudadano la autodeterminación; llevar a cabo una verdadera modernización estatal para poner a las instituciones al servicio de los costarricenses; la construcción para las futuras generaciones de una sociedad en donde se aproveche plenamente el potencial de nuestro país en beneficio de todos y no de grupos adueñados del poder. En este contexto y con estas tareas pendientes, no se justifica la convocatoria a una Asamblea Constituyente.






Al Grano

Edgar Espinoza

Está definitivamente comprobado: en las fiestas con conjunto musical es imposible hablar. La estridencia de sus aparatos de sonido e instrumentos musicales pone a la gente en tales aprietos que, al no poder hablar, grita, patalea y hace muecas en un vano intento por comunicarse.

Una fiesta es un encuentro humano cuyo fin esencial es hablar. De lo que sea, pero hablar. Ni modo que alguien organice una fiesta para no hablar. Y es a partir del hablar que viene lo demás: carcajearse, emborracharse, armar bronca, cantar, echarse un guipipía, treparse en la mesa, rodar por el suelo y bailar.

Pero con el bochorno electrónico de la orquesta, el acto de hablar se anula por completo. Cuando el estruendo empieza, la gente trata de hablar durante los primeros cinco minutos, pero como se ve obligada a un esfuerzo extraordinario, pronto sucumbe y se resigna a permanecer callada.

Es entonces cuando su comportamiento se vuelve medio patológico porque al no poder hablar, echa mano de sus otros sentidos y entonces agudiza el olfato en un desesperado intento de comunicarse a través de la nariz; o se dedica a picar boquitas en un franco y calórico diálogo con el estómago, o a ver hacia todo lado para decir con la mirada lo que no puede con la voz.

Tres horas después de estar en ese plan y con el trueno musical aún entre las orejas, es posible notar en la respetable concurrencia síntomas inconfundibles del Síndrome del Estremecimiento Sónico Adquirido, una vibración medio maníatica propia del aturdimiento prolongado. Es cuando la gente comienza a caminar en el salón como el mono de la televisión que toca tambor en el anuncio de las baterías, pero como se trata de una afección colectiva en la que todos tiemblan al mismo compás, nadie sospecha nada.

Esa es, en parte, la razón de que mucha gente prefiera tirarse a pista, pues si no puede hablar ni gritar y encima anda con la temblorina sónica de pies a cabeza, mejor baila, que en el fondo es un habla corporal sin voz y que la pareja utiliza magistralmente alzando un brazo, encogiendo una pierna o estirando el güecho para decirse cosas que de otra manera no puede, como ¡mirá a fulano sentado allá con la querendeme!, o ¡qué salvaje el plato que se sirvió mengana en el bufé!

La cuestión es que, con todo esto, la soberanía de los que hablan en las fiestas está siendo violada por los retumbos a escala Richter de las orquestas, en detrimento de un derecho humano fundamental.

Hace poco estuve en una mesa con 12 personas y durante las siete horas que duró la fiesta fue imposible sostener una conversación de un minuto con el que estaba a mi lado. Él me gritaba y yo le gritaba a través de un breve pero intenso diálogo que no pasó de ¿Queeeeeeeé? ¿Cóooooomo? ¿Aaaaah? mientras, al fondo, el conjunto musical tocaba el Tiburón o el Venado con media docena de bafles tamaño ropero sobre nuestras cabezas.

No es justo. Organicémonos. Urge suscribir un pacto entre el anfitrión, el público y la orquesta para poder hablar y bailar, y bailar y hablar, sin que ambos actos supremos, dignos de la mejor diversión, se interfieran. Una posibilidad es bajar el volumen a niveles auditivos razonables. Otra, hacer más pausas entre canción y canción. Otra, poner los bafles bocabajo en dirección a las placas Coco y Caribe a ver si se terminan de acomodar. Y la última, en caso de que fallen las demás, tener un siquiatra a disposición de los invitados.


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