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Lunes 1 de diciembre, 1997


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Salida de alma madre



Aurelia Dobles
Redactora de La Nación

El Alma Máter reunió en su ilustre seno a los Migueles, Angel y José, y ellos se comportaron dentro de él muy formalitos, durante una hora, de acuerdo con la académica temperatura ambiente, pero luego se desmadraron, es decir, se salieron de madre, es decir, fuera del alma de la Máter.

Por suerte fue al final eso de darle circo a la canalla, como dijo una respetable catedrática. ¡Ay, qué sonrojo!: tanta y tanto honorable candidata y candidato a encumbrados puestos públicos chiflando, abucheando y gritando como cualquier hijo de vecino malcriadito (en ambos bandos).

La universidad no es una ley, sino un espíritu, dijo Enrique Macaya, uno de los fundadores de la UCR (nos lo recordó hace poco el rector Gabriel Macaya Trejos), pero ayer en sus alrededores el Alma Máter se amarró las enaguas para no dejar pasar a nadie después de las 6 p.m., protegiendo así su campus de las hordas electoreras, que se asentaron en las afueras con sus piquetes arengadores.

Solo que esa ley que impuso retenes infranqueables en varios puntos, dejó al pobre de Rogelio López y su Danza Universitaria sin prójimos a quienes ofrecer su última función. Lo vimos desolado preguntando a los policías y funcionarios de la U y del TSE para dónde agarrar con sus bailarines.

Haciendo señorío, como mandan las buenas costumbres no solo universitarias, en la primera parte del debate los candidatos ofrecieron respuestas puntuales, con pelos y señales, y otras sin puntos ni menos señales.

Y en la segunda empezaron las puyas: "yo pensé que había dejado la soberbia en la casa, don Miguel Angel", soltó don José Miguel; "hay personas que no quieren entender y no pueden entender; usted no pone atención y después no entiende, esa ha sido su característica, don José Miguel", lanzó Miguel el Angel.

Este último no perdió oportunidad de hablarle a la cámara que tenía enfrente (se le nota la experiencia electoral); en cambio, Miguel el José no atinó a hacerlo sino de vez en vez, cuando una maquilladora vestida de verde esmeralda se lo sopló al oído.

La salida de alma madre sobrevino en el segmento de las preguntas formuladas por estimables personas del pueblo, a quienes -es curioso- ninguno de los dos candidatos trató de sacar de su desencanto político: más bien les daban la razón.

Y al filo de las siete y cuarto fue la pequeña Troya: se metía uno en el tiempo del otro; los trapos sucios acamparon en el campus y el pobre rector, más espíritu que ley, sin poder volverlos al redil de la decencia. Si hasta Somoza salió a relucir, y eso que no tiene vela en este entierro. ¿O sí?



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