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Viernes 25 de julio, 1997


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Sandro Alfaro

Diario tricolor

El mundo es pequeño



Sandro Alfaro
Especial para La Nación

Dejé mi ombligo hace 26 años en San José, pero, casi de inmediato, en brazos de mi madre me trasladé a lo que llamó y llamaré mi ciudad natal: San Carlos.

Allí di mis primeros pasos y hasta el primer puntapié a una pelota de futbol y, si la memoria no me falla, fue en el mosquito de San Gerardo donde, como defensor izquierdo, volaba patadas a lo loco.

¡Qué pequeño es el mundo! Hasta me da risa recordarlo; en aquellas clásicas y típicas mejengas, ya fueran en la calle o bien en la plaza, yo era Marvin Obando.

El era mi ídolo, siempre lo imitaba, quizá por la idea de ser ambos defensores y zurdos a la vez. Lo sorprendente fue que, al ir creciendo, Obando aún jugaba en la Primera División.

Llegue a Puntarenas en el año 90 -por cierto, tenía 16 años y mi entrenador era Toribio Rojas-; ese mismo año conocí a Marvin de cerca, dentro del campo, pero ya no como mi ídolo, sino como mi rival. Ese día caímos 2 a 0... ¡vaya debut!

Las sorpresas no finalizarían allí. Les cuento que hasta compañero de equipo llegó a ser. Curioso, ¿no?...

Fue al inicio de la temporada pasada, firmé con Herediano, y, al llegar al camerino, Obando estaba sentado, cambiándose.

No lo podía creer: mi ídolo, aquel que yo imitaba en las mejengas, era mi compañero de equipo y hasta de puesto.

Poco después, y por esas cosas del destino, Marvin se fue a otro equipo (Turrialba), y mi admiración, a pesar de la distancia, no cambió, ni cambiará en ningún momento.

Nací en San José, me estiré en San Carlos, debuté en la Primera División de Puntarenas y conocí en Desamparados a mi novia, y hoy esposa, Yendry, con la que tuve una linda niña, llamada María Fernanda. Realmente, el mundo es pequeño.


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