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Martes 27 de enero, 1998


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SIN ATADURAS. Pese a la severa enfermedad que padecía, Carlos Alvarado procuró realizar una vida normal. Aquí en su huerta, en el patio de su casa en Montellimar de Guadalupe.

El sprint final

Alvarado será velado hoy en Cañas y mañana será su funeral


Sandra Zumbado Yuri Jiménez y José Edo. Mora
Redactores de La Nación

La muerte lo sorprendió en plena lucha. Cuando procuraba escapar a sus garras. Cuando soñaba con ser diputado. Cuando quería vencer a la angustia...

Diciembre de 1996 representó el primer alto en el camino. El dictamen médico era contundente. Carlos Alvarado padecía de glomérulo esclerosis focal y segmentaria, mal que afecta el proceso inmunológico del riñón, con riesgo, incluso, de destruirlo. Ello provoca una obstrucción en el proceso normal de la orina, hace que se pierda mucha proteína en ella y determina que el agua de los riñones se traslade al flujo sanguíneo, con lo que se genera una especie de envenenamiento.

El domingo 25 de enero de 1998, en una ambulancia de Cañas -su tierra natal-, murió rumbo a Puntarenas, cuando intentaba derrotar a la muerte.

Falleció en los brazos de su esposa Nelly Rossi. En el hospital Monseñor Sanabria, del Puerto, a las 10 p.m., recibieron su cuerpo sin vida.

El cuerpo de Alvarado será velado hoy en Cañas y mañana se realizará su funeral en la tierra de sus amores.

En el mundo del ciclismo, Alvarado marcó su época, con su capacidad suicida para bajar, con su deseo, siempre, de ser el primero cada vez que saltaba al asfalto.

Alvarado era alto. Astuto en el pelotón. Sencillo. Luchador. Un enamorado del ciclismo.

Pese a su enfermedad, que lo obligaba a que le practicaran una hemodiálisis cada tres días -el tratamiento consiste en purificar la sangre, debido a que el cuerpo acumula mucha agua-, Alvarado dirigió al equipo de Ciudad Neily en la última Vuelta a Costa Rica, dedicada a él.

En el ciclismo escaló altos peldaños. Ganó en 1977 la Vuelta a Costa Rica. Triunfó en Puerto Rico -1980 y 1981- en Nicaragua -1981-, en Jamaica -1982- y fue declarado, en 1979, el atleta más destacado de Centroamérica.

A la par de sus galardones, el ciclista acumuló amistades, por su don de gentes.

Sus raíces

El cantón de Cañas, en Guanacaste, fue su referente. Ahí doña Mercedes Reyes y don Mauricio Alvarado alimentaron su ilusión de ser ciclista. Ellos, en los inicios, fueron sus entrenadores, sus mecánicos, sus asistentes, sus delegados. Su soporte.

Por los azares del destino, Alvarado nació en Los Angeles, Estados Unidos, el 8 de agosto de 1954.

La mayoría de los conocedores del ciclismo nacional, hablan de un antes y un después de Alvarado. Esa es la tesis que priva en el libro 21 años de la Vuelta Ciclística a Costa Rica, de Parmenio Medina Pérez.

"El común denominador del ciclismo nacional está definido así: antes y después de Soto -José Manuel-; y cabe agregar: ¡antes y después de Alvarado! Carlos Alvarado Reyes surgió, emergió, como otro "gigante" en 1973.

Rústico en sus inicios, pedaleaba feo, incómodamente montaba a la bici. Pero al verlo, con su figura y una fuerza casi bruta había que decir y en voz alta "ese mamulón será un gran corredor". ¡Y lo fue!

El domingo de su muerte, curiosamente, se encontraba en Cañas como parte de su estrategia política. El era candidato a diputado por el Partido Independiente y hacía planes para defender los interereses de los guanacastecos.

Su afán de coronar sus deseos de llegar a la Asamblea Legislativa lo inducían a trabajar con una agenda diaria sumamente desgastante, a pesar de que Manuel Cerdas Calderón -su médico- estimaba que no debía exponerse a tanto esfuerzo.

Sobre la muerte de Alvarado, Cerdas dijo: "Falleció de un edema agudo de pulmón. Murió en el sitio equivocado -ambulancia- y en el momento equivocado."

Para comienzos de febrero, a Alvarado le iban a realizar un transplante de riñón. Nelly, su cónyuge, le iba a donar uno de sus riñones.

Alvarado tenía una enorme fe de que iba a superar la carrera más difícil de su vida, pero por aquello de las sorpresas ingratas pensaba en un amanecer truncado.

"Yo no le temo a la muerte. Cuando estuve más mal, en noviembre, llegué a sentir una gran tranquilidad y en ningún momento me desesperé. Si hay algo que a mí me deja tranquilo, es saber que mis hijos van enrumbados a ser gente de bien, son muy estudiosos y obedientes: todo lo que un padre puede desear", dijo Alvarado en su última entrevista con este diario.

La enfermedad debió modificar, por completo, su vida, dado que tenía que someterse a una estricta dieta, a las hemodiálisis cada tres días y a un esfuerzo menor al que acostumbraba a hacer; él, sin embargo, quería domar a la vida como lo hizo durante más de 15 años.

La muerte, no obstante, le ganó el embalaje final el domingo pasado, cuando procuraba escapar a sus garras, cuando soñaba con ser diputado, cuando quería vencer a la angustia.


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