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Lunes 2 de febrero, 1998


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FERVOR. Con el alba, Corrales oró y pidió a sus coterráneos de Paraíso de Cartago que así lo hicieran para que pudiera seguir su lucha por la justicia social.

En la intimidad

Entereza campesina



Aurelia Dobles
Editora de Ancora

"Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime";

este fragmento de un poema de Antonio Machado se acomoda sí y no a las horas cruciales del fin de fiesta de José Miguel Corrales, pues transcurrieron sin lágrimas reprimidas ni declaradas y no había hipocresía en su rostro sereno -y más bien rojizo por tanto asedio de simpatizantes y por el calor circundante- cuando manifestó: "Madre, me gustaría que usted pudiera abrirme por dentro y ver que estoy de verdad muy contento, feliz con el resultado, porque hemos rescatado al Partido Liberación Nacional."

Ecuánime, entero, repartió besos y abrazos a la salida de su sencilla casa en La Uruca, al ras de las siete de la noche, cuando pasó a refrescarse de la dura jornada electoral, que lo terminó de desmelenar en los bulliciosos Hatillo y Desamparados. Parecía consolar él mismo a quienes ya palpaban la derrota inminente.

En el calor del hogar, su esposa, Isabel, sus hijos Miguel Eugenio, Ana Isabel y María del Rocío, algunos jóvenes amigos de esta y el nieto, Mauro, veían la televisión en calma, mientras su esposo y padre, en la sala, junto al carnal Rodolfo Longan, conversaba por teléfono con Guillermo Constenla.

"Idiay, macha, solo usted falta, muchacha", se dirigió a su esposa -a quien entrevistaba canal 7- a punto de abordar el vehículo que los transportaría al Balcón Verde. Su buen rato se llevó encerrado con sus familiares, y con Constenla, Rolando González, Longan, Luis París, Miguel Díaz, Jorge Urbina, mientras preparaba, siempre tranquilo, sus palabras de aceptación del resultado.

Simpatizantes lo ovacionaron y un tumulto se armó a su alrededor cuando empezó la conferencia de prensa.

Ahí sí la mención de sus padres, sus maestros de la infancia y su esposa, Isabel, le aflojaron la emoción. Pero primó en el candidato verdiblanco el rostro viril y la voz firme, en la mejor tradición de un recio campesino.



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