|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
| La Nación Digital Cartas Anuncios Económicos El tiempo Tiras cómicas La Gaceta en breve Obituario Anuncie en La Nación Suscríbase a La Nación Galería Comercial Servicios SuperSite Archivo Digital Correo a La Nación Teléfonos de Emergencia | Ser libresCon ojo ajenoMiquel A. Queralt Periodista español Cuando, en 1977, la democracia volvió a España, se votaba entre semana por miedo a la abstención y para que el ciudadano tuviese conciencia de la res publica y la certeza de que por fin podía decidir e incidir en los asuntos del Estado. La dinámica de que el bienestar y la paz eran posibles a pesar de los fantasmas de la guerra civil, los nacionalismos y la lacra del terrorismo -el viernes, ETA volvió a golpear, esta vez en Sevilla- hizo posible que el día electoral por excelencia fuese el domingo. Durante buena parte de mi vida, el derecho a votar fue un simple anhelo, no por no tener edad, que no la tenía, sino por los "salvadores de la patria" que deciden pensar por uno y luego pasa lo que pasa con las libertades. En cambio, este país lleva décadas ejerciendo aquel derecho de manera normalizada. En tal sentido, Costa Rica supone lo que siempre quise y pocas veces obtuve. Vaya mi respeto para esta linda tierra, que, con todos sus problemas estructurales a cuestas, es un oasis de paz y un ejemplo para América. La concordia electoral solo ha sido rota por la polémica sentencia de la Sala IV, que negó el debate entre los dos candidatos mayoritarios, con el argumento de que todos, 13 en total, debían participar en el encuentro. El mismísimo expresidente Oscar Arias criticó esa decisión -después de emitir su voto-, la que deja mal parada la libertad de prensa. En la calle existe división de opiniones. La llamada masiva a la abstención y al voto nulo también ha calado en distintos sectores de la población. Muchos ciudadanos admiten abiertamente que estas elecciones saben diferente. No hay un gran entusiasmo; entienden que solo se les reclama el voto, no la participación activa. De las tibias estampas de ayer, una destaca sobremanera: el Teatro Nacional permaneció cerrado a cal y canto. No es un buen síntoma que en un día como ese, el mundo de la cultura no esté al lado del pueblo. El bailongo estaba en la Plaza de la Democracia. El calor era agobiante y en el hotel Costa Rica no servían cerveza. Aunque no lo parezca, la ley seca nos hace menos adultos. Los residuos del Estado protector todavía siguen activos. En manos del Presidente electo estará el considerar a sus conciudadanos como lo que son: seres libres que escudriñan cómo conseguir un "pedacitico" de cielo aquí en la tierra. © 1997. LA NACION S.A. El contenido de La Nación Digital no puede ser reproducido, transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito de La Nación S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.co.cr |