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POR EL MUNDO.
Mayo de 1959. Álvaro Murillo en Hong Kong, uno de los destinos pintorescos de la inolvidable gira mundial de Saprissa alrededor del mundo, hace 40 años. El exatacante fue el máximo realizador del periplo con 16 goles.


El retrato del talento

Álvaro Murillo, símbolo morado en los famosos Chaparritos de Oro


Rodrigo Calvo Castro
Redactor de La Nación

Decimoséptimo de una serie de semblanzas sobre las 25 principales figuras deportivas del país en el presente siglo

"¡Ataca Costa Rica... La defensa peruana está adelantada... La bola la tiene Catato Cordero; hace un servicio en profundidad&...; Álvaro Murillo viene encarrerado, lo recibe y se enfila al marco... Sale el portero Felandro... Puede ser gol... Murillo la "bombea", la bola ingresa lentamente en la valla... Goooool... Un golazo de maestro...!"

Vida y trayectoria de esta figura

El fallecido locutor, Francisco Chico Montero, reportaba desde México la hazaña del goleador morado, en sentida transmisión de radio La Voz de América, que era vitoreada a lo lejos por entusiastas aficionados. Era el 4 a 2 de la Tricolor ante Perú, un resultado histórico que representó hace 43 años el tercer lugar de la inexperta Costa Rica en el II Panamericano de Futbol.

Separados por poco margen de los "gigantes" Brasil y Argentina, los famosos Chaparritos de Oro -según la prensa azteca- sentaron cátedra aquella vez en lo que representó la primera consagración continental del país en el mundo del balompié. Guiados por Alfredo Chato Piedra, los ticos superaron en puntos a equipos que cosechaban mayor experiencia, como Perú, México y Chile.

La gacela Murillo, como le llamaban por su relampagueante velocidad para crear acciones de peligro en el área enemiga, fue el artífice verdadero del triunfo y, de paso, derrotó dos veces al portero inca Rigoberto Felandro, en la inolvidable noche del 17 de marzo de 1956, en el estadio Universitario del Distrito Federal.

"El hábil interior derecho se mandó un partido de esos que nunca se olvidan, bajando a defender, armando juego, atacando y tirando a gol en forma sensacional. De su inspiración arrancó la superación de sus compañeros, que lo siguieron con la fe ciega que el soldado pone en el general valeroso, que los lleva a ganar la batalla", escribió el periodista Luis Cartín Paniagua, en una apasionada crónica para La República.

Murillito fue, entonces, el símbolo de esta página de oro que enloqueció a 100.000 espectadores aztecas y a la pequeña colonia tica. Un malabarista hábil y con clase. Caballeroso. Talentoso como ninguno. Un enlace perfecto entre las líneas bajas y la delantera. El constructor por el que llegaban los balones a las redes enemigas, gracias a sus jugadas cerebrales y elegantes.

Vida para el futbol

Orgulloso hijo de San Pedro de Poás, en la provincia de Alajuela, donde nació y se crió en el seno de una familia humilde, de pocos recursos económicos, Alvaro Murillo Rojas inició sus andanzas futbolísticas a la edad de diez años en Heredia, donde sobresalió en las clásicas mejengas de pueblo que se organizaban después de recibir clases, en la escuela Cleto González Víquez.

Así trascendió su pasión inicial por la pelota. Participó luego en su primer equipo federado, el Oriente FC, en categoría infantil. Mientras estudiaba en la Escuela Normal (hoy Liceo de Heredia), jugó cuatro años en el Herediano (infantil y juvenil) y luego en Orión. Sin embargo, el salto más importante lo asumió cuando su primo hermano, Gerardo Murillo, lo recomendó al Deportivo Saprissa (tercera división).

"Llegué al Saprissa a la par de mi compañero José Pepe Alvarado. En el primer entrenamiento en La Sabana, me sentía raro, en otro ambiente&...; Seguro la salida a la capital me afectó. El infantil era un equipo muy bueno y yo, con apenas 14 o 15 años, me preguntaba: 'Diablos, ¿qué vengo hacer aquí, ante tantos fenómenos?' Yo no quería volver más&...;", expresó Murillo en una entrevista con la revista Triunfo, en noviembre de 1984.

El entrenador de la época, José Joaquín Pachico García, insistió en su reclutamiento y, ante ello, la motivación pudo más y decidió regresar a las prácticas con más confianza en sí mismo. Tanto García como el fundador del club morado, Roberto Beto Fernández, y el presidente de la institución, Ricardo Saprissa, moldearon sus conocimientos como persona y deportista.

Su ascenso, junto al resto de sus compañeros, fue vertiginoso y extraordinario. Saprissa arrasó en forma invicta los campeonatos de tercera y segunda divisiones en 1947 y 1948, y hasta ganó con solvencia el torneo relámpago de la liga mayor de 1949.

"Impusimos una escuela como pocas veces se hizo en el país. Nuestra forma de jugar era simple: pase en corto, rápido, muy tirado a la ofensiva y de ahí que lográramos muchos goles. Los jugadores eran bastante parejos: no había uno mejor que el otro", opinó Murillito en declaraciones para Triunfo y La Prensa Libre.

El mundo lo admiró

Su primera experiencia internacional fue a los 19 años, pero no con Saprissa. Corría el año 1949 y reforzó al Herediano sin haber debutado en Primera División, con motivo de una gira a México y Honduras. Impresionado por su talento, Santiago Bonilla lo llamó a integrar un año después el primer seleccionado de su carrera, para los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Guatemala.

Las siguientes delegaciones patrias contaron con su necesaria presencia y su calidad dio brillo a tres victorias ticas: la presea de plata en los Juegos Panamericanos en Argentina (1951), y los títulos regionales de futbol en el país (1953) y Honduras (1955).

Su ya comentada actuación en el Panamericano de Futbol de México 56 fue su mejor presentación con la Tricolor. "Álvaro Murillo es todo un mago porque hace llaveros con el cuero&...; ¡Es un crack! El cerebro y motor del ataque. Un poco lento, ¡pero cuánta clase! Está siempre a todas horas y en todas partes", apuntó la prensa azteca de aquellos días.

Este tipo de halagos los escuchó muchas veces. En una ocasión, el argentino Guillermo Stábile, máximo goleador del Mundial 1930 y entrenador de su país en ese Panamericano, expresó sobre él: "El mejor jugador costarricense es Álvaro Murillo. Es un auténtico interior retrasado, de gran calidad y un verdadero crack en cualquier cancha".

En su oportunidad, el rey Pelé le pidió fotografiarse con él, luego del Santos-Saprissa de 1959, que finalizó 3 a 1 a favor de los brasileños en el Estadio Nacional. "Ven, Álvaro, déjame tomarme una foto con vos, para hacerme famoso", fueron las palabras de la más grande luminaria futbolística de todos los tiempos.

En la gira alrededor del mundo, emprendida en forma quijotesca por la institución morada por 25 países, entre marzo y junio del 59 (duró 74 días), Álvaro fue el mejor anotador, con 16 conquistas en partidos en Venezuela, Israel, Hong Kong, Indonesia, Australia y Nueva Zelanda.

Sus aplaudidas presentaciones le valieron atractivas ofertas para jugar con el Génova de Italia, F. K. de Austria, Huracán de Argentina y clubes de Venezuela y México, las cuales rechazó por razones de estudio. Para 1962, luego de un corto y prematuro retiro, firmó para el Orión un contrato de ¢20.000 por dos años, el más alto en esos tiempos.

Pero regresó al Saprissa para el campeonato de 1964, siendo éste su último año en la categoría superior, ya que se despidió en un silencio casi total. Cuando se retiró contaba con 34 años y luego se entregó por entero a su familia y a su profesión como ingeniero civil especializado en avalúos en el Instituto Nacional de Seguros.

"Cómo le gustaba a Álvaro repasar estos viejos periódicos, porque su sueño era disfrutarlos en la vejez con sus nietos, pero ya ve&...; no pudo ser, pues falleció repentinamente a las 6:30 de la tarde, el 28 de junio de 1985", revivió con nostalgia su esposa, Julieta Jenkins, el jueves pasado, mientras revisaba amarillentos álbumes de recortes que conserva su familia con orgullo.

En vísperas de la celebración saprissista de sus 50 años en la Primera División, el nombre de Álvaro Murillo resurge con letras de oro, como un retrato de talento puro para uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.



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