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ALTRUISTA. Una vez retirado, Evangelista Chavarría se dedicó a la organización del ciclismo e impuso su entusiasmo para llevar la caravana a la zona sur. El ateniense falleció en 1986, a la edad de 69 años.


El hijo del silencio

Evangelista Chavarría, en la elite del ciclismo nacional de todas las épocas


Rodrigo Calvo
Redactor de La Nación

En silencio recorrió las rutas de América y Europa. En silencio se forjó en el deporte, con un corazón y temple de acero increíbles. En silencio eludió obstáculos y compitió en aventuras sin la ayuda de entrenadores y compañeros de cuarteta; sin patrocinadores, ni premios, salarios o seguros, y con miles de incomodidades en el camino.

Vida y logros de esta figura

En ese ir y venir silencioso, Evangelista Chavarría Pérez hizo florecer en el país el ciclismo de alto rendimiento. Con él comienzan las hazañas sobre ruedas en la carretera de su destino, que le valieron en su momento que la prensa azteca lo bautizara el Águila Solitaria, después de cumplir una actuación histórica en la Vuelta a México de 1950.

"Evangelista era una personaje que hablaba poco y entrenaba solo. Un deportista muy completo. Pero, sobre todo, era muy serio y responsable durante sus competencias y en su vida personal", describió con precisión Alfredo Cruz Bolaños, exatleta y exdirector de Deportes, en uno de los ensayos que guarda en su biblioteca personal.

Pero no es el único que lo recuerda con aprecio y cariño. Franklin Chavarría, uno de sus seis hijos, siguió su ejemplo, carisma e inspiración, al punto de que su mayor logro en la disciplina del triatlón -campeón mundial 1995 en categoría de 35 a 40 años, en Cancún-, curiosamente lo consiguió en tierras aztecas, como su padre. A ese galardón se le añaden cinco títulos centroamericanos, un quinto lugar en el Iron Man de la Florida (1995) y un triunfo en la media Iron Man de Guatemala (1998), entre otros.

"Mi papá fue un luchador del deporte, que sufrió mucho pues sacrificó sus negocios y a su familia, por constantes viajes a México, Argentina y Europa. Nunca me impulsó a practicarlo, pero tampoco me reprimía. Mi alegría fue que me vio ganar una media maratón en Ciudad Neilly. Fue hasta después de que él murió (1986), cuando empecé a sobresalir en competencias de triatlón", dijo su orgulloso retoño.

De la escasez al triunfo

La niñez de Evangelista estuvo saturada de pobreza y humildad, en un ambiente campesino en el barrio Jesús de Atenas, Alajuela, al cuidado de su madre, Josefa Chavarría, y su abuela, Lola Pérez. A corta edad dejó los estudios y le ayudó económicamente a su familia, cuando vendió periódicos en San José, trabajó en una mina y se empleó como zapatero en las Juntas de Abangares, Guanacaste.

Siendo un inexperto en lides deportivas, se inició en el ciclismo en el barrio Keith, hoy Cristo Rey. Allí su primera bicicleta fue de segunda mano, que le costó ¢25, en una época josefina en la que sobresalían los ciclistas Fernando Guevara, Guillermo Brizuela, Víctor Gasolina Calvo, Albin Pesoa, Arnoldo Anchía y Efraín Meza.

En 1939 ingresó al Club Nacional de Ciclismo, desde donde enfrentó en la carretera al Centro Ciclista Costarricense y al Lucifer. Sus compañeros de cuarteta fueron Juan Bautista Méndez, Rigoberto Salazar y Leonardo Valverde, en tiempos en los iban en bicicleta hasta Puntarenas, de las 10 p. m. a las 5 a. m., en medio de lodo y piedras.

En su primera actuación internacional, corrió una carrera de 800 kilómetros por el istmo en 1941, que pasó por Honduras, El Salvador y Guatemala. Ese mismo año atravesó la selva y la montaña, pasó cansancio, hambre y frío, para convertirse en el primer tico en cruzar en bicicleta la frontera con Panamá, en una accidentada aventura de 13 días.

Sin embargo, su primer gran triunfo a favor del deporte de Costa Rica fue en las justas centroamericanas y del Caribe de 1946, en Barranquilla, Colombia. La cuarteta tica ganó esa vez la medalla de oro en la prueba de ruta de 100 kilómetros, y Evangelista, Rigoberto Salazar, Omar Arce y Leonardo Valverde subieron a lo más alto del podio.

Proeza en México

Pero en aquel tiempo no le fue fácil competir en el giro de México, uno de los más difíciles del América con la elite del ciclismo mundial, debido a problemas internos por la revolución de 1948 y a que era un defensor de los ideales comunistas y las luchas sindicales y obreras. Ante la invitación desde México fue clave el concurso de García Valseca, periodista del diario deportivo Esto, para que su sueño se concretara en 1950.

"Mi padre fue una víctima de la política -aseguró su hijo, Franklin-. Era muy amigo de Manuel Mora y fue un militante del Partido Comunista. Como era un personaje público, lo que decía con vehemencia se oía y causaba impacto. Pero, al defender su ideología, muchas veces fue vetado y sufrió algunas represalias, al punto de que fue encarcelado".

Cuando al fin llegó al Distrito Federal, pasó inadvertido para la prensa local e incluso fue un tanto arrinconado por los dirigentes. Además de rutero, él era su delegado, técnico, mecánico, médico y asistente, sin contar con compañeros que lo auxiliaran, ante equipos de México, Italia, Francia, Bélgica, Alemania Occidental y Argentina.

"A pesar de que tenía que correr solo, había un pequeño grupo de costarricenses exiliados que, con la bandera de Costa Rica, me apoyaban. Cuando yo veía la bandera y escuchaba el himno de Costa Rica, me daban ganas de llorar", expresó Evangelista melancólicamente, en una entrevista con la revista Triunfo en febrero de 1985, un año y medio antes de morir a los 69 años, en su querida Ciudad Neilly.

Entre la gente que lo estimulaba a un lado de cada trayecto estaban los políticos Rafael Angel Calderón Guardia y Manuel Mora Valverde, así como futbolistas ticos y el boxeador Jesús Tuzo Portuguez, quien cumplía allá una temporada por los principales cuadriláteros. Todos ellos dieron fe del coraje, la inteligencia y determinación de Chavarría, para enfrentar la devastadora prueba de 15 días, que fue de 2.250 kilómetros.

La Vuelta a México fue ganada nada menos que por el italiano Fausto Coppi, uno de los cinco mejores ciclistas de todos las épocas; en tanto que Evangelista terminó en un inolvidable décimo puesto, que enloqueció a la población costarricense que siguió sus gloriosas actuaciones por los periódicos y la radio.

Cuando retornó al país se topó con la sorpresa de hallar atiborrado de público el aeropuerto de Pavas. Aunque la policía disparó, la masa de aficionados derribó la malla que comunicaba con la pista y, en romería, escoltó al héroe hasta la Casa Presidencial, en Cuesta de Moras, donde fue recibido con honores por el mandatario Otilio Ulate.

En su currículo ostenta una larga estadía de seis meses en Berlín, Alemania Oriental, donde había viajado invitado al III Festival de la Juventud. Pero no pudo competir, debido a una hepatitis severa que sufrió, ni pudo regresar de inmediato a Costa Rica, por el bloqueo estadounidense al bloque comunista luego de la II Guerra Mundial. Allí, muy lejos y decepcionado por el rumbo del deporte patrio, optó por colgar la bicicleta.

Una vez retirado se dedicó por entero a entrenar jóvenes valores, patrocinar cuartetas y a organizar el ciclismo en los pueblos. Queda claro que, por su extrema sencillez, Evangelista nunca trató de sacarle provecho al deporte. Mientras otros lo usaban en su beneficio, la fama que ostentó en su época de ciclista nada le deparó a él, en el aspecto económico. El sacrificio deportivo siempre fue su norte, en forma solitaria.



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