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San José, Costa Rica. Jueves 19 de agosto, 1999
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Fue un choque abierto, entrega sobre precaución. Mauricio Wright persigue a Marcelo Otero, el mejor de los charrúas.


¡Actitud!

Perder así no duele


José Eduardo Mora
Enviado de La Nación

Montevideo. Hay valores eternos. Hay sentimientos que resaltan en la adversidad, dosis de valentía. Eso rescatamos anoche, las virtudes de Costa Rica con el sudor de sus hombres sobre el zacate histórico del Centenario.

Ficha del partido

Hay derrotas que enaltecen, contrastes que alimentan la esperanza. Esta, ante los duros uruguayos, es una de esas jornadas que sirven para certificar la historia, la de los peleadores, quienes saben creer, a pesar de todo.

Eso demostró Costa Rica. Eso rescatamos. A pesar de las limitaciones conocidas de nuestra organización futbolística, los hombres de Francisco Maturana sudaron una derrota honrosa.

Junto con la buena disposición anímica que observamos en la Tricolor, afloraron también las evidencias: la falta de fogueo, la ausencia de horas-cancha.

Cada uno de los integrantes del equipo nacional quiso hacer su juego, pero aislado, no por egoísmo, sino porque cuando las circunstancias del choque exigieron la sociedad del toma y dame, los ticos se comportaron como ilustres desconocidos.

La jugada que antecedió al tiro libre con que Rónald Gómez nos puso a soñar, la propició Rolando Fonseca, precisamente en la gestación de uno de esos avances aislados. El delantero, quien actuó con el número nueve, quiso resolver por el costado derecho, con la idea de rebasar la zaga, proyectarse y ganar el fondo, pero recibió una falta que el juez no dudó en sancionar. Tiro libre, muy cerca del área.

En lo íntimo, los ticos presentes en el estadio Centenario sabíamos que la posición del balón favorecía el perfil de La Bala. Rónald cobró. Alto, potente, en curva. El misil certero petrificó a Carini. ¡Golazo!

Con nobleza, la afición charrúa aplaudió frenéticamente al anotador.

El empate, al 21', sobrevino por las virtudes del uruguayo Marcelo Otero. Su cabezazo impecable desnudó la fragilidad de la zona defensiva central, además de la salida en falso del arquero Erick Lonnis, quien fue sorprendido nueve minutos más tarde (30'), con un toque suave de Cohelo. Dos a cero y presagio.

"Reunión urgente"

El reinicio no pudo ser más desalentador. Fabián O'Neill ganó distancia de sus celadores, Wright y Madrigal, para superar la salida de un arquero nacional desamparado. 3 a 1, al 47'. Y al 53', Pacheco puso los cartones 4 a 1. La catástrofe parecía inminente.

Mientras los locales celebraban, el capitán Lonnis decidió convocar a sus compañeros. Y allí, en el centro del campo, los muchachos se reunieron "urgentemente". Fue entonces que comenzaron a surgir conjeturas en las gradas, sobre un posible retiro tico de la cancha...

Pero, tras la reanudación del encuentro, la afición de Montevideo no tardaría en percatarse de las verdaderas intenciones de Lonnis: insuflar bríos en el plantel.

Wálter Centeno, quien condujo los hilos del juego con propiedad durante los primeros 20 minutos, cobró un tiro libre. Balón al área. Rónald Gómez, salto y cabezazo. 4 a 2, al minuto 60'.

Ya Steven Bryce estaba en la cancha, desde el 46'. Y su aporte se comenzó a sentir, poco a poco, con cada avance que los nacionales -huérfanos del juego de conjunto- intentaron hilvanar.

La esperanza renació cuando Rolando Fonseca logró acortar distancia. Mas la cuesta se empinó otra vez tras la quinta perforación en la valla de Lonnis; un nuevo acierto del peligroso Otero. 5 a 3.

Los efectos de aquella "reunión urgente" se agigantaron en la recta final. Desordenados, quizás, pero impetuosos siempre, los muchachos alimentaron la convicción de que se podía empatar, y ¿por qué no?, inclusive buscar la victoria.

Entonces Steven Bryce nos regaló su golazo. Carini voló y no pudo. La pelota se coló como un bólido en el ángulo superior derecho. Acortamos al 74'. Los sorprendidos uruguayos comenzaron a doblar las piernas frente a un transitar delirante que, contra el reloj, nos llevó a reanudar el sueño.

Hasta que el sonó el pitazo.

Y los feligreses del Centenario aplaudieron, en la tierra de Bennedetti, la actitud de un grupo que supo interpretar la sensibilidad del poeta, en su tributo "a los que viven el futbol desde la ilusión, y solo piensan en el resultado cuando termina el partido."



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