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Dos guerrilleros de las FARC recorren las calles de San Vicente del Caguán mientras los vecinos intentan continuar su vida cotidiana.

Diálogo en Colombia

Miedo rodea a la paz

A pesar de la barbarie los colombianos viven de la esperanza


Mauricio Herrera Ulloa
Enviado de La Nación

(Santa Fe de Bogotá y San Vicente del Caguán). Entre el fusil y el fusil los civiles colombianos han estado obligados a sonreír a quien los encañona para postergar su asesinato, pero al sonreírle a uno ayer se convierten en la víctima del otro hoy.

Así una y otra vez, en un carrousel donde primero llega un soldado, luego un guerrillero y después un paramilitar, y cada uno cobra a balazos la sonrisa del anterior.

Doña Adriana es la dueña de una fonda en San Vicente del Caguán, escenario desde el 7 de enero de las mesas de diálogo preliminares para buscar la paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la más antigua, poderosa y beligerante guerrilla latinoamericana.

El pueblo está bajo control de las FARC y los combatientes llenan la fonda. Ella sabe que se arriesga: al atender a los guerrilleros marxistas se convierte en objetivo de los grupos paramilitares derechistas. Antes igual atendía a los soldados del ejército y la guerrilla la amenazó con volarle el restaurante.

Para ella, el diálogo que recién inicia en San Vicente es el último chance para matar una guerra con más de 44 años. Durante 15 años Colombia ha vivido 11 procesos de pacificación con resultados diversos. Uno de ellos, con las FARC en 1984, acabó con el asesinato de más de 3.500 militantes del brazo político, la Unión Patriótica.

Más allá del diálogo queda la guerra total y la barbarie contra los civiles. "Si hemos estado 40 años en la montaña podríamos estar otros 40" dice el comandante Fernando, miembro del comité político de las FARC en San Vicente, aferrado a un fusil como a un salvavidas.

El camino es difícil. La guerrilla ha dado golpes brutales al ejército en los últimos dos años, está presente en prácticamente todos los departamentos y tiene un presupuesto anual estimado entre $600 y $700 millones fruto del secuestro y la extorsión a productores de coca, ganaderos, agricultores comerciantes y mineros, según un documento de la Universidad de los Andes a punto de ser publicado.

Los paramilitares también se han fortalecido, el ejército está a la defensiva y las desigualdades sociales y económicas persisten.

Las FARC muestran el deseo de torcerle el brazo al gobierno, y éste se arriesga a que cada gesto de paz sea interpretado como una concesión más a la guerrilla.

En medio está la gente. Cada muerte adicional tensa la paciencia de todos y añade rencor. Nadie se hace ilusiones con el proceso recién iniciado. Saben que será largo y penoso, y en el camino habrá más sangre. Lo importante es mantener el diálogo.

Futuro incierto

"Tengo esperanza, no tengo fe, no llego a eso", dice con agobio Omar Téllez, científico especialista en la amazonia colombiana, cuando se refiere al incipiente diálogo.

Téllez conversa en el segundo piso de un edificio al costado de la iglesia de San Vicente del Caguán. A sus espaldas vemos en el parque un partido de fútbol entre guerrilleros, vecinos y periodistas, bajo un chubasco cálido.

San Vicente y cuatro municipios más constituyen entre el 7 de noviembre y el 7 de febrero un área de despeje militar de 42.000 kilómetros cuadrados (equivalente a Costa Rica sin la provincia de Alajuela) para facilitar el contacto de las partes.

"Esto es un ajedrez político. Es una mesa de prediálogo, con jugadores más o menos atrevidos, donde ojalá lleguemos a quedar tablas. Lo otro significa volcar la mesa y las piezas que no quedarán en el tablero serán los peones", advierte Téllez, zootecnista y director del Centro de Investigación Formación e Información para el Servicio Amazónico.

La guerrilla congeló el diálogo el pasado 19 de enero al exigir al gobierno el desarme de los paramilitares e insistir en el vínculo entre esos grupos y el ejército. El gobierno respondió con un listado de acciones concretas contra los "paras", como el apresamiento de 370 sospechosos, 82 detenidos vinculados a la fuerza pública, 225 órdenes de captura y 209 resoluciones de acusación.

Para la guerrilla eso no es suficiente. Por eso el lunes pasado publicó un listado que incluye a 10 generales con supuestos vínculos paramilitares. El ministro de Defensa Rodrigo Lloreda Caicedo rechazó las acusaciones y la presidencia prometió estudiarlas.

Las FARC desean que haya dos mesas de conversación: en una se analizará la agenda de una eventual negociación y en otra el canje de 325 soldados retenidos a cambio de 480 guerrilleros presos en la cárcel. El gobierno desearía tratar los dos temas en una misma mesa, pero eso retardaría el trueque.

Si el gobierno acepta el canje reconocería a las FARC como "fuerza beligerante", figura reconocida en el derecho internacional que permite tener representación ante las Naciones Unidas y el reconocimiento internacional de los territorios controlados.

La guerrilla decidió que el diálogo continuará el 20 de abril y pidió prolongar el despeje. El gobierno aceptó la ampliación pero pactó que serán tres y no cinco los municipios donde seguirán los diálogos.

Fe

El escepticismo de Téllez es tan generalizado como la esperanza. El excanciller colombiano y ex secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Augusto Ramírez Ocampo, es optimista a pesar de todo.

Su experiencia en los procesos de paz de El Salvador, Guatemala, Angola y Colombia le enseña que ninguna experiencia es igual a otra pero que también la inflexibilidad de la guerrilla es natural de esta etapa.

"Hay declaraciones bastante explícitas de la guerrilla de su voluntad de paz, pero al mismo tiempo hay voluntades explícitas de que no están pensando ni en desmovilizarse ni en abandonar las armas", dice Ramírez, miembro de la Comisión de Conciliación Nacional.

"La experiencia que tengo en otros procesos de paz -enfatiza- es que no hay ninguna guerrilla que se siente a la mesa de negociación para hacer la paz.

"Se sientan en general con el ánimo de utilizar lo que llaman las distintas formas de lucha, de ampliar los espacios políticos, pero creo tanto en la dinámica de la negociación y el diálogo, que al final ellos se convencen de que les va mucho mejor en la paz que en la guerra, inclusive para sus propios propósitos", dice el exdirector del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en América Latina y el Caribe.

Según Ramírez, en Colombia hay una atmósfera favorable a un diálogo fructífero y una serie de consensos en la sociedad civil en torno al proceso de pacificación.

En un referéndum efectuado el pasado 26 de octubre, 10 millones de colombianos respaldaron el llamado Mandato por la Paz, que exige la aplicación del derecho internacional humanitario a la guerra y el inicio de negociaciones para acabar la guerra.

Ahora hay consenso en que la solución debe venir de una negociación política, que la política debe ser nacional y con la participación de todas las fuerzas vivas del país. "Quedan muy pocas expresiones guerreristas en Colombia" asegura Ramírez.

El otro aspecto que el excanciller considera vital para el éxito del diálogo es el acompañamiento internacional y en ese punto destaca el papel jugado por Costa Rica.

Para Ramírez, el diálogo actual se gestó en Costa Rica, con las tres reuniones que la Comisión efectuó con las FARC durante la administración de José María Figueres, y con el aporte del emisario costarricense, Guido Sibaja, de quien destacó su "valentía y compromiso con la paz".

Pero también resaltó el asilo concedido al exministro colombiano de Minas y Energía, Alvaro Leyva y la autorización para que se reunieran en San José representantes de las FARC y del Departamento de Estado de Estados Unidos, el pasado mes de diciembre.

En San Vicente del Caguán el diálogo sigue vivo. Mientras tanto siguen esperando los civiles rodeados por las armas y los familiares de los soldados retenidos, de los guerrilleros presos y de las 2.216 personas secuestradas por las FARC, el Ejército de Liberación Nacional, los paramilitares y la delincuencia común.


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