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Carlos Alvarado: "Yo fui lo que fui. Solo quiero que me recuerden bien". Las gradas del Alejandro Morera Soto fueron testigos de su deseo.


Leyenda en el marco

Carlos Alvarado marcó, para siempre, el puesto de guardameta


Arnoldo Rivera Jiménez
Para La Nación

Décima de una serie de 25 semblanzas sobre las figuras más importantes del deporte costarricense en este siglo.

"Yo fui uno más en una época de grandes porteros. Todo tiene su época y a mí me tocó vivir una, en una gran institución y en una ciudad que han sido muy especiales para mí". Así, con modestia, Carlos Alvarado Villalobos se resiste al halago de ser el portero que haya marcado un antes y un después, en ese puesto, en el futbol de Costa Rica.

Alvarado, en breve

Pero la leyenda está viva, a casi 40 años de su retiro: nadie como el Aguilucho en su estilo, en su agilidad, en su presencia en el marco. Por 16 temporadas fue el portero indiscutible de Liga Deportiva Alajuelense. Llegó ahí como un chiquillo; la dejó como un hombre, con patente de figura y con el sello de la inmortalidad en su carrera.

No le sedujeron los goces en el exterior: el amor al terruño fue el gol imparable de su carrera. "Debe ser la forma como a uno lo criaron, apegado a la casa".

Alejandro Morera Soto se la jugó por entero al entregarle la custodia de la valla manuda a Alvarado, de solo 16 años. A pesar de las críticas, El Mago del Balón se mantuvo en "sus trece" y el futbol costarricense ganó a El Aguilucho.

Comienza el vuelo

"Yo siempre fui portero, allá en Santa Bárbara. En el pueblo teníamos equipos en lo que llamábamos la Primera División. Yo era un chiquillo y jugaba con hombres hechos y derechos. Era muy ágil, pero pequeño porque todavía no había desarrollado. Un día el Macho Hernández, que todavía es amigo mío, me preguntó si quería ir a entrenar con la Liga y le dije que sí".

Evaristo Murillo, uno de los mejores guardametas de los años 40, era el espejo donde el joven Alvarado quería reflejarse. "Fue mi ídolo. No he visto portero como él". Debe de haber aprendido algo. Y no poco, porque Alejandro Morera Soto -a la sazón técnico manudo- le entregó la custodia del arco alajuelense. Era 1944.

"A don Alejandro le debo todo, como futbolista y como persona. Fue mi maestro, mi profesor, mi guía. Pasarán 100 años antes de que en Alajuela nazca alguien como él. Luchó contra la Junta Directiva para mantenerme en el puesto. Yo llegué como el cuarto portero y para mi sorpresa me entregó la titularidad".

En 1944 la Liga purgaba un castigo impuesto por la Federación de Futbol. Ante la imposibilidad de jugar contra equipos federados, fueron canchas como las de Zarcero y Grecia las primeras en conocer al Aguilucho. 1945 marcó su debut oficial en la división de honor y su primer título nacional. "Teníamos un equipazo. Si me metían tres goles, nosotros metíamos seis".

De ahí en adelante, el Aguilucho voló y voló. Las noticias de sus habilidades no tardaron en traspasar fronteras y de México llegó el llamado: el América lo contrató en 1947. Solo un año estuvo ahí.

"Tal vez me faltó, cómo decirlo&...; espíritu. No me hallaba. Allá me fui un año. Pero, ¡qué va! Era como un martirio. Yo fui con Chumpis Zeledón, luego de aquel año me regresé. Chumpis sí se quedó".

En 1950 viajó al América de Cali. Era la época de El Dorado, cuando jugadores de la talla de Alfredo di Stéfano pisaban las canchas colombianas. Alvarado fue uno de los convocadas a jugar en aquella "Meca". De nuevo, la nostalgia lo dobló. "Solo aguanté tres meses, la primera vuelta del campeonato. No aguanté más. Ni dormir podía. Eso no era vida".

Renunció, definitivamente, a salir otra vez. Resistió la tentación del Génova de Italia -un grande de aquella época- y del Boca Juniors de Argentina -un grande de cualquier tiempo-.

"Allá daban como un hecho mi contratación. Cuando fui con la Selección a los Juegos Panamericanos de Buenos Aires, me recibieron con fotos en el aeropuerto y en las calles. Pero es una ciudad terrible de grande y me dije: `Aquí no me ambiento'. Les agradecí y me devolví a Costa Rica".

Memorias del futbol

"Soy de Santa Bárbara, pero vivo en Alajuela desde 1953. Aquí la gente es muy buena conmigo. Siempre me atendieron bien. Aquí conocí a mi mujer&...;"

Se ajusta los anteojos. Y sorbe un poco de té. Los recuerdos concurren. Las anécdotas fluyen. El jueves anterior, Alvarado regresó a un pasado pletórico de futbol. Un hombre satisfecho con su vida, recordaba.

"La máxima satisfacción era ser campeón y yo la disfruté seis veces. Era una época lindísima. Había un gran antagonismo -en el campo- con equipos como La Libertad, Gimnástica Española, Orión. Luego, apareció el Saprissa, con una gran rivalidad desde el principio. Si perdíamos contra ellos&...; ¡yo ni quería salir de la casa!".

Alvarado revive sus actuaciones: "Me compenetraba mucho en los juegos. El equipo me acuerpaba. A veces era duro con mis compañeros, porque no quería perder. Siempre les ofrecía disculpas, por si alguien se había ofendido&...;"

Pero si sus seis títulos son su más grande satisfacción, el 25 de diciembre de 1950 representa el momento más representativo de su carrera. Ese día le desvió un penal al Boca Juniors, a falta de un minuto. Salió en hombros y el presidente Otilio Ulate, en pleno delirio futbolero, le regaló su reloj. Ese partido quedó empatado a uno.

"Yo era muy seguro, muy positivo. Nunca me rendía en los partidos. Esa vez, antes de que el argentino (de apellido Busico) lo tirara me decía a mí mismo: `No me lo meten, no me lo meten'. Cuando él lo pateó, yo ya iba volando".

Los años pasaron y la historia de Carlos Alvarado creció. Impensable la Liga sin El Aguilucho en la puerta. Refuerzo usual de los equipos en sus juegos internacionales. Consuetudinario en el marco de la Selección costarricense. En el decenio de 1950 La Voz de América lo reconoció como uno de los cinco mejores porteros del mundo. "Verdad o mentira, fue muy lindo que pensaran en mí".

Mas un día se cansó.

"Fue durante la vuelta al mundo de la Liga, una gran hazaña. Tenía 33 años y estaba cansado. La gira me ayudó a pensarlo. La transición no fue dura, cuando me di cuenta ya habían pasado dos años".

El 30 de noviembre de 1960, en la despedida de la gira al mundo, Carlos Alvarado, El Aguilucho, jugó su último partido. Fue contra la Selección de Hong Kong. Alajuela ganó 2 a 1. El futbol había quedado atrás. "Nunca pensé en ser entrenador, ni jugué mejengas. Me dediqué al negocio (posee una estación de servicio en el centro de Alajuela), aunque sí voy al estadio".

Carlos Alvarado marcó una época entre los tubos. Fueron 16 años. En ellos, adquirió dimensión de leyenda.



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