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Lunes 1 de marzo, 1999


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Atisbos místicos

Una tradición milenaria y el renacer espiritual de un autor


Jaime Daremblum

Kesher Israel, la sinagoga en Georgetown, Washington, D. C., a la que mi esposa y yo pertenecemos, ha sido una fuente inagotable de gratas experiencias. Desde nuestro arribo a esta capital, el año pasado, cuando asumí funciones como embajador, la congregación de la que ya habíamos formado parte tres décadas atrás -siendo yo funcionario del Fondo Monetario Internacional-, de nuevo nos ha brindado una bienvenida cálida y generosa. En aquel entonces, el novelista Hermann Wouk (The Winds of War) realzaba los servicios religiosos con interesantes pláticas. Wouk, quien ahora reside en California, hace visitas ocasionales y se suma a una constelación de figuras de la política y el mundo intelectual que asiste a la sinagoga. Un respetado senador demócrata y un prestigioso investigador médico son mis vecinos inmediatos en el recinto de oración donde, usualmente, cada quien tiene asignado su asiento.

Kadish. Hace algunas semanas, en una visita a Olsson's, una de las mejores librerías de la ciudad, entre los títulos de mayor demanda llamó mi atención Kaddish, de Leon Wieseltier, editor literario de la revista The New Republic. Otra agradable sorpresa: el autor es miembro activo de Kesher y gran parte de la narración tiene lugar en nuestra sinagoga. Algunas veces, en los oficios religiosos de los sábados, hemos coincidido con este escritor, más conocido -hasta ahora- por sus ensayos sobre temas políticos y culturales que por sus incursiones en el ámbito del misticismo.

En la tradición judía, la plegaria del Kadish -"Santo"- se asocia al luto, pues, entre sus diversas expresiones litúrgicas, la pronuncian los deudos por el alma de un pariente cercano en los tres servicios religiosos diarios durante los once meses siguientes al fallecimiento. Dicha oración, basada en las profecías de Ezequiel, no está escrita en lengua hebrea sino en arameo -idioma cercano también semítico- y su presente versión data del primer exilio israelita en Babilonia, en el siglo VI antes de la era común.

Sin embargo, la oración del Kadish no menciona expresamente la muerte. Exalta más bien la santificación de la vida, el don más precioso. Pero el peso de la historia ha prevalecido y, cultural y emotivamente, la plegaria quedó inserta en un contexto de pena y dolor que va más allá de la praxis exclusivamente religiosa. De esta forma, Allen Ginsberg, el laureado escritor norteamericano que dio voz a la turbulenta época de los años '60, dedicó a la memoria de su madre un poema intitulado, precisamente, "Kaddish". Asimismo, Leonard Bernstein, el genial músico, compuso en honor de su madre difunta una aplaudida producción sinfónica que denominó con igual título. Y, hace poco, escuché al Cuarteto de Dresden interpretar, en la Biblioteca del Congreso, un estudio con similar nombre en tributo a las víctimas del Holocausto.

El libro de Wieseltier -publicado por Random House- configura empero algo diferente. Para empezar, dista de ser una expresión de emotividad. En Kaddish, la inspiración por el amor filial se conjuga con una penetrante curiosidad científica y el rigor intelectual forjado durante largos años de disciplina universitaria. De hecho, es poco relativamente lo que el autor deja traslucir del pesar causado por el sorpresivo deceso de su padre. El dolor se infiere y está implícito en este extraordinario y extenso -seiscientas páginas- libro que si bien podría calificar como un tratado de historia y filosofía, captura al lector por su excepcional claridad y estilo ameno.

Renacer espiritual. En realidad, Kaddish es una crónica del renacer espiritual de Wieseltier, un retorno a la fe ancestral motivado por el golpe súbito de la partida del progenitor. La trágica noticia, cuyo impacto resultó a la postre insospechado, despertó en el hijo sentimientos que una etapa existencial alejada de las convicciones y prácticas tradicionales de su hogar de inmigrantes europeos había adormecido. Su infancia y parte de la adolescencia transcurrieron en una escuela religiosa y la sinagoga donde solía acompañar a su padre. Pero los estudios en Harvard, donde prosiguió un doctorado en filosofía medieval hebrea, y un cúmulo de experiencias pasionales complejas, marcaron un alejamiento de la atmósfera familiar, a la que Wieseltier terminó desarrollando incluso un rechazo en apariencia insuperable.

No obstante, al enterarse de la muerte del padre, Wieseltier no dudó en asumir las responsabilidades propias de la tradición. El regreso a la sinagoga para cumplir con el deber filial del rezo del Kadish impulsó además el deseo de conocer el origen de esta vieja costumbre. Fue así como el peregrinar cotidiano a la casa de oración derivó en una pesquisa sobre las raíces milenarias de la plegaria y su cambio gradual en una manifestación de duelo. El fruto del esfuerzo, dos años después, ha sido Kaddish, recibido de manera muy positiva por los críticos de los principales medios de prensa, a pesar de provenir este trabajo de uno de sus colegas más polémicos.

El relato es cautivante. Empieza con las visiones místicas de rabinos que hace dos mil años alentaron la metamorfosis del sentido original de la plegaria en un acto de redención y continúa trazando su evolución doctrinal muy diversa entre las comunidades judías del orbe, especialmente las centroeuropeas. Particularmente interesantes son las múltiples facetas del luto según el contexto social y las circunstancias familiares. Sobre todo, brilla en la obra la dimensión humana. La experiencia vivencial básica, fundamental, profunda e inevitable del duelo, por la que todos tarde o temprano hemos pasado o habremos de pasar -la sensación de pérdida, el dolor, pero también el consuelo y la esperanza- es la sustancia primaria de esta magnífica obra. Y es de esa sustancia que se nutre su mensaje universal, verdaderamente humano. Naturalmente, los comentarios favorables no se han hecho esperar. Todo esto nos hace suponer que Kaddish será publicado muy pronto en otros idiomas. En buena hora.


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