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Alejandro Morera Soto.

Mago con el balón

Triunfar en España fue la obsesión hecha realidad de un hidalgo alajuelense: Alejandro Morera


Rodrigo Calvo Castro
Redactor de La Nación

Cuarto de una serie de 25 reportajes sobre las figuras deportivas costarricenses más relevantes del siglo.

Aquella tarde de setiembre de 1933, en el viejo campo madrileño de Chamartín, un humilde, valeroso y noble futbolista costarricense, Alejandro Morera Soto, escribió la página dorada más gloriosa de su historial deportivo, al anotarle un golazo a quien era considerado el guardameta más sobresaliente del planeta en ese momento.

Perfil de una leyenda

Admirador insigne del balompié español, el Mago del balón -como aquí se le denominó, por sus innatas cualidades futbolísticas- vivió intensamente la gran satisfacción de su vida, cuando venció al renombrado arquero español Ricardo Divino Zamora, figura carismática y luminaria insustituible de las mejores épocas futbolísticas de Europa.

Su trayectoria quedó grabada en letras de oro, con los elogios de la exigente prensa del Viejo Continente. Sus relampagueantes jugadas, a pesar de su corta estatura y sus diminutos pies (calzó 35 cm.), causaron estrago entre la afición del Barcelona y del Hércules de Alicante, clubes donde militó con suceso durante cuatro temporadas.

Al estallar la Guerra Civil española en 1936, su trayectoria europea se vio truncada. Sin embargo, su trajinar por tierras ibéricas no pasó inadvertido&...;

Al conmemorarse los 100 años del club azulgrana, Alejandro fue recordado por sus 64 goles y por ser el único miembro de Concacaf entre los 123 futbolistas extranjeros de 24 nacionalidades que jugaron en el Barcelona. En sus vitrinas permanecen en exhibición dos zapatos suyos, como recuerdo imperecedero de sus hazañas.

Sueños de niño

Desde que comenzó como delantero del equipo manudo Italia, dirigido por Salvador Rímola, siempre manifestó su obsesión de ser protagonista en el futbol de España y de enfrentar algún día al Divino Zamora, porque quería vencer a toda costa su imponente juego en el arco, algo que se convirtió en su máxima aspiración como futbolista.

El humilde adolescente devoraba las páginas deportivas de la revista As de Madrid y se informaba con pasión de las actuaciones acertadas de Zamora en el olímpico de 1920 en Amberes, Bélgica. Cada vez que leía sobre el gran guardameta catalán, su ilusión repicaba en su mente y crecía con más fuerza.

El mozalbete, diminuto pero de espíritu franco, empezó lentamente a desarrollar su técnica como futbolista y algo que le ayudó fue que heredó un pie pequeño y un empeine altísimo, que lo convertían en un artillero implacable.

"Saqué el pie de mi madre Eufemia y llegué a convencerme de que no hay peor veneno para un portero que el remate rastrero del goleador con el pie 35. Los primeros años de mi vida fueron un batallar constante con la pelota hasta dominarla totalmente, y de allí nació una fe y un anhelo para encarar el futuro", explicó a la revista Triunfo, en 1984.

Con 16 años llegó a la segunda división del club rojinegro, aunque en poco tiempo pasó al primer equipo y la afición muy pronto lo vio como una estrella. Dos años más tarde pasó una gloriosa campaña en canchas habaneras, con el Centro Gallego de Cuba y retornó para coronarse con la Liga en 1928.

Surgió a la fama en las giras que hizo por Centroamérica, México y Perú, con las filas liguistas y como refuerzo del Herediano y del Fortuna de Cuba. De ahí que los diarios cubanos de la época lo bautizaran como "el niño fenómeno"; los aztecas, "el emperador del futbol"; y los de Costa Rica, "el mágico muchacho de las piernas de oro".

En canchas ibéricas

Corría el 19 de febrero de 1933. Morera tenía 23 años y había desechado ofertas del Centro Gallego de Cuba, el Centro Asturiano de México y el Rácing Club de Argentina. Toda la opinión pública lo señalaba, entonces, como un personaje maduro y bien preparado para comenzar la gran aventura de su vida en el futbol español.

Un amigo suyo, el acaudalado comerciante español Juan Bernal Alonso, admiraba sus dotes con el balón y le ofreció llevarlo a Europa, sin contrato fijo. Gracias a la ayuda de sus amigos del club Buenos Aires, que le pagaron el boleto, y a las gestiones de Ricardo Saprissa con directivos del Español de Barcelona, Alejandro viajó a la Madre Patria.

"España era mi objetivo trazado. Sabía que para vivir plenamente, no descansaría hasta lograrlo. No me avergüenza decir que me fui en tercera clase de un barco que partió de Limón. El viaje duró 28 días, que fueron muy duros, pero eso no importaba mucho, porque yo iba a viajar en aras de cumplir la máxima fantasía de mi carrera".

A su llegada halló mal tiempo. Nevaba y la temperatura era bajo cero. Los dirigentes de Español y Barcelona pelearon por su pase, pero los azulgranas fueron más decididos, para contratarlo por tres temporadas con el fichaje más alto, 200.000 pesetas (¢20.000), para convertirse "en el jugador mejor pagado de España", según As de Madrid.

El club más famoso de Cataluña sufría la partida de siete astros y requería nuevos valores que lo levantaran de la decadencia que parecía iniciar en ese año sombrío. Un Barcelona remozado fue la casa ideal para que Morera se luciera al máximo.

Alejandro, por fin, debutó con éxito al concretar dos veces al Tenerife (3 a 1), el 18 de mayo de 1933. Así se cumplió su ilusión de jugar en la Liga española. Faltaba un segundo sueño: un gol al Divino Zamora. Y lo logró ese mismo año, en un clásico que Barcelona perdió, 2 a 1, con Real Madrid.

"Tuve que driblar antes del gol a Ciriaco y Quincoces. Me corrí hacia la derecha y los eludí. Cuando Zamora me salía, cambié en el aire la dirección del balón, gracias a la flexibilidad de mi empeine. En ese instante, si me hubiera muerto, bien muerto estaba".

A Morera no le costó triunfar en España. Un golazo de tiro libre con Cataluña ante Brasil, en 1934, fue el mejor de su carrera y lo lanzó al primer plano de la popularidad.

Terminado el contrato con el Barcelona, decidió cambiar de casa y por ello fichó con el Hércules de Alicante, en 1935. El contrato era por dos años, pero por motivos de la revolución que se desató y llevó al general Francisco Franco al poder a partir de 1939, suspendió sus actividades al año de estar en el club que provenía de la segunda división.

Al final recuperó parte de sus objetos personales, no así 2.000 pesetas que ahorró en Alicante. En Francia intentaron contratarlo, pero apenas jugó dos veces con Le Havre y eso le permitió ganar dinero para retornar a Costa Rica, el 2 de noviembre de 1936. El homenaje de la afición fue apoteósico en un recorrido en tren, carretas y automóviles.

Cuando Alejandro falleció en 1995, a los 85 años, víctima de una fuerte infección de riñones y de arteriosclerosis cerebral, que le produjo una pérdida total de la memoria, se apagó para siempre la magia del verdugo de Zamora, el más sobresaliente jugador en la historia del balompié costarricense.



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