El sueño dogmático El ideólogo no busca la verdad, la proclama
Rolando Guzmán Calzada
Desde el punto de vista político, el siglo XX se ha caracterizado por la lucha ideológica. Esta lucha se desencadenó al institucionalizarse el marxismo en dos de los países más grandes del mundo, Rusia y China, y sus numerosos satélites. El tipo de dictadura personal que Karl Marx imaginó para sí fue de hecho llevado a la práctica, con consecuencias incalculables para la humanidad, por Lenin, Stalin y Mao Tse-Tung, sus tres seguidores más fieles y consecuentes. La amenaza del marxismo fue contrarrestada por ideologías radicalmente opuestas, y ambos extremos probaron estar errados.
El problema limitante de las ideologías es que nacen de un ejercicio puramente teórico, del cual derivan un grupo de ideas rígidas que deben cumplirse a cabalidad para lograr un resultado final. El ideólogo es un clarividente que se cree capaz de anticipar el futuro, por lo que su objetivo no es el de encontrar la verdad, sino más bien proclamarla.
La decisión de los húngaros en 1989 de permitir que los ciudadanos de Alemania Oriental cruzaran a Occidente condujo a la caída del muro de Berlín, y con ello se ha producido un cambio histórico muy positivo para el pensamiento político mundial.
Sin alardes. El filósofo vienés Karl Popper, uno de los pensadores más influyentes de este siglo, fue un gran antagonista de Marx y del comunismo. Las primeras críticas las formuló en 1919, a los 17 años, y el régimen comunista se mantuvo durante toda su larga vida, casi hasta los 90 años. Los sucesos de 1989 confirmaron sus principales críticas al totalitarismo; sin embargo, apegado a sus principios filosóficos racionalistas y antideterministas, no tomó estos hechos como un triunfo personal del que hacer alarde. Al contrario, más bien su pensamiento liberal se moderó y consecuentemente el movimiento de péndulo entre el Estado y el mercado, lo público y lo privado, la izquierda y la derecha, se centró.
Una de las últimas entrevistas que concedió Popper antes de su muerte en 1994 quedó plasmada en un libro, tan sencillo como profundo, llamado La lección de este siglo, en el que con un pragmatismo envidiable nos dice que la bancarrota final de los regímenes marxistas no implica que el mundo deba entregarse a la ideología opuesta. El pensamiento liberal debe cambiar, y ya parece estarlo haciendo, hacia un intervencionismo moderado de parte del Estado, en especial en lo que respecta a la educación, seguridad, justicia y aplicación de las leyes. Popper añade que un exceso de estatismo atenta contra la libertad del individuo, y de igual forma el liberalismo puede conducir a un exceso de libertad. Es importante encontrar la fórmula de equilibrio mediante la cual tengamos la suficiente libertad para impedir que el Estado abuse de su poder, pero que tenga suficiente poder para impedir el abuso de libertad.
Una gran lección. Con una argumentación objetiva, racional y simple, Karl Popper nos deja una gran lección: la política no puede ser estática y depender de dogmas e ideologías rígidas; el arte de gobernar debe basarse en una lectura de la experiencia que nos conduzca mediante deducciones lógicas a estar anuentes constantemente al cambio. Este paso hacia el pensamiento moderno no se ha podido dar en Costa Rica ya que algunos políticos y sindicalistas no quieren despertar del sueño dogmático. En el Partido Liberación Nacional hay una tendencia fuerte para que este cambio no se dé. Tantas asambleas, comisiones, y encerronas revelan un pulso tremendo entre mantener el statu quo y tratar de aferrarse a la ideología que dio origen al partido, o librarse de los dogmas y las amarras del pasado.
La gran mayoría de los problemas que aquejan a Costa Rica tal vez no puedan ser resueltos nunca de un modo definitivo; por eso debemos estar contentos con las soluciones parciales y los compromisos. El Gobierno cayó en esta cuenta y está cediendo en sus posiciones y planteamientos; sin embargo, esta misma actitud no se refleja en las filas de la oposición corralista. Aun así, la percepción que tienen los ciudadanos de que los dos partidos mayoritarios cada vez se van pareciendo más es un buen augurio; eso indica que las posiciones se van centrando y que, en definitiva, lo que se va buscando es el norte del bienestar común.
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