
Luis Guillermo Solís
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¿Presidente al fin?
Luis Guillermo
Solís (*)
Especial para
La Nación
La decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos de enmendar la plana a su homóloga de Florida, probablemente convertirá a George W. Bush en un presidente "por default".
Esto no significa, ciertamente, que a tenor de los recovecos del sistema electoral de ese país el nuevo mandatario sea "ilegítimo" o que su designación resulte espuria. Si el Colegio Electoral lo ratifica, Bush será presidente, El presidente. Sin embargo la solución técnica a uno de los más complejos y traumáticos procesos políticos de la historia de los Estados Unidos en los últimos 150 años, dejará muy vulnerable al nuevo jefe del Ejecutivo norteamericano. En efecto, pocos presidentes han tenido un mandato tan insípido como el que presuntamente tendrá Bush (o que habría tenido Gore) a partir de enero. A ello habrá que sumar un poder legislativo casi empatado y una ciudadanía para la cual lo único claro es que "su" concepto de democracia jeffersoniana nada tiene que ver con los instrumentos jurídicos y técnicos que la certifican.
Hay, a este respecto, tres aspectos puntuales que merecen ser señalados. En primer lugar, con su decisión la Corte Suprema derrumba el principio (hasta hoy de aceptación generalizada en todo Occidente) de que en una elección democrática, todo voto emitido de forma legal, vale y tiene que ser contabilizado de manera confiable y oportuna. En Florida, pero probablemente también en otros Estados que no fueron motivo de discordia, ni se contaron todos los votos, ni los votos que se contaron reflejan de manera incuestionable la voluntad de los electores.
En segundo lugar, no deja de ser paradójico que el próximo inquilino de la Casa Blanca ocupe el cargo sin que lo quiera así la mayoría de los votantes. En otras palabras, si George W. Bush es confirmado, será un "presidente minoritario" condición algo peculiar en un régimen republicano como el que impera en los Estados Unidos. Reconozcamos que la situación es excepcional, y que esto sólo ha ocurrido en una oportunidad anterior en la historia del país. Sin embargo, si se adiciona a la significativa derrota sufrida por Bush en el denominado "voto popular" (¿cuál otro voto puede existir en una democracia?) el enorme abstencionismo típico de las elecciones federales en los EE.UU., ¿a cuántos ciudadanos verdaderamente representará el nuevo mandatario?
Por último, hay que preguntarse si el sistema electoral norteamericano garantiza, ya no sólo la emisión segura del sufragio para todas las personas, sino también el respeto a la voluntad popular una vez que los votos son contabilizados.
Hay que admitir, pese a todo, que el presidente norteamericano ha sido electo siguiendo los procedimientos establecidos por la ley.
Pero tal característica sirve de poco consuelo a la luz de lo que todavía está por venir: un cuatrienio donde los poderes públicos estarán divididos casi por partes iguales entre los partidos mayoritarios y en donde, pese a todo, las heridas de esta contienda tardarán en ser sanadas. De todas maneras, hay que desearle lo mejor a los EE. UU. y al nuevo presidente... por el bien de todos.
(*) Analísta político
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