
SAN VICENTE. Los carretores halados por caballos se confunden con vehículos último modelo en San Vicente del Caguán, un pueblo con una sorprendente actividad comercial. Muchos aseguran que incide en ello no sólo la actividad ganadera sino los dineros del narcotráfico.
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Colombia
San Vicente transpira temor
Como paradoja, el pueblo en que se negocia la paz teme al futuro
Edgar
Fonseca
efonseca@nacion.co.cr
Enviado especial de
La Nación
San Vicente del Caguán, Colombia.- Una planta de coca sembrada a la entrada del aeropuerto.
Un ganadero, el Pato Ferro, rehaciendo su vida tras estar secuestrado.
Y una valla que lo recibe a usted en este pequeño pero hoy estratégico pueblo clavado en el sur de Colombia: "Los gringos ponen las armas. Colombia pone los muertos...".
Droga, secuestro y la premonición de más violencia.
Bienvenidos a San Vicente del Caguán, donde está entrampada la búsqueda de paz para este atribulado país.
La guerrilla de las FARC, que domina la zona, rompió las conversaciones en noviembre y el Gobierno limitó hasta el 31 de enero la desmilitarización que rige la zona desde hace dos años. ¿Qué pasará aquí y en Colombia tras un plazo tan perentorio o traumático como lo consideran algunos?
Pocos se atreven a dar respuestas definitivas en medio de la complejidad del conflicto colombiano, pero este territorio de "exclusión" de 60 mil habitantes ganaderos y campesinos en su mayoría, pero también guerrilleros y sembradores y traficantes de coca es el espejo de la incertidumbre y el temor.
Incertidumbre porque hoy al menos solo una fuerza, la guerrilla, tiene control sobre la región. Impone su ley. Dirime desde líos de paternidad y divorcios hasta pleitos por tierras. Su código es el fusil o el tino del comandante que atienda el caso. Hay veces que parten tierras; por las buenas o por las malas, sin papeles. En otras conquistan a la mujer en pleito con su marido o desaparecen (reclutan) a muchachitas, como nos cuenta angustiada una abuela. Fiscales y jueces fueron retirados de la zona por la demanda subversiva.
¿Cuáles fuerzas vendrán luego del 31, si el Gobierno no prorroga la tregua? ¿Qué hará la guerrilla?
En la búsqueda de respuestas a esta duda, el miedo invade a muchos de sus pobladores. Temen que grupos paramilitares vengan a saldar cuentas con quienes han colaborado con las subversivas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a lo largo de los últimos dos años desde que se rige la desmilitarización.
Un taxista que me identifica como periodista desde que llego a San Vicente la tarde del martes 12 de diciembre en un avión alemán Donnier, propiedad de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), transpira ese temor. Siente la sombra de la muerte. "Si acaba el despeje, me voy. Nada tengo que hacer aquí. Ni la guerrilla tiene futuro", me dice.
Doña Licenia Calderón, dueña de una verdulería en el centro de San Vicente, una de las pocas personas que se atreve a identificarse por su nombre, secunda ese estado de ánimo. La mayoría de aquellos con quienes hablo ruegan que no les cite por sus nombres por temor a represalias o simplemente por desconfianza.
"Han sido dos años de tiempo perdido" me confiesa una misionera colombiana de 40 años de trayectoria en atención a comunidades rurales locales y en el extranjero. La religiosa se sienta a mi lado junto a un viejo zapatero y me advierte: "Cuidado me delata. El presidente se ha limitado a ceder y ceder y el ejército está maniatado", añade molesta.
Pero tras esta callada angustia los "sanvicentuno", como ellos se llaman, siguen sus días con relativa normalidad.
El santuario
A primera vista, todo forastero se pregunta: ¿Pero hay guerra aquí?
Paola, empleada de Satena, empresa aérea de vuelos nacionales, propiedad del ejército colombiano, es quien se encarga de recibir la tarde de aquel martes el pequeño avión procedente de Bogotá y Neiva.
Desde la capital el vuelo dura una hora. Por tierra se tardan hasta 9 en llegar a San Vicente.
En el pequeño aeropuerto nadie nos chequea. Una calle polvorienta y derrapada se abre paso entre hileras de tugurios. Tras una loma aparece San Vicente con su iglesia de reciente construcción, un parque abandonado, una sede universitaria, la alcaldía, la Cámara de Ganaderos, el banco Ganadero, la Notaría, el hospital y la Unidad de Información de las FARC-EP. Nos dirigimos allí conforme el contacto hecho en San José. La camarada Alicia, así la llaman sus compañeros, nos recibe. Son casi las 5 p. m. Está a punto de cerrar la oficina en la que sobresale una efigie del Ché.
Alicia nos ve de prisa. Sus profundos ojos negros tienen la mirada muerta. Es achinada, pómulos saltados con facciones orientales. "¿Cuál es su plan?", nos pregunta. "¿Quién los envió?", añade cortante. Le doy lo que fue nuestra especie de "santo y seña". Escucha y calla. "Regresen mañana a las 8 a. m." nos dice. Una llamada suya al único hotel que tenía un cuarto con baño, televisor, refrigeradora y ventilador se convierte, de paso, en reservación instantánea. Nos garantizó alojamiento aquella noche en el hotel Alkalá.
Caminamos por San Vicente. Sus calles carecen de iluminación nocturna. En un planché frente a la iglesia decenas de muchachos se pelean por el papifutbol mientras las salas de billar y de Nintendo lucen atiborradas. Cuadra tras cuadra el bullicio de vallenatos y de corridos mexicanos en pequeños nidos de amor inunda la noche mientras hombres y mujeres se entregan. Corre el aguardiente y el perfume de gardenia...
"Guerra estúpida..."
A las 5 y 30 de la mañana las calles se alborotan. A las 6 las campanas de la iglesia de la Virgen de las Mercedes llaman a misa mientras abren las ventas de verduras, abarrotes, de carne de res, cerdo y pescado; merodean las moscas y los gallinazos. Así se conoce aquí a los zopilotes. Tilicheros toman las aceras y las tiendas de ropa, las droguerías (farmacias) y ventas de abarrotes y veterinarias lucen repletas de mercaderías.
Un camión del gas de cocina cruza el pequeño poblado tronando una campana de advertencia y promoción mientras viejos carretones halados por caballos se confunden con lujosos mitsubishis. Gente joven, gente vieja, gente huraña con el extraño transita aquí. Muchos con botas de hule negro altas, suela amarilla, cuchillo al cinto y un paño colgado al cuello. ¿Para qué les sirve?, indago y alguien me responde "contra el polvo, el calor y el sudor".
Con las horas aquellas angostas arterias comerciales se tupen. Con las horas un sol calcinante se convierte en amo y señor.
San Vicente del Caguán, así llamado por estar a orillas del río Caguán tiene vida propia. La ganadería es su mejor carta de presentación. Aunque ahora tiene otras. Don Omar García, el alcalde, se enorgullece del hato. Lo pregona. "Tenemos 600 mil cabezas de ganado y 12 mil fincas en producción diaria".
Alcalde del opositor partido Liberal, destila, sin embargo, amargura por la paradoja que viven. Quizá es el sitio más seguro de Colombia pues ahí se busca la paz. Pero sin resultados efectivos.
Y con la desmilitarización, la zona no es solo tierra de guerrilleros sino también de otros.
"Aquí llegó la coca y hoy se negocian secuestros", admite don Omar mientras se desgrana su enorme bigote que le cruza a todo lo ancho de sus labios. "El negocio de la coca es libre. A usted le ponen la pasta por 500 mil pesos", se atreve otro taxista. Y también se negocian secuestros. Semana a semana llegan a San Vicente decenas de familiares de secuestrados a transar con la guerrilla.
"Guerra estúpida" espeta don Omar.
¿Y los guerrilleros?
Su presencia en las calles es mínima. Son muy jóvenes. Los puede ver usted de pronto en una soda comiendo o flirteando con alguna sanvicentuna... No solo de pan viven. Deambulan sí en parejas pero lo hacen intermitentemente. Están concentrados en las afueras en sus campamentos en enormes haciendas dedicadas a la ganadería y a la caña. Estados Unidos dice que se dedican también a sembrar y traficar cocaína. Y el gobierno colombiano los acusa de secuestrar a niños como reclutas. "Ay, amable periodista..." responde incómodo Raúl Reyes, jefe de las FARC, cuando le lanzo el cargo.
Los guerrilleros sí se hacen sentir en aquel pueblo cuando llega uno de sus comandantes como fue el caso de Alfonso Cano, un barbudo jefe que saludó a regañadientes a los reporteros de La Nación. Es de los duros, nos dicen. Quisimos tomarle una declaración y fotos y no aceptó. "Aquí se llega con agenda", advierte. Anda en un pick up Toyota del año, como son todos los carros de ellos. El temido comandante Jorge Briceño Mono Jojoy se mueve en un Four runner rodeado de escoltas. Fuera del pueblo la guerrilla mantiene retenes. "A 100 metros, retén militar...", dicen los rótulos puestos por el grupo subversivo. Solo dejan pasar entre las 5:30 a. m. y las 6 p. m. Después nadie se mueve.
"No tale. No queme. No contamine. FARC-EP", ve usted por todos lados. Pasamos esos retenes en el interminable camino polvoriento y sinuoso por el que otra camarada, que vivió un año en Alajuela, nos lleva hasta el campamento con Reyes. Pasamos por Los Pozos, así llamado porque se dice que ahí hay petróleo y por Las Delicias, donde el ejército se llevó un duro golpe. Luego entre recodo y recodo llegamos al campamento.
De regreso a San Vicente, ya de noche, las calles están atestadas de gente y bullicio. Preludio navideño. Aquí todo parece normal pero no lo es tanto. El 31 de enero está a la vuelta de la esquina. ¿Seguirá la desmilitarización? Droga, secuestros y premonición de más violencia...
Los comandantes
Si el ejército colombiano deseara acabar hoy con la cúpula guerrillera de las FARC ni se despeinaría.
A los siete comandantes los puede hallar en la denominada zona desmilitarizada de 42 mil kilómetros que rige al sur del país desde hace dos años como parte de exigencias subversivas para realizar diálogos.
Se trata de Manuel Marulanda "Tiro fijo" --el más viejo guerrillero latinoamericano--, Raúl Reyes, el portavoz político, Jorge Briceño Mono Jojoy, cuyo hermano es sospechoso de asesinar a tres indigenistas estadounidenses, Timoleón Jiménez, Iván Márquez, Alfonso Cano y Efraím Guzmán.
De hecho para negociar un posible canje en las últimas horas de soldados por guerrilleros, la cúpula subversiva se citó a una discusión colegiada. Ellos se llaman directorio.
Los comandantes y los guerrilleros disponen de enormes extensiones, planicies, pastizales y selvas bajo su control. Me dicen que han pavimentado algunas áreas; que la pasan muy bien.
Allí retienen a unos 500 soldados, a decenas de secuestrados (les atribuyen 1.300 este año), disponen de moderno armamento y cuentan con unos 4 mil carros robados en Bogotá.
La región está convertida en un hervidero de conjeturas ante la cercanía del próximo 31 de enero cuando vence el decreto que le da condiciones de área de despeje militar.
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