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San José, Costa Rica. Sábado 15 de enero, 2000
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Remedo de reforma electoral

Esperamos mucho para una reforma electoral estéril

Rodolfo Saborío Valverde


Luego de una prolongada espera, se pudo conocer el proyecto de Reforma Electoral que, a pedido del Tribunal Supremo de Elecciones, preparó un grupo de profesionales de los derechos humanos. La propuesta refleja una gran falta de cuidado por los detalles y, en todo caso, carece de relevancia ante el intento abierto de secuestro de nuestro sistema democrático que se esconde bajo el disfraz de una modernización del sistema electoral.

El pasado noviembre se celebró un primer intento de mercadeo de este proyecto, en una actividad en donde, con publicidad que llamaba a la confusión, se invitó a la población a participar en la discusión. Pese a las enérgicas protestas de los asistentes, el proyecto no fue entregado y, en su lugar, se expuso lo que los promotores pretendían hacer pasar como el clamor de la sociedad civil: la necesidad de un gobierno fuerte, traducida en un gobierno con una mayoría parlamentaria contundente.

La forma de distorsionar lo que en alguna medida puede ser la opinión de algún sector importante de la población se traduce, según estos malabaristas de las ideas, en la repartición de 48 plazas de diputados entre los dos partidos tradicionales. Esto se logra mediante la creación de 24 distritos electorales con dos plazas cada uno. Obviamente, esto significa la perpetuación del bipartidismo, que como hemos dicho en otras oportunidades, en sí mismo, no es inconveniente, pero que en la forma que ha adoptado en Costa Rica, es el responsable de la mayor parte de los problemas de corrupción e ineficiencia que afectan al aparato público.

Obstáculo insalvable. Otro tema que clama por reformas importantes y ni siquiera se toca es el sometimiento de los partidos políticos a la obsoleta división del país en distritos, cantones y provincias, que origina que el peso de distritos y cantones con un número insignificante de electores, tengan la misma importancia y representatividad que los distritos y cantones más poblados. Esta es una de las formas ideales para mantener el control de los partidos por medio de caudillismos locales y, a la vez, hacer prácticamente imposible constituir con facilidad una alternativa política. Se sabe que aun los partidos tradicionales enfrentan problemas para celebrar asambleas en los más de 500 distritos administrativos del país, lo cual para los partidos emergentes es muchas veces un obstáculo insalvable.

Una reforma electoral seria debe procurar que los ciudadanos se puedan organizar sin verse sometidos a una ordalía. La praxis política debe convertirse en una vivencia cotidiana de cada ciudadano, no en la actividad desprestigiada y lejana en que se ha convertido gracias a las trabas que se le ponen en el camino a los ciudadanos desinteresados que desean canalizar sus buenas intenciones.

Otra asignatura que reprueba el proyecto es la del financiamiento estatal a los partidos políticos. En lo esencial se mantiene el esquema que favorece la continuidad de los partidos tradicionales, con la salvedad de una caritativa reserva del 10 por ciento destinada al financiamiento de los nuevos partidos.

Si a todo lo anterior le agregamos la creación de una inmensa burocracia electoral por medio de un Consejo Nacional Electoral y de Juzgados Electorales, que reducen aún más el escaso trabajo del Tribunal Supremo de Elecciones, tenemos que concluir que tanta espera no rindió los frutos que esperaba la sociedad.



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