Restaurar la política Vivimos una parálisis con síntomas de retroceso
En los tres editoriales anteriores de esta serie, publicados la pasada semana, mencionamos entre los requisitos indispensables para que el país avance un conjunto de reformas al papel del Estado y a las estructuras económicas. Lo mismo sucede en el orden político, institucional y electoral: si no se ponen en marcha pronto reformas estructurales consistentes, nuestra democracia puede irse a pique. De hecho, en algunos campos ya muestra peligrosos signos de debilitamiento, parálisis y deslegitimación.
Nuestro pueblo ha confiado, casi congénitamente, y con razón, en el sistema democrático; pero, si este no da frutos, acordes con las demandas sociales y los desafíos de la época, la desconfianza corroerá el tejido social e incrementará las demandas contradictorias. Pareciera que hemos desembocado en un desfiladero de impotencia pública y hasta de imposibilidad de reforma, antesala de la ingobernabilidad. Urge armonizar el estado de derecho con la eficacia de la gestión, la disciplina fiscal, la excelencia política y la promoción del interés general. Sin embargo, para que el Estado asuma su papel de orientación, de corrección y de evaluación, y nuestra democracia funcione en procura del bien común, se impone una reforma política, lo cual supone, necesariamente, reconquistar y restaurar el valor de la política. Esta, como se ha dicho, no es todo, pero está en todo; es puente imprescindible, obra de todos, para realizar la vida en comunidad, alcanzar el bien común y domeñar la violencia. Debemos retornar a estos conceptos capitales, no desde la perspectiva de la retórica, sino de la acción responsable, la autocrítica a fondo y el propósito de enmienda de sus actores..
En vano pretendemos la reforma del Estado mientras no se reformen los partidos, y no será posible modernizar los partidos o -si estos no cumplen- impulsar nuevas y eficaces agrupaciones si los ciudadanos no disponen de variados, amplios y eficaces mecanismos para escoger, para reconstruir la representatividad del sistema político, para realizar la democracia participativa, crear una verdadera cultura de rendición de cuentas y enraizar, en el ámbito del Estado y de los partidos, la virtud de la responsabilidad política.
Todo esto requiere modificaciones de fondo en el sistema electoral y político. En esta década, concretamente a partir del 26 de junio de 1994, mediante el establecimiento de la Comisión de Reformas Electorales (COREL) en la Asamblea Legislativa y, luego, en diversos foros, y con el aporte de expertos -entre ellos los del Centro de Asesoría y Promoción Electoral de América Latina (CAPEL)- se ha debatido una serie de cambios que el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) ha recogido e impulsado, aunque tímidamente. Por otra parte, la Asamblea Legislativa analiza diversos proyectos de reforma electoral y sobre el funcionamiento de los partidos políticos.
Estos proyectos y propuestas -sobre los que ahondaremos en próximos editoriales- presentan una gran agenda transformadora; pero no todo lo que se ha propuesto es conveniente, ni todo lo conveniente forma parte de las propuestas. La labor ahora debe centrarse, por consiguiente, en un intenso y urgente proceso de deliberación, selección e integración de las mejores ideas renovadoras, viables, eficaces y fieles a nuestra tradición democrática. Su inminencia nos propone este año 2000 como el punto de partida de esta gran transformación electoral y política que ha de modelar y guiar los comicios del año 2002. Su eje debe ser mejorar los mecanismos de representatividad y el control de los ciudadanos sobre la elección y el desempeño de los políticos, desde un marco de libertad, discusión pública vigorosa y rendimiento de cuentas insistente.
Solo de esta manera las agrupaciones políticas podrán remozarse en beneficio de la eficacia gubernativa y la transparencia democrática. Y solo mediante organizaciones así transformadas podrá imponerse el bien común sobre los grupos de presión -de los cuales a ratos los partidos se diferencian poco- que han impuesto peligrosamente sus intereses sobre el conjunto de la sociedad.
Si esto no ocurre, difícilmente saldremos de la parálisis en que nos encontramos. Y difícilmente podremos afrontar con verdadero éxito desafíos como la educación y la calidad de vida, de los que nos ocuparemos en los dos últimos editoriales de esta serie.
Miércoles: Los desafíos educativos.
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