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Una nueva era

El proyecto genoma debe mirar al bien del ser humano



Con gran pompa e ilusión se anunció simultáneamente en Washington y Londres, el lunes pasado, el primer borrador del genoma humano: la secuencia de más de 3.000 millones de unidades químicas que definen al ser humano. Este ha sido el acto más importante en la historia de la biología desde que en 1953 Watson y Crick descubrieron la estructura del ácido desoxirribonucleico (ADN) por lo que presagia una era de progreso acelerado en la medicina y en el entendimiento de nuestra naturaleza. Más que el fin de una carrera por el conocimiento, con la decodificación de la secuencia de este monumental conjunto de instrucciones se inicia la búsqueda de la estructura de más de 50.000 genes y el propósito de cada uno, definidores de nuestra especie.

Las consecuencias del descubrimiento se sentirán primero en el área de la salud. La medicina regenerativa vendrá primero, mediante terapias basadas en la modificación de las señales químicas necesarias para que las células reparen los tejidos dañados y combatan organismos invasores. Luego, podrían desarrollarse la medicina personalizada, así como programas preventivos y de tratamiento individual, según la composición genética de cada persona. Sin embargo, el camino, en esta maravillosa aventura de la ciencia, será largo y complejo. El anuncio del lunes es comparable con el descubrimiento de una hipotética enciclopedia de 5.000 ediciones dominicales de La Nación, escritas en un alfabeto desconocido y sin puntuación alguna. En ese mar de datos tiene que identificarse el 3 por ciento que se cree contiene genes (el resto es supuestamente irrelevante), determinar dónde empieza y dónde termina cada gen, y descubrir su función. He aquí una extraordinaria tarea cuyo fundamento se establece ahora, aunque ciertas páginas están en blanco.

El comunicado conjunto de los científicos J. Craig Venter, presidente de la empresa Celera Genomics, y Francis Collins, director del proyecto público multinacional del Genoma Humano, férreos competidores hasta hace unos días, constituye también un logro científico, producto precisamente de esa competencia, y representa un caso singular del papel del Estado y de los políticos en procura de objetivos fundamentales para el ser humano y para la sociedad. La competencia que la empresa privada Celera introdujo en el proceso aceleró el descubrimiento científico que avanzaba al paso de la organización pública. La metas iniciales se adelantaron exitosamente en tres años. Pese a sus diferencias metodológicas y de propósito y, ante las sugerencias del presidente estadounidense, Bill Clinton, y del primer ministro inglés, Tony Blair, ambas instituciones decidieron cooperar y comunicar los resultados de sus investigaciones como complementarios. La influencia de los políticos garantizó el acceso universal a la información y, al mismo tiempo, se mantuvo el estímulo utilitario a la actividad privada que promueve la eficiencia. Aparentemente, Celera, en lugar de patentar y cobrar por la información, lo hará por las herramientas que ha desarrollado para interpretar los datos.

Sin este impulso inicial estatal, el proyecto del genoma humano difícilmente hubiese arrancado. Pocas compañías invertirían más de $2.000 millones en un proyecto a 15 años de plazo y de dudoso éxito. Asimismo, sin la flexibilidad y la presión sobre la empresa privada, el plazo original con dificultad se hubiese alcanzado y definitivamente no se hubiera reducido. La coexistencia de una institución pública sin afán de lucro y otra con el mismo objetivo pero con otro fin ulterior diferente ha beneficiado a la humanidad. La dramática investigación que sigue mantendrá este modelo de cooperación que, tal como se ha expresado, concitará un intenso esfuerzo interdisciplinario y político de alcance universal a fin de preservar lo que ha de ser el fundamento e inspiración de este descubrimiento y, en general, de todo avance científico: la salvaguardia y fortalecimiento de la inviolable dignidad humana. Desde este punto de vista, la bioética adquiere una dimensión y un compromiso particulares, y el siglo XXI otea horizontes extraordinarios en beneficio del ser humano.



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