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San José, Costa Rica. Miércoles 1 de marzo, 2000
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Lo general y lo particular

Dormidos en añejos laureles, evolucionamos lentamente

Jaime Ordóñez


La reunión de líderes políticos y expertos y académicos nacionales que La Nación propició el 18 de febrero con el título El avance posible tuvo una enorme virtud. Aparte de lograr una adecuada radiografía de los retos del país, sirvió para desnudar las fortalezas y las flaquezas de la clase política e intelectual que-desde distintas instituciones y puestos- influye en la dirección de Costa Rica.

Las virtudes hay que reconocerlas: nuestros dirigentes y académicos en términos generales conocen bien el país, lo han pensado técnica y prácticamente, en lo fundamental saben del negocio del poder. Más de un siglo de democracia republicana y 50 años de estado social derecho suponen algún acervo y es, por así decirlo, ventaja comparativa sobre otros países de la región. Por algún tiempo, al menos. Quizá no mucho. El resto del mundo sigue evolucionando rápidamente. Nosotros, dormidos en añejos laureles, tal vez más lentamente.

Los defectos de nuestra intelligentzia, por otra parte, son inherentes a la idiosincrasia costarricense. Los dirigentes, igual que los ticos promedio, hablan con vaguedades, dicen las cosas a medias, contemporizan cuando sus objetores están físicamente enfrente. Escamotean un poco el fondo de un argumento en favor de su viabilidad y negociación. Optan casi siempre por nuestra famosa solución a la cartaga. Con algunas excepciones (había algunos pocos en la sala) no se juegan el físico por sus ideas. La reunión de un día entero terminó como una amable cofradía de amigos, dándose palmadas en la espalda, generando acuerdos en una gran cantidad de lineamientos básicos sobre el futuro de Costa Rica. Esos acuerdos están consignados en la prensa. Excelente. Entonces, ¿cuál es el problema?

La trampa de las ideas generales. El problema es justamente ese. Que son lineamientos básicos, ideas generales con las que todo el mundo -a estas alturas de nuestra evolución social- está de acuerdo. Sin embargo, en muchos casos, los pasos concretos y específicos no se enuncian, por cálculo, por negociación, por falta de riesgo o por compromiso de alguna índole. Por poner un manido ejemplo: absolutamente nadie en este país se opone a la descentralización y ella es parte de todos los discursos que, de un lado y otro del espectro político, se hacen desde hace muchos años.

Sin embargo, Costa Rica sigue siendo un país esencialmente centralista. Desde el sistema electoral, que es vertical (hasta nuevo aviso) y que no concede autonomía real a los sistemas provinciales y cantonales, hasta el sistema administrativo y financiero. El incipiente y tímido modelo de transferencia de competencias tributarias y fiscales funciona a medias y puede abortar si no se realiza una eficaz desconcentración de las otras competencias. Sin embargo, los parlamentarios y la clase política no han dado aún el salto. A sotto voce, a muchos de los políticos les da miedo, pavor, la descentralización. Es el pavor a perder poder, a dar rienda suelta a la sociedad para que ésta tome sus decisiones, por encima o por debajo de los partidos políticos. En la última década, he tenido la confesión personal de varios políticos de distintos niveles que, entre dientes y en privado, aceptan el temor por el qué pasará, cuando, en un escenario menos estratificado, las propias comunidades elijan a sus regidores y diputados por nombres y no por listas. Es el miedo a la libertad y a perder el timón del poder. Ese temor es una traba para el desarrollo democrático.

Producción y redistribución. Igual sucede con los dilemas de producción y distribución, crecimiento y equidad social. Cierto, todo el mundo acepta que el sistema tributario tiene que lograr un equilibrio. Por un lado, no afectar el crecimiento productivo y, a la vez, hacer real la redistribución de la riqueza que permita el crecimiento de clases medias y, a la postre, mayor demanda para la oferta productiva. En el papel, la ecuación es más o menos sencilla. Sin embargo, en la práctica nuestro sistema tributario es totalmente regresivo y ello no sólo tiene efectos negativos en la redistribución sino -aunque no lo parezca a simple vista- también en el crecimiento productivo. El sistema de seguridad social está quebrado y el régimen de pensiones se está salvando por un pelo apenas por la sencilla razón que no cobramos bien impuestos y, aunque parezca paradójico, por ello tampoco generamos más riqueza.

Galbraith y hasta el propio Hayek lo explicaron muy bien, aún en aceras opuestas ideológicas. La inversión social genera crecimiento productivo. Pero para hacer chocolate necesitamos cacao. En nuestra sociedad, donde casi el 85 por ciento de los impuestos provienen de la recaudación indirecta, el sistema impositivo regresivo está borrando sistemáticamente con el codo lo que el casi caduco sistema de seguridad e inversión social escribe con la mano. Para solucionar esto se necesitan, más que ideas generales, propuestas particulares. El impuesto de ganancia de capitales, por ejemplo, que existe en EE. UU., Alemania, Francia, Inglaterra y en todas las sociedades modernas -y que sería urgente implantar en Costa Rica- es una idea concreta y particular a la que nuestra clase política se resiste a referirse, regodeándose más bien en ideas generales y abstractas sobre justicia tributaria. Generalidades o evasiones como esas son las que nos están matando.



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