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Más impunidad, menos libertad

Si se les da alas a los vociferantes, se van a creer voz autorizada

Rodolfo Saborío V.


Cada vez que un politicastro logra salirse con la suya evadiendo la justicia, somos menos libres.

En la administración anterior algunos funcionarios se aprovecharon de las deficiencias en los sistemas de control y abusaron de los bienes públicos sin que hasta el momento el aparato de justicia haya sabido dar buena cuenta de los verdaderos responsables.

Todavía está fresca en la opinión pública la descripción pormenorizada, apoyada en informes de la Contraloría General de la República, de actos irregulares que nunca condujeron a una adecuada respuesta por parte del Ministerio Público.

Por el contrario, el sistema represivo ha sido la punta de lanza en el ataque a la libertad de prensa, favoreciendo la coerción y la amenaza sobre los comunicadores que con todo derecho informaban sobre la conducta de funcionarios públicos. Más impunidad, menos libertad.

Tapadera y persecución. Cada vez que se acalla la libre difusión de las ideas, se genera más impunidad. Cada vez que los vociferantes intentan imponerse sobre los pensantes, tenemos menos libertad. Como si fuera poco, algunos políticos han querido vender la idea de que es a los tribunales de ética de cada partido a quienes corresponde analizar los desafueros de sus cúpulas. Por las pruebas que han salido al descubierto en los últimos meses, se ha visto que ese tipo de instancia no ha sido más que una tapadera y en algunos casos instrumento de persecución de disidentes. Más impunidad, menos libertad.

En un arrebato de cinismo, algunos de esos mismos personajes que se esconden del escrutinio de la prensa, que no dan cuenta de los manejos irregulares de los bienes públicos, pretenden erigirse en oráculos de la probidad, atacando cuanto no se ajuste a su desviada concepción de la realidad, amparados en el escudo que un sistema penal sin derrotero les ha ido construyendo poco a poco. Más impunidad, menos libertad.

Fragilidad expuesta. Hay quienes creen que cuanto más se mienta y más se oculte, más se convence. Piensan que un crimen puede quedar impune y eso no importa si se alcanza el objetivo propuesto, si se sigue atacando a cualquiera que se atreva a cuestionar, si se sigue gritando más fuerte. Creen que mientras más traten de ensuciar a los demás, menos se va a notar su propia suciedad. La historia nos enseña que esos métodos nunca llegan a prevalecer indefinidamente y por más que se relinche alrededor del Parlamento y se reniegue del sistema republicano, tarde o temprano los vociferantes quedan expuestos en toda su fragilidad.

Por todo lo anterior, no podemos darles alas a los vociferantes porque, si no, de repente van a pensar que son la voz autorizada de la sociedad. No debemos ceder más espacios a los iracundos que amenazan con rayos y centellas a quienes los tratan de exhibir como lo que son, una pobre parodia de los peores vicios de la política. No podemos ceder ni un solo centímetro porque cuanto más impunidad, menos libertad.



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