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TRAGEDIA NACIONAL. Residentes de Ilobasco, a 55 km de San Salvador, cargan el cofre de una de las víctimas del envenenamiento por licor adulterado. 117 personas han muerto hasta ahora.


10 días sin alcohol

Ley seca en El Salvador



ACAN-EFE.

El Parlamento salvadoreño aprobó un decreto que prohibirá durante diez días la venta de alcohol destilado en negocios no autorizados para controlar las masivas intoxicaciones con licor adulterado que han causado ya 117 muertos.

Una fuente parlamentaria informó ayer que la Asamblea Legislativa aprobó antenoche por unanimidad la ley transitoria que prohíbe a propietarios de farmacias, tiendas al detalle y cantinas la venta de aguardientes sospechosos de contener alcohol metílico, que ocasionó los decesos.

El decreto establece multas para los infractores, que oscilan entre los 50.000 y 100.000 colones salvadoreños (entre ¢1,7 millones y ¢3,4 millones).

La prohibición de vender bebidas alcohólicas no incluye las fermentadas, como la cerveza, el vino, la sidra y el champán, debido a que éstas no han presentado irregularidades, según fuentes legislativas.

El decreto tampoco afectará a supermercados, hoteles, restaurantes y bares que venden bebidas alcohólicas, toda vez que éstos no distribuyen los aguardientes letales.

Las muertes por licor adulterado comenzaron la noche del pasado 2 de octubre en el departamento central de San Vicente, donde se comprobó que las víctimas habían ingerido aguardientes de las marcas "Trueno", "Súper Trueno" y "Bombazo", que contenían elevados niveles de metanol, un derivado del alcohol metílico.

Las autoridades retiraron la semana pasada más de 800 cajas con esos licores de una bodega de la fábrica donde se producen en San Salvador, mientras que en el interior del país la Fiscalía y la policía llevan a cabo constantes allanamientos en busca de remanentes y de otras bebidas sospechosas.

Los pocos sobrevivientes de la intoxicación, que afectó a los departamentos de San Vicente, Cabañas, Cuscatlán, Chalatenango y La Paz, sufren daños irreversibles en su organismo, como ceguera y otras discapacidades físicas (relato de un sobreviviente en nota aparte).

La Fiscalía General de la República sólo ha ordenado la detención de dos mujeres en San Vicente tras comprobar que vendían alcohol adulterado que causó la muerte de seis personas el 3 de octubre.

Mientras, el Gobierno pidió ayer en anuncios publicados en los diarios locales que la población denuncie las ventas clandestinas de alcohol.

El ministro salvadoreño de Salud Pública, José López Beltrán, no descartó que las muertes puedan ser parte de un "plan de limpieza social" para eliminar a alcohólicos.

En una entrevista de radio, López Beltrán recordó que hace dos años casi a diario eran asesinados homosexuales y travestidos en El Salvador.


"¡Voy a morir, voy a morir!"

Jaime García / El Diario de Hoy

San Salvador. El ángel de la muerte entró sigiloso a la cama número 2 del hospital Santa Gertrudis para llevarse a José Alfaro Rivas Rivas, la víctima 33 de la intoxicación con alcohol en San Vicente.

Mientras conversaba con el doctor Napoleón Vigial, director del hospital, me notificó que en pocos minutos u horas se sumaría a la trágica lista de fallecidos un paciente que ingresó a las 6:30 a. m. con un severo cuadro de intoxicación etílica.

Me encaminé a la sala de Medicina Hombres, donde yacía postrado José, un agricultor de 39 años. Era atendido por la anestesista Raquel Osegueda, quien sostenía en sus manos una mascarilla de hule conectada a un tanque de oxígeno.

José había sufrido un paro respiratorio que lo dejó inerte, después de convulsionar hasta arrojar espuma por su boca.

La anestesista continuaba su ritmo apretando la bomba en su lucha contra la muerte, "Si dejo de hacerlo puede parársele el corazón y fallecer", explicaba Raquel.

Los demás pacientes, ingresados en la sala, también intoxicados, contemplaban la escena mientras esperaban el desenlace. Creo que ellos aguardaban lo peor. No se equivocaron.

Cuando el reloj marcaba las 10:35, la anestesista perdió la batalla, José subrió un paro cardíaco fulminante.

José Armando Reyes, de 30 años, otro paciente, "¡Si él entró caminando y hablando!", se repetía mientras observaba a una enfermera quitar los aparatos que habían mantenido con vida a José.

Contó que cuando José entró a la sala, le acompañaba su madre, Teresa de Jesús Mejía. "Venían platicando. El le decía que se iba a morir y ella le repetía que no, porque ya estaba en manos de los médicos. Se acostó y luego de un rato comenzó a vomitar y a temblar".

Tomado y adaptado de El Diario de Hoy, San Salvador



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