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Chillido de muerte

El monte crujió antes de enterrar un residencial


Niko Price. Associated Press

Santa Tecla. Lo primero que se escuchó fue un chillido proveniente de la cumbre del cerro.

En cuestión de minutos, una avalancha de tierra había sepultado parte de Las Colinas, un barrio de clase media donde se cree que unas 1.200 personas quedaron bajo el lodo

Gráfico:

  • Colinas mortales


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  • Entre ellas: una señora que caminaba a una la tienda para comprar huevos, un muchacho de 12 años que esperaba en su casa la llamada telefónica de su padre en Estados Unidos y tres niños de cinco años que paseaban las bicicletas recibidas en Navidad.

    Otros quedaron atrapados agonizando, pero aferrados a la vida.

    Todo comenzó a las 11:33 de la mañana del sábado.

    Julio Antonio Ramírez, el guardaespaldas de una acaudalada mujer estadounidense en la colonia, afirmó que el terremoto lo sorprendió en el jardín de la lujosa mansión en la que trabaja.

    La tierra comenzó a temblar, levemente al principio, pero luego se produjo una súbita sacudida. Alguien, en una casa en la parte alta del cerro, gritó aterrada y casi simultáneamente se sobrevino una tremenda explosión.

    Ramírez, de 40 años, miró asombrado como una polvareda cubría las casas. Hubo un momento de silencio y luego se escucharon los gemidos grotescos de los heridos.

    "Los gritos fueron terribles. Yo pensé que se trataba del fin", manifestó Ramírez.

    La nube de polvo fue tan densa que durante casi media hora Ramírez no fue capaz de ver nada. Y cuando se empezó a despejar, no podía creer lo que sus ojos observaron.

    Solo con "Lobito"

    El barrio había quedado convertido en una pila de tierra, sin que se pudiera distinguir lo que antes era una calle o una casa. Todo había sido sepultado.

    Lo que antes era una espaciosa avenida adornada por residencias de moderna arquitectura ayer lucía como un enorme cerro de tierra, que abarca medio kilómetro de longitud.

    Algunas casas lograron mantenerse en pie, pero sus habitantes las desalojaron y se refugiaron en casas de parientes.

    Miguel Ángel Ortega, un empresario de 34 años, corrió apresuradamente a su casa. Había ido a su hacienda para ocuparse de sus caballos y cuando se produjo el terremoto lo único que pudo pensar fue en buscar a sus tres hijos y a su esposa. El matrimonio hubiera celebrado ayer su sétimo aniversario.

    Ortega recorrió el sitio tratando de hallar el lugar donde estaría su casa. Se sentó para llorar y casi al mismo tiempo captó al único sobreviviente en su hogar: "Lobito", el perro.

    "Lo llamé y vino corriendo. Es todo lo que queda. Aparte de él, estoy solo en este mundo", dijo.

    Ortega ayer se sentó en el sitio donde se hallaba la piscina de su casa, cubriéndose con una manta. Estaba a la espera del arribo de una cuadrilla del ejército que se encargaría de excavar.

    "Ay, mi Diosito, ¿Dónde están mis cadáveres? Eso es todo lo que quiero que me diga para que los pueda enterrar", sollozaba. "Lo mejor hubiese sido estar allí con ellos porque así estaría muerto".

    No muy lejos de allí, una joven de 18 años, que solo se identificó como Vilma, corría cada vez que los voluntarios rescataban un cadáver, para preguntarles: "¿Es un niño?". Vilma intentaba dar con un pariente suyo de unos seis años que figura entre los 1.200 desaparecidos en la barriada.



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