
EN EL FILO. Decenas de casas quedaron al borde del precipio en la localidad de Comasagua (a 28 km de San Salvador), luego del terremoto del sábado pasado.
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Los rostros de la tragedia
Sergio Arce sarce@nacion.co.cr
Enviado especial de
La Nación
San Salvador. Esta ciudad es una sola realidad con diferentes matices. Huele a terremoto y muchas réplicas; huele a dolor, zozobra y llanto; huele a solidaridad.
San Salvador es otra; no es igual. La gente lo sabe y lo lamenta. El terremoto de 7,6 grados en la escala de Ritcher -que sacudió el país el pasado sábado- cambió la geografía social y física de la capital.
Sus habitantes tienen dibujados en sus rostros el amargo trazo del desastre: 403 muertos, 1.077 heridos, 1.336 evacuados y 1.200 desaparecidos, así como cientos y cientos de viviendas afectadas, según el último reporte oficial.
San Salvador es una sola realidad con diferentes matices. Unos, lloran; otros, se culpan de su impotencia ante la pérdida de un amigo o familiar.
Este es el caso de Alicia Mejía Mondar, quien no ocultó sus lágrimas tras la muerte de muchos de sus vecinos en Las Colinas.
El verbo que salía de su boca estaba cargado de desconsuelo. No podía dar crédito a lo que sus ojos veían.
Frente a su casa, más de 1.500 personas trabajaban para rescatar cuerpos soterrados bajo toneladas de escombros, tierra y árboles que arrojó la cordillera del Bálsamo, al oeste de la capital.
En esta zona la tragedia golpeó con mayor fuerza.
San Salvador exhibe otro rostro: el del pánico generalizado ante la gran cantidad de réplicas, incluso, anoche. La población no se acostumbra a vivir con ellas y sacó a las calles sus camas, mesas y sillas. No quieren dormir en sus casas.
Un buen número de turistas comenzó a abandonar el país desesperadamente. En las afueras del aeropuerto internacional Comalapa, las filas de extranjeros que pujan por un lugar en cualquier avión eran más que evidentes.
Los hospitales atienden a sus pacientes en las aceras y parqueos, en medio de bolsas de suero, tanques de oxígeno e inyecciones.
Pero en medio de la pesadumbre, los salvadoreños han sacado fuerzas de sus flaquezas para ayudar en las labores de rescate, en un acto puro de solidaridad.
Sin distingo de religión, clase social o color políticos, son innumerables los hombres y mujeres que empuñaron sus picos y palas para tratar de encontrar sobrevivientes.
Ninguno quiere esperar la ayuda gubernamental, saben que es limitada. San Salvador vive una sola realidad, pero con diferentes matices.
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