El Salvador es una lágrima
Ricardo
Quirós Sáenz (*)
Especial para
La Nación
San Salvador "La misma imposibilidad de probar la existencia de Dios me prueba su existencia".
Es muy posible que en esa afirmación miles de salvadoreños encuentren el instrumento para explicarse en parte el terremoto del sábado 13 y que por circunstancias profesionales me tocó vivir en carne, hueso y alma.
Llegué a El Salvador el jueves 11 con la intención de impartir un pequeño curso de capacitación sobre periodismo deportivo a los componentes de la sección deportiva del diario La Prensa Gráfica.
Todo marchaba bien hasta que llegaron las 11:33 a. m. del sábado. Tan solo unos minutos después de haber terminado la sesión matutina de instrucción, me quedé en la redacción en compañía del editor de deportes Mario Paz, del coordinador Iván Ochoa y del redactor Rafael Cárcamo.
De pronto, el edificio del periódico se vistió de péndulo y comenzó a moverse. La experiencia tica sobre este tema me dictó quedarme quieto. "Ya pasará", me dije. Nada más lejos de la verdad por venir.
El inmueble, estrenado apenas hace cuatro años, según se me dijo luego, informalmente, crujió como si las enormes paredes fueran de cartón. Se suspendió el fluido eléctrico de inmediato y de pronto me vi corriendo tras los pasos de Cárcamo, en medio de la oscuridad y cuando comenzó a caerse el cielo raso de la redacción.
Sin información sobre por dónde salir, descarté bajar por las gradas y crucé una puerta que me llevó a un andamio de metal que rodea la gran rotativa de La Prensa Gráfica, atormentado por un ensordecedor ruido y con los pies en el eterno vaivén de aquella plataforma.
"Tranquilo", le dije a Cárcamo, como si yo lo estuviera. Él optó por subirse a la baranda del andamio y tirarse al segundo piso. Lo hizo sin pensar. Yo lo seguí, no sin antes dudar un tanto, pues la caída es de unos cuatro metros hacia un piso que estaba en movimiento. Miré hacia arriba y en mi imaginación vi que se desprendían las vigas del techo que cubre aquella poderosa máquina que imprime verdades e historia y que me caían encima
En otras circunstancias yo me hubiera dicho que no estaba para esos trotes. Cárcamo es un joven que anda en los veintes; yo, en cambio, estoy en dos veces 20 y un poquillo más... Pero lo seguí y salí bien librado.
Ya en el amplio parqueo, con la piel transparente y el corazón en la mano, agitado, trataba de recuperar la postura, arrugada por el duelo que le ganó la espontaneidad y el instinto.
Mientras recuperaba el aliento me mortificaba la idea de mayores efectos del terremoto en quién sabe dónde. Pensé en el centro de la ciudad. Pero no... La fe mueve montañas, pero la Madre Naturaleza también y un cerro anexo a la colonia Las Colinas, a 20 kilómetros de San Salvador, se ensañó sin misericordia y enterraba cientos de casas con sus ocupantes dentro... Tumbas residenciales.
Como los salvadoreños, le recé a Dios y después de aquel susto, horas después, a escondidas, derramé una lágrima.
¡Qué experiencia!, me dije, ¡qué amarga!
Me llevaré a Costa Rica esta cicatriz emocional, insignificante frente a la enorme herida abierta que tiene el pueblo salvadoreño que aún lucha contra aquella montaña que no fue movida por la fe, para al menos arrebatarle sus muertos.
¡Bendita vida! ¡Maldita muerte!
El Salvador se parte los brazos de nuevo. No encuentra explicación a tanto sufrimiento repetido: guerras y terremotos...
Dios, no estoy en capacidad humana de mostrar tu existencia, pero esta impotencia me prueba tu presencia.
* Ricardo Quirós Sáenz es el jefe de prensa de la Federación Costarricense de Futbol y un periodista con una amplísima experiencia en el campo deportivo nacional e internacional.
|