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San José, Costa Rica. Sábado 17 de febrero, 2001
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Dionisio Echeverría

Un personaje lleno de energía, imaginación y creatividad

Óscar Arias Sánchez


Una de las características de la sociedad moderna es su diversidad. A diferencia del pasado, esta diversidad no se basa en el encierro provinciano de cada cultura dentro de su propio reducto comarcal, definido por fronteras más o menos aleatorias. Se trata, por el contrario, de una diversidad cada vez más extendida y cosmopolita, en la que lo distintivo es la posibilidad de tener lo diferente a la vuelta de la esquina o en algún lugar del vecindario, sin que ello entrañe incomodidad o rechazo. Esta es le diversidad con la que hemos sido bendecidos los costarricenses, gracias a nuestra condición de país de asilo.

Siendo yo ministro de Planificación en el gobierno de don José Figueres, recibí desde Santiago de Chile una llamada telefónica de John Biehl, quien había sido mi compañero de estudios en la Universidad de Essex, cuando ambos hacíamos el doctorado. John me informó que, como consecuencia del golpe de Estado de setiembre de 1973, la universidad en la cual él trabajaba como profesor había sido tomada por los militares, por lo que deseaba explorar si en Costa Rica podría contar con una oportunidad laboral.

Sensibilidad y tolerancia. Fue así como los costarricenses nos beneficiamos, hasta el día de hoy, con los conocimientos de mi antiguo compañero; fue así como se reinició el contacto que más tarde lo llevó a ayudarme, con su talento y sus conocimientos, a luchar por la pacificación de Centroamérica. A la par de él vinieron muchos otros perseguidos que huían de la tortura, la represión y la cárcel. De ese modo llegaron cientos, quizás miles, de personas que buscaban asilo político en Costa Rica. Nuestro país, demostrando gran sensibilidad y gran tolerancia, abrió las puertas de su democracia a aquellos perseguidos y les permitió que rehicieran sus vidas en paz y con dignidad. Ojalá esta conducta no cambie nunca y jamás la mezquindad o la xenofobia nos lleven a menospreciar a los hermanos nicaragüenses que, por otras razones, buscan refugio en nuestro suelo.

Entre aquellos inmigrantes de la década del 70 nos llegaron numerosos artistas de reconocido prestigio, grandes intelectuales y profesores universitarios de sólida formación y gran experiencia que, con sus aportes, cambiaron, para bien y para siempre, nuestro panorama cultural. Entre ellos llegaron los integrantes del grupo teatral El Ángel, dirigido por Alejandro Sieveking. Este reconocido dramaturgo venía acompañado por su esposa, la gran actriz Bélgica Castro, y completaban el grupo Lucho Barahona y Dionisio Echeverría, un español que había convertido a Chile en su segunda patria y haría lo mismo con Costa Rica. Los cuatro enriquecieron con su calidad artística y su profesionalismo el teatro y la cultura costarricenses. En realidad, ayudaron a consolidar el magnífico movimiento teatral que se había iniciado en nuestro país desde los tiempos del Teatro Universitario, pasando por el teatro Arlequín y otros grupos, del que formaron parte muchas personalidades que le dieron a nuestro teatro lustre y prestigio, entre las cuales recuerdo, sin ser exhaustivo, a Guido Sáenz, Kitico Moreno, José Trejos, Ivette de Vives, Daniel Gallegos, Ana Poltronieri, Fernando del Castillo, Lenín y Anabelle Garrido, Oscar Castillo, José Tasies, la familia Catania y Haydée de Lev.

Belleza y alegría. Nunca olvidaré cómo, en varias ocasiones, gracias a la intervención de Haydée, el grupo de El Ángel hizo, en mi casa de San Joaquín de Flores, presentaciones del género "café concert" ante amigos y familiares. Desde entonces surgió una entrañable amistad con Dionisio, que se fortaleció con el tiempo. Al lado de muchos otros representantes de la cultura, él colaboró en mi campaña presidencial. Posteriormente, en 1989, cuando conmemoramos nuestros cien años de democracia con una cumbre hemisférica y con la inauguración de la plaza de la Democracia, Dionisio Echeverría y Mimí Prado organizaron el Festival Internacional de Teatro por la Paz, un hito inolvidable en el que participaron los mejores grupos de teatro y danza del mundo. Durante dos semanas, ellos llenaron nuestra ciudad de belleza, espectacularidad y alegría. Los costarricenses bailamos, cantamos y lo celebramos juntos en teatros, plazas y calles. Todo ello gracias al liderazgo y al talento organizador de Dionisio, personaje lleno de energía, imaginación y creatividad.

Dionisio Echeverría estuvo junto a nosotros, también, en otras etapas de nuestra lucha por engrandecer la política. Formó parte del grupo de amigos íntimos que se acercaron a convencerme de que yo debería volver a la política nacional. Fue uno de los miles de costarricenses que me expresaron su confianza y me estimularon para que luchara por la reforma constitucional que permitiera la reelección presidencial. Fue una muy agradable sorpresa para mi encontrarme a Dionisio integrando una de las mesas receptoras de votos durante la consulta nacional que realizamos sobre la reelección presidencial.

Como artista, como organizador, y administrador de las actividades culturales, Dionisio fue de extraordinaria competencia profesional. Fue un gran amigo y debemos agradecerle su gran generosidad en la promoción de jóvenes dedicados al teatro y a la danza que hoy dan prestigio a Costa Rica. Descanse en paz, querido amigo.



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