Lunes 11 de junio, 2001. San José, Costa Rica.
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  • Artículo de Opinión:

    Honor y compromiso

    Los candidatos deben sumarse a la búsqueda de soluciones


    Concluidos los procesos electorales internos de los partidos mayoritarios Liberación Nacional (PLN) y Unidad Social Cristiana (PUSC) con las candidaturas de Rolando Araya y de Abel Pacheco, respectivamente, y supuestas las de otros partidos contendientes, el horizonte político para las elecciones generales de febrero del 2002 está despejado. Conocidos ya el escenario, el procedimiento y los actores principales, ¿cuál será, sin embargo, el contenido?

    La tradición electoral nos dice que la médula de nuestras campañas políticas se ha basado en la propuesta de soluciones abstractas, desligadas de un compromiso serio y concreto; de pródigas promesas, a la medida de los deseos de los votantes, y de intercambios de agravios o, como dice nuestro pueblo, de trapos sucios, lejos de la crítica auténtica y necesaria en el orden de la moral pública, de la conducta personal o de los programas de gobierno. La consecuencia de este estilo político, a espaldas de la realidad, es la siembra de la desconfianza por cuanto, a la hora de gobernar, las soluciones, generalmente tímidas, difieren de lo dicho en la campaña. Los problemas de fondo del país suelen quedar al margen, lo que explica su acumulación. También este ciclo electoral debe romperse. El país está harto de escuchar una partitura o leer un libreto a partir del 8 de mayo, diferente de lo expuesto en meses anteriores. Tenemos el derecho a conocer esos contenidos desde ahora.

    Este contenido supone dos aspectos básicos: las propuestas concretas y objetivas, no evasivas ni mesiánicas, y la demostración responsable, con hechos, de la capacidad de gobernar desde ahora. Es torpe y engañoso anunciar tierras prometidas a partir de mayo, cuando, desde ya, es posible y, además, un deber cívico colaborar en la solución de los problemas nacionales. En una campaña política debe quedar probado quién tiene madera de líder y de educador político. En la coyuntura actual, se impone más que nunca esta nueva actitud, por los graves desafíos derivados del entorno nacional e internacional y por el prolongado entrabamiento legislativo, producto, en parte, de un parlamento espejo de una larga lucha de tendencias. Se requiere, entonces, tanto de parte del Presidente de la República como de los candidatos mayoritarios, un gran acto de concertación política inmediata en torno a una agenda fundamental que contemple los problemas actuales y, sobre todo, las decisiones inevitables hacia el futuro, nuestra realidad interna y las complejas constricciones –también oportunidades– del exterior.

    Los asuntos pendientes son numerosos, pero un temario básico y urgente debe contemplar, cuando menos, la tantas veces pospuesta reforma electoral, el cambio al reglamento interno de la Asamblea Legislativa, una consideración a fondo de los monopolios estatales, la reforma de la administración pública, el combate de la deuda externa y la solución a fondo de la crítica situación fiscal. A los retos económicos nos referiremos en el editorial de mañana.

    Nuestra democracia debe recuperar el sentido de la institucionalidad, esto es, de lo permanente y general, más allá del interés partidista, gremial o personal. Tenemos derecho a conocer la posición de los candidatos sobre estos temas y exigir que su acción comience ya. Tanto ellos como sus equipos de campaña deben ser también conscientes de que, si nuestros problemas económicos y sociales son cada vez más severos y pesados, nuestro país, a diferencia de otros, aún cuenta con un sólido patrimonio democrático y espiritual –popular– para salir adelante. También deben ser conscientes de que la desconfianza en la clase política se ha apoderado de los ciudadanos y que si, aceleradamente, no se reconquista este valor social con resultados específicos y con formas de conducta pública coherentes, eficaces y decentes, este deterioro puede taladrar el sistema.

    Terminado el activismo electoral interno, conviene un poco de reposo y de madura reflexión sobre la responsabilidad y significado de atreverse a pedir los votos de la gente. La victoria en un proceso electoral representa un legítimo honor y una satisfacción personal, pero solo tiene sentido si se acepta como un compromiso.


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