Domingo 7 de abril, 2002. San José, Costa Rica.
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Fotografía

La justicia a medio sol

Para juzgar al expresidente Alemán hay que clonar a la jueza Gertrudis Arias

Sergio Ramírez

Una foto de hace días mostraba a una jueza del atribulado sistema judicial de Nicaragua, de pie, bajo el ardiente sol del verano ante las altas puertas de la mansión del expresidente Arnoldo Alemán, esperando que los guardianes le dieran pase porque llevaba la misión de hacerlo declarar en un proceso penal por fraude contra el Estado. La espera duró cerca de una hora, pero ni la altanera grosería de que era víctima, ni el sol de justicia que caía sobre su cabeza, la arredraron. La justicia sola, a media calle, bajo el solazo. Esa era la imagen.

Gertrudis Arias. La jueza se llama Gertrudis Arias, gana muy poco como para tener automóvil propio, y para practicar sus diligencias debe desplazarse en los atestados autobuses de las rutas públicas, como lo hizo seguramente esa vez en que llegó a golpear el portón cerrado del poder. O se habrá ido al "raid", como se dice en Nicaragua, pidiendo viaje con una señal del dedo pulgar, su libro de actas bajo el brazo. Un viaje largo, porque el expresidente Alemán hizo levantar su suntuosa residencia, dotada hasta de un helipuerto que salió del bolsillo de los contribuyentes, en un paraje de las sierras de Managua al que se llega por una carretera construida y pavimentada bajo su administración, y que solamente lleva allí, a esa mansión, una vía desolada que ningún autobús recorre.

Rumbo a Corfú. Vuelvo a esa foto de la jueza Gertrudis Arias, solitaria bajo el sol inclemente frente al portón cerrado de la impunidad. Impertérrita, paciente, sin galas en el vestir, los zapatos llenos de polvo. Alemán es ahora presidente de la Asamblea Nacional porque, gracias al pacto que firmó con Daniel Ortega, obtuvo una diputación gratis, y fue en sus oficinas acorazadas donde la jueza, tan terca, lo buscó primero. Traspasó barrera tras barrera, y le informaron de que el personaje a quien pretendía tomar la declaración no estaba allí, sino en su residencia, alistando sus maletas para irse de vacaciones a Grecia. Una isla, le dijeron. Corfú, a lo mejor. La jueza Gertrudis Arias debe haber visto alguna vez esas islas lejanas en algún calendario de los que regalan para Navidad las empresas comerciales.

Ese día en que vi la foto de la jueza Gertrudis Arias de pie, en medio sol, yo salía en una gira de lanzamiento de mi último libro por Centroamérica. La crónica decía que por fin le habían abierto el portón, tras advertir a los policías que iba a procesarlos por desacato a la autoridad.

Parecía mentira. Parecía una escena de una película de Costa Garvas, tal como Zeta. El expresidente Alemán, por fin, tuvo que sentarse a declarar frente a esa mujer humilde y firme. Declarar por qué había ordenado a distintas entidades estatales el traspaso ilegal de varios millones de dólares al canal 6 de televisión, que luego se hicieron humo en manos de unos socios mexicanos suyos.

En Guatemala, al ver también a la jueza en las primeras páginas de los periódicos, me llené de una sensación en que se mezclaban el asombro y el orgullo. Es que la justicia ha andado por años en Nicaragua a pie, derrotada y humillada, obligada a esperar bajo el sol ante las puertas cerradas, a doblegarse ante los pactos de poder que crean la impunidad. Y esta mujer del pueblo representaba ese milagro en el que ya pocos creían. El milagro de la ley que hace que bajo su imperio se abran las puertas, por muchos cerrojos y aldabas que tengan, como ante el toque de la trompeta los muros de Jericó.

Cosa hermosa y extraña. Días después, en la ciudad de México, en el radio del vehículo que me transportaba escuché en el noticiero una voz de acento que me era conocido. Una voz humilde, franca. Firme. Era la voz de la jueza Gertrudis Arias leyendo la sentencia por la que mandaba enjuiciar a los implicados en el escándalo del canal 6, incluido el expresidente Arnoldo Alemán. Aquella mujer admirable seguía traspasando las fronteras. Y en los periódicos de Managua, que busqué en Internet, su escritorio aparecía colmado de flores. Le enviaban flores por haber fallado rectamente. Cosa hermosa, cosa extraña.

Extraño, dirá alguien que me lee, si los jueces están para juzgar conforme a derecho, como me enseñaron a mí hace tiempo en la Escuela de Leyes, y se lo enseñaron también a la jueza Gertrudis Arias. Pero es extraño porque se trata de una falacia, por supuesto. En Nicaragua, el sistema judicial está corrompido hasta la médula y protege siempre al mejor postor. Entonces, un fallo semejante resulta extraño, como bien puede verse. Hermoso.

Mafias enriquecidas. Ahora, sin que lo haya solicitado, la jueza Gertrudis Arias tiene protección policial. El presidente Bolaños declaró en San Salvador, al final de la cumbre centroamericana con el presidente Bush, ya cuando el fallo había sido emitido, que en Nicaragua hay mafias enriquecidas por actos ilícitos de poder, que bien podrían atentar contra él mismo, buscando matarlo. De modo que esas mismas mafias también podrían atentar contra la jueza convertida en heroína.

Y vamos otra vez a lo que no es común. El policía vestido de paisano que la cuida tiene que subirse con ella al autobús atestado, y ella misma le paga a su protector el valor del pasaje. Es el único cambio que ha habido en su vida, tener a alguien que anda detrás de sus pasos y al que debe sentar, también, a su humilde mesa. Porque su fallo tan famoso y aplaudido, no le ha significado siquiera un ascenso ni, por tanto, una mejoría en sus ingresos. Según cuenta ella misma en las numerosas entrevistas que le han hecho, nunca ha obtenido una judicatura permanente en el poder judicial. Sigue siendo jueza suplente. Juzga cuando el principal se enferma o está de vacaciones. Y esta vez que la llamaron a llenar un hueco, su sentencia hizo historia.

De los implicados en el affaire fraudulento, la jueza Arias pudo poner ya en la cárcel a los que no gozan de inmunidad parlamentaria. Con los demás, lo más que pudo hacer es enviar una requisitoria a la Asamblea Nacional para que los despoje de la inmunidad de que gozan. Es decir, de la impunidad que el pacto entre las cúpulas de los dos partidos que comparten el poder, les depara.

Clonación de jueces. Es ese mismo poder estratificado que amenaza la institucionalidad democrática representada por el presidente Enrique Bolaños.

Ya veremos qué pasa. Mientras tanto, el país tiene la confianza de que el presidente Bolaños seguirá haciendo válida su palabra de que la corrupción debe llegar a su fin, y que los corruptos, sean quienes sean, serán por fin procesados. Pero para eso necesitamos una rápida clonación de jueces como Gertrudis Arias, capaces de sostenerse de pie, bajo el sol.


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