Domingo 8 de diciembre, 2002. San José, Costa Rica.
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Un punto cardinal

• Alberto Di Mare me hizo sencillo imaginar a Sócrates

Álvaro cedeño

Hace pocos meses nos reunió un homenaje que le tributamos. Nos unía el afecto que le tenemos y la valoración que hacemos de los frutos de su vida. Creo que le mostrábamos respetuosa gratitud por la influencia que su pensamiento ha tenido entre nosotros. Fue mi maestro desde un cálido día de marzo hace ya cuarenta años. Desde entonces, nunca lo escuché sin que me dejara rumiando alguna idea, alguna reflexión, alguna cuestión y, sobre todo, el entusiasmo –la inspiración, la posesión– de merecer el diálogo laborioso con una personalidad tan exquisita.



Hay una impronta saludable, profunda, fecunda que Alberto ha dejado en las vidas de quienes hemos tenido la fortuna de estar cerca de él en algún tramo del camino. Enseñó cuando lo intentó, pero, como no se tomaba demasiado en serio, creo que enseñó también cuando no se daba cuenta de que lo estaba haciendo. Sus ideas profundas, sus intereses múltiples, su visión amplia, nos han servido de desafío, de inspiración, de guía. Si solo hubiera sido Alberto un economista bien articulado, ya deberíamos sus amigos agradecer su presencia. Pero fue más que eso. Fue un hombre para quien el pensamiento, la razón, fueron instrumentos no solo para producir, no solo para escribir, sino para vivir, para andar por el mundo.

Un diálogo con él siempre fue enérgico, educativo y sorprendente –lo decimos con sus palabras– “porque es un ejercicio vivo de aplicación sistemática de la lógica, de utilización permanente de la retórica, en la búsqueda de una verdad que nos vaya haciendo más libres”. Fue maestro de lo que yo llamaría la pedagogía de la conmoción, la cual ejerció mediante la contradicción y el cuestionamiento. Para escucharlo con provecho, había que aceptar y mantener presente en la conciencia que podríamos estar intentando comunicarnos desde dos sistemas de coordenadas diferentes. Creo que le complacía secretamente convertirse en piedra en la que tropezaran los argumentos simplistas, los argumentos aún no maduros.

Su admirable vida intelectual era la manifestación de lo intelectual dentro de las características esenciales de la vida: impredecible, incontenible, vigorosa. Su palabra era como ver la vida en acción, como ver brotar el agua de un incesante manantial. No estaba dentro de sus propósitos el pasar inadvertido porque era de espíritu combativo, bullanguero.

Perdurarán los afectos, las experiencias, el trecho que recorrimos juntos. Eso es no solo imborrable como recuerdo, sino también como realidad: somos distintos porque tuvimos esas experiencias y porque caminamos con él ese camino. Lamento su muerte, pero más celebro su vida. Me hará falta su presencia que era como un punto cardinal en mi mapa intelectual, pero lo seguiré encontrando en los vericuetos de mi peregrinar. Él me hizo sencillo imaginar a Sócrates.


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