Viernes 25 de enero, 2002. San José, Costa Rica.
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Bipartidismo agotado

Contra el reino de los privilegios para unos pocos

Rodolfo Saborío Valverde

El oficialismo bipartidista que se ha repartido hasta el último rincón apropiable del mapa institucional del país es la negación de todo principio de organización civilizada y democrática. Sostener, en aras de una manida gobernabilidad, que es contrario a los intereses patrios cuestionarse la estructura que actúa como si el poder tuviera un dueño definitivo no resiste ningún análisis serio. Resulta insostenible, en estos momentos en que todo apunta a que un buen porcentaje de los ciudadanos está dispuesto a decir a los políticos tradicionales que ya están cansados de tanto abuso, salir en defensa del bipartidismo utilizando ejemplos de la experiencia internacional que, por fragmentarios y fuera de contexto, no son más que un intento de seguir vendiendo el mito de la imprescindibilidad de los dos desgastados partidos que en el pasado han monopolizado el control del país.

No es cierto que el bipartidismo sea la única alternativa para alcanzar niveles aceptables de gobernabilidad en un sistema presidencialista y que, como consecuencia, nos encontremos obligados a seguir soportando el statu quo si no queremos condenarnos al caos perpetuo, como se empeñan en pregonar con sus trompetas apocalípticas los interesados en que nada cambie.

Acuerdos y laberintos. El mejor ejemplo de que el bipartidismo inflexible no es una garantía de buen gobierno no tenemos que buscarlo muy lejos ni en ejemplos exóticos de países con los que tenemos muy poca afinidad histórica o institucional. En Costa Rica el oficialismo de dos caras ha actuado en condiciones de total control de las decisiones institucionales más importantes. No existe nombramiento de altos cargos públicos que no sea producto del acuerdo entre los partidos tradicionales. Las posibilidades de que surjan organizaciones políticas que cuestionen el poder establecido son mínimas ya que toda la estructura legal y financiera está diseñada para desestimular esa posibilidad. Los laberintos y requisitos diseñados para mantener en el poder al oficialismo bipartidista funcionaron durante mucho tiempo y eso no significó que tuviéramos buenos gobiernos.

A pesar del empeño en perpetuar a los mismos en el poder con justificaciones de las bondades de dos partidos tradicionales fuertes, la experiencia inmediata le dicta al ciudadano que el bipartidismo es malo, es corrupción, es pobreza, es despilfarro de recursos, son servicios de mala calidad, es el reino de los privilegios para unos pocos. Al final el esquema, por más adornos ilustrados que se le quieran poner, no pasa la prueba más importante que es la del ciudadano. Y allí es donde fallan los pregoneros del bipartidismo ya que no tuvieron en cuenta que, tarde o temprano, las personas se cansan y no son suficientes las trabas o los diques que establecen para mantener artificialmente el control del poder.

Falacias y soberbia. Otra de las grandes falacias de que se ha querido echar mano para atemorizar a quienes aspiran a un cambio ha sido la de la supuesta imprescindibilidad de los equipos que han vivido a la sombra del gobierno durante tantos años y no han podido solucionar más problemas que los propios. Para aceptar esta tesis, habría que pensar que los únicos técnicos y profesionales con capacidad para gobernar son los que tienen un sello en la frente que certifique su pertenencia a alguno de los dos partidos tradicionales. Ante eso, precisamente, está reaccionando un porcentaje importante de la población que no acepta tal fatalismo. Esa soberbia que los conduce a sostener que o son ellos o el caos es justamente la causa de que muchas personas estén pensando en otras alternativas.

Esperemos que los ciudadanos expresen con contundencia en las urnas que el país no tiene dueño. Que el voto refleje el convencimiento de que, además de los dos partidos tradicionales, existen alternativas muy serias que podrían significar caminos de progreso para Costa Rica.


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