Miércoles 5 de junio, 2002. San José, Costa Rica.
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Hormiguero. La Avenida Segunda lucía desolada poco antes del fin del partido. En media hora estaba repleta de fanáticos que formaron un corredor hasta la rotonda de la Hispanidad. (Foto: Carlos León/La Nación).

Celebración: cientos se lanzaron a las calles en la madrugada

Puro Mundial: Desvelados, ¡y qué!

Para cientos, pasar ayer como zombies valió la pena

Yuri Lorena Jiménez
yjimenez@nacion.com
Redactora de La Nación

¡A quién no le gusta ir a la segura! Quizá por ello, o por ser el principio de la semana laboral que ya trae horas-sueño en su hoja de crédito por el arranque del Mundial, el ambiente en las calles previo al juego de la Sele era más bien discreto.

Pero conforme el equipo se fue afianzando, los bares se fueron rellenando y las pitoretas y las banderas comenzaron a aparecer en las calles. Aún sin los goles, el manejo en la primera parte provocó que a muchos aficionados se les esfumara la aprehensión y se lanzaran en pos de una esperanza colectiva.

Además:
  • La fiesta salió de la capital
  • Pero durante los primeros tanteos fueron muy pocos los parroquianos que se acercaron a sus bares favoritos, con excepción, por supuesto, de lugares tan tradicionales como Río, en San Pedro, o el Rancho Guanacaste, en las inmediaciones de la rotonda de Alajuelita.

    Nosotros escogimos "el bar de Arturo", famoso por estos lares entre el límite Tibás-Moravia, para detallar el ambiente en el arranque junto a unos cuantos parroquianos que de pronto se convirtieron en "compas": comentaban las jugadas y hacían chistes como si se conocieran de toda la vida. Cosas del futbol, que llaman.

    Así, cuando Paulo intentó anotar de cabeza y no le llegó al balón, alguien gritó al fondo: "¡Si ese maje hubiera tenido mi nariz, lo anota!". Todo el mundo estalló en carcajadas al voltear y comprobar la protuberante nariz de aquel que se reía alegremente de sí mismo y, de paso, contagió a los demás, aún demasiado tensos ante la falta de concreción en el marco.

    Lo que es la vida

    Estábamos en el primer tiempo y aún el futuro del juego se presagiaba incierto, cuando la cámara captó un primerísimo plano de uno de los jugadores nacionales. La escena me transportó de golpe a un recorrido de ambiente de bares y restaurantes que hice hará unos 10 meses atrás. Estaba en el bar Beverly Hills, en San Pedro –hoy cerrado– que era propiedad de Paulo Wanchope y otros futbolistas.

    Optimismo
    El domingo la afición espera nuevo festejo

    Mauricio Solís acababa de anotar el gol del triunfo sobre Honduras. Mientras la locura se desbordaba, la imagen de un hombre al fondo de la barra, inmerso en la celebración de la cancha, melancólico y casi ajeno a lo que ocurría en el bar, me llamó la atención.

    Las cosas del futbol, que llaman: era nada menos que Mauricio Wright, cuyo rostro acababa de saturar la imagen del televisor y cuya figura se agigantaría más tarde, al anotar el golazo del triunfo.

    El 2 a 0 fue suficiente para que centenares de fanáticos se sacaran las pijamas y las cobijas y se envolvieran en atuendos tricolores.

    Diez minutos después del pitazo final, la Avenida Segunda lucía como cualquier día en plena madrugada. Media hora más tarde, un hormiguero de vehículos y gente había invadido la zona, que se convirtió en un solo corredor tricolor hasta más allá de la Fuente de la Hispanidad, en San Pedro.

    El vacilón de siempre fue prudentemente vigilado de cerca por cientos de policías, pero los mismos dueños de varios carros convirtieron sus vehículos en "transportes públicos" sin importarles nada en la locura momentánea.

    Y es que con el exceso de adrenalina nadie pudo. Ni la madrugada, ni la perspectiva de tener que trabajar al día siguiente; a duras penas la amenaza del nuevo día, que sorprendió a muchos exprimiéndole el sabor a la noche triunfal a la espera de repetir y aumentar la locura el próximo domingo, ante Turquía.


    La fiesta salió de la capital

    Luis Castrillo M.
    Colaborador de La Nación

    Los torrentes de alegría del un país futbolero desbordaron los campos del Valle Central para anegar las zonas rurales de una Costa Rica que festejó a todo pulmón.

    El júbilo de la victoria llegó hasta el barrio El Capulín de Liberia, donde la hinchada convirtió a la discoteca Kurú y el bar Charleston en territorio de comunión con la Sele.

    Ofrecido el último silbatazo, una caravana de vehículos tomó la avenida 25 de julio de la Ciudad Blanca para llegar hasta el parque central en una euforia que solo pudo ser aplacada por la lluvia.

    La escena se repitió en Cartago centro, donde unos 50 automóviles tomaron las vías aledañas al perímetro principal mientras unos 100 jóvenes se congregaban frente a las Ruinas de la Vieja Metrópoli.

    En Paraíso

    Unos ocho kilómetros al este, en el cantón de Paraíso, la hinchada se tiró a las calles con una cimarrona, tambores y otros instrumentos musicales que se encargaron de meter bulla hasta las 5 a. m.

    Algarabía
    100 jóvenes festejaron en las ruinas de Cartago

    Mientras tanto, en la Zona Sur, la fiesta se armó en grande en Palmar y Ciudad Cortés en los bares La Yarda, Los Estribos y la Soda Flores que habían sido tomados por la fanaticada un par de horas antes del juego.

    Ni siquiera el hospital Tomás Casas, de Ciudad Cortés, se salvó de la expectación por el debut tico en Corea y Japón 2002 porque en ese centro de salud trabajadores y pacientes posaron sus miradas sobre las pantallas de televisión.

    Terminado el cotejo contra China, 30 carros y una buena cantidad de bicicletas, armaron un improvisado recorrido que salió de Ciudad Cortés y llegó hasta Palmar Norte.

    Grecia y Puntarenas estuvieron entre las poblaciones que celebraron con menos efusividad.

    En la primera de esas ciudades, la mayor cantidad de público se reunió en el bar Saprissa y en centro social El Lago, mientras que en Puntarenas las autoridades policiales reportaron escaso movimiento luego del final del encuentro.

    Participaron los corresponsales Guillermo Rivera, Franklin Castro, Jorge Esquivel, Alberto Cole y Fernando Gutiérrez.



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