Lunes 15 de diciembre, 2003. San José, Costa Rica.
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Columna Vida en la empresa

Álvaro Cedeño
Especial para La Nación

Capital social



Vamos a plantear un problema. Imaginemos que vivimos en un pueblo donde hay una fuente de agua, pero no hay cañería. Entonces cada vecino tendría que echarse varios viajecitos al día para traer el agua que necesita. El disponer de una cañería nos haría más ricos porque podríamos dedicar más tiempo a producir cosas, a pensar, a meditar, a dar y recibir afecto.

Imaginemos que vivimos en un pueblo de personas no solo individualistas sino ensimismadas, donde para tener pan, leche o reparar los zapatos, tenemos que tener un horno, comprar una vaca o aprender zapatería. Seríamos más pobres que en un pueblo donde una persona que repara zapatos muy bien, cobra por hacerlo y con eso compra pan a uno que tiene habilidades especiales para producir pan y compra leche a quien dispone de espacio para tener las vacas.

Imaginemos que vivimos en ese pueblo donde todos se especializan y todos intercambian bienes, pero donde cada vez que nos proponemos hacer cosas que beneficien a todos, como planear la seguridad, embellecer el pueblo, mejorar la educación o controlar los riesgos de enfermedad, no existiera la confianza, la disposición, las formas de ponerse de acuerdo para emprender esos proyectos de valor comunitario. Ese pueblo, sería inferior a otro donde existiera la experiencia y los medios para dedicarse con éxito a esos proyectos.

Se le llama capital social a las redes de confianza y de apoyo que aumentan la capacidad de los individuos para realizar acciones en beneficio del grupo, de la comunidad. Un grupo social donde exista confianza, costumbre, experiencia, disposición para emprender acciones conjuntas, tiene más capital social, tiene más medios que otro que no las tenga. El grupo social que tiene más capital social, en menos tiempo y con menos recursos, puede lograr los mismos objetivos que el grupo que no lo tenga. Tomemos como ejemplo el grupo social de quienes forman una empresa. Dos empresas iguales, con igual equipo, con personal semejante, con la misma cantidad de dinero, están en distinta situación, si en una de ellas existe mejor disposición a aprender, a buscar información, a crear soluciones, a distribuirse funciones para ejecutar determinados proyectos.

Traslademos esa idea a nivel de barrio. Los habitantes de un barrio organizado contra el hampa, son más ricos, esto es disponen de más bienes que los de otro barrio donde no existe tal organización: tienen más seguridad, duermen más tranquilos y posiblemente sientan el orgullo de haber logrado organizarse. Antes de que las casas pasaran a ser residencias y los barrios pasaran a ser urbanizaciones, existían redes de información muy útiles: siempre se sabía quién podría ayudarle a preparar un examen al muchachito que perdió el curso de matemáticas o quién podría hacerse cargo de cuidar a los niños de una señora que tenía que atender una cita médica. En la urbanización, no existen esas redes de información, lo cual es paradójico porque nunca habíamos estado tan informados individualmente. Pensemos en cuánta de la información de la cual disponemos podría ser útil a otros miembros de la misma comunidad. Una señora puede carecer de ayuda para sus trabajos domésticos mientras que su vecina recibe y rechaza dos ofertas porque ya tiene la servidora que necesita. Un vecino puede saber muy bien a quien encargarle una reparación en su casa mientras que dos casas más allá, alguien se arriesga con un trabajador a quien nadie conoce. Alguien puede tener conocimiento de familias necesitadas mientras que en la otra cuadra alguien puede tener recursos y disposición de ayuda pero no saber a quien darla. Somos como los pobladores que disponen de un pozo pero carecen de la cañería que lleve el agua a donde se la necesita. Queda planteado el problema.


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