Lunes 15 de diciembre, 2003. San José, Costa Rica.
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Pereza cívica

• Una especie de siesta macondiana

Diego Víquez

Pericles decía –en el mejor tiempo de la democracia ateniense– que “no se consideraba hombre pacífico, sino inútil, a quien no se interesaba por ninguno de los asuntos públicos”. Esta hermosa frase, que conocemos gracias a Tucídides, la he citado siempre que he querido motivar a algún contertulio a inmiscuirse en la vida pública, a no ser indiferente ante los asuntos comunes. Sin embargo, he de confesar que, desde hace mucho tiempo, no la cito para otros, sino para mí. Trato de sortear así esta oscura etapa de la vida política nacional, en la que nada pasa, nada se piensa, nada inspira. Al contrario, la sociedad costarricense se va sumergiendo en una suerte de sopor de siesta macondiana.

Tal vez de las cosas que más chocan es ver esa especie de abismo que se abrió entre el noble e ilustre pueblo costarricense y esa horda semianalfabeta que domina en casi todos los poderes públicos. Es tan temible caracterizar a ese segmento de la población –vivillos más, vivillos menos, que aprovechándose del desencanto de la población han usurpado legalmente la función pública, cosa que lógicamente añade un plus de dramática impotencia al estado de las cosas–, como dramático es verlos fotografiados en los diarios: en grupúsculos, con sendas risas de satisfacción, poniendo cara de estadistas o buscando servilmente congraciarse con el poderoso de turno.

Histeria moralina. En su frivolidad sin término, se desdicen a diario, tocan con la más absoluta de las frivolidades temas casi sagrados, como la pobreza de los costarricenses, el sistema educativo y la salud de sus compatriotas. Buscan refugio detrás de retratos, manipulan ruedas de prensa o deben ser serenados con una aspirina después de un ataque de histeria moralina en medio de un plenario.

Escribo estas líneas mientras me miran, colgados de la pared de mi oficina, los retratos de don Alfredo González Flores y don Rogelio Fernández Güell. Y creo que los ojos severos de este último, así como su vida indomable, son un perenne recordatorio para no olvidarme de Pericles y su llamado a no ser indiferentes. Mientras que don Alfredo me dice que no es a la camarilla de cabareteros-as (con mi debido respeto hacia los cabareteros-as de verdad) que pueblan la vida política nacional, a quienes debemos consagrar lo mejor de nuestros esfuerzos, inteligencia y voluntad sino a la patria clara, esa misma que siempre nueva se regenera en los ojos de sus mejores hijos, esa patria amada que debemos seguir forjando para que también Daniel pueda disfrutarla, como la ha disfrutado su tío.


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