Lunes 15 de diciembre, 2003. San José, Costa Rica.
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Mentir con la verdad

• Un río testigo, y quizás juez

Víctor J. Flury

La última cinta de Clint Eastwood, Río Místico , ha cosechado, desde su estreno en Costa Rica, un elogio unánime, enfático.

Y cabe agradecer sus magias parciales: el contrapunto de los personajes (basado en Sed de mal , de Orson Welles); la omnipresencia de un río testigo y quizá juez; el uso con cuentagotas del corte simple, un par de segundos más largo que lo habitual; el estallido, sobre fondo negro, de un manchón de pólvora que de golpe blanquea la pantalla y aun la sala); la historia, en fin, despojada de accesorios.

No obstante, uno sale estremecido a la calle. Porque, en las secuencias terminales, cuando el significado de la obra cierra su círculo, Clint pone a Laura Linney a decir cosas inesperadas.

La chica le dice a Sean Penn, autor de un homicidio todavía fresco, que él es un rey, dado que es fuerte y que todos los fuertes son reyes, y estas palabras desnudan la moraleja inhumana de la película: ciertos y determinados individuos, debido a su extraño poder, están por encima de la ley. Pueden aun matar, y el dedo de la justicia no los señalará.

El sello de Eastwood. ¿Cómo es posible que no haya existido una sola reacción, en nuestro medio, frente a tamaño desafuero? La respuesta hay que buscarla, creo yo, en “el procedimiento Eastwood”. Se trata de una pirueta más o menos ingeniosa.

Primero, Río Místico nos pinta la realidad de un modo frontal, directo, irrestricto (a esto lo llamaré “verdad”); segundo, el filme observa que en la susodicha realidad prevalecen los infames y taimados y que eso es así, tan natural, que seguirá siendo lo que hoy es (a esto lo llamaré “mentira”). Pues bien, el procedimiento entero implica mentir con la verdad.

La escena final rubrica esta desolada impresión. Kevin Bacon gatilla un revólver imaginario, a lo John Wayne; Sean Penn se parapeta tras las gafas oscuras (recuerdo de Bergman: Detrás de un vidrio oscuro ); Marcia Gay Harden halla su propio lugar y su inminente sonrisa... tutti contenti , mientras un desfile patriotero y comercial toma la ciudad.

No sé si George W. Bush vio la película. Pero sin duda a él le gustaría.

A mí tampoco.


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