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/LA NACIÓN

Narciso y la teoría del estanque

SOS nacional: pensar ordenadamente, por fases, con visión de conjunto

Jaime Ordóñez

Uno de los problemas endémicos de los países subdesarrollados es su insularidad, su tendencia al autismo y al onanismo analítico. Consiste en creer que el mundo exterior (con toda su riqueza, diversas experiencias, distintos niveles de desarrollo, plurales energías y resultados) simplemente no existe o, en el mejor de los casos, es apenas un paisaje vago y difuso, del cual no es necesario conocer. Todo lo contrario, se busca expresamente ignorarlo. Así, los países subdesarrollados, contentos con su propia existencia –regodeándose en el disfrute de lentas mediocridades, nunca inquietantes ni amenazantes– se cierran en sí mismos, apostando a la inercia cansina del día a día. La apuesta a lo seguro es, así, la apuesta de los mediocres. Como Narciso mirándose al estanque, extasiado en su supuesta belleza, los países subdesarrollados (y en especial aquellos que gozan de chauvinismos históricos como el nuestro) se miran a sí mismos, ignorantes de su entorno, apostando a una supuesta infalibilidad histórica, ajenos a la enorme diversidad de ideas, procesos y experiencias que pueblan el mundo. Y, además, de las claves probadas del desarrollo económico y social.

Esta insularidad, este asombroso e inexplicable síndrome de Narciso, es aplicable a las dificultades que la Costa Rica de estos días vive para hacer una reforma tributaria y fiscal moderna, lo cual es solo parte de una urgente reingeniería total del Estado. Estas notas tienen un doble objetivo. El primero es enumerar cuáles son esos otros elementos que, además, de las cuestiones tributarias, implican una modernización efectiva del Estado. El segundo objetivo, tal y como 7 colegas economistas y abogados hemos venido insistiendo en estas páginas, es recordar que –si bien los problemas de ingreso no pueden disociarse de los problemas de control de gasto, transparencia y racionalidad de la gestión pública– el rigor analítico y conceptual y los proceso de reforma legislativa obligan a ir paso por paso, ordenadamente, sin perder el norte de los cambios integrales del Estado, sus normas e instituciones. Pensar ordenadamente, por fases, sin perder noción del sistema y su conjunto, es también una de las claves del desarrollo.

Primer paso: la reforma tributaria. Aquí, de nuevo, el síndrome de Narciso y las trampas del autismo y la auto indulgencia. Mientras el primer mundo recauda entre un 35% y un 45% del PIB, nuestra pobre Centroamérica no llega ni al 13% como promedio. Costa Rica recauda justamente el 13,2% del PIB, una cifra ínfima, ridículamente subdesarrollada, cercana a los números del África subsahariana. Esa es la distancia que nos separa del desarrollo. Los números son fríos, precisos, y contra ellos no hay discusión alguna. Pues bien, la actual reforma fiscal que se plantea en Costa Rica es una reforma tímida que nos llevaría –contando con suerte y después de la reducción de ingreso por concepto de levantamientos arancelarios que implicaría la supuuesta aplicación TLC– apenas a un 16%. Esos 3 puntos del PIB, sin embargo, serían esenciales para solventar la actual presión de déficit y resolver nuestros agudos problemas fiscales. Se trata, repito, de una reforma tímida que, sin afectar la inversión privada del país, introduce un poco más de equidad en el sistema y, sobre todo, reordena la técnica jurídico-tributaria con normas y principios que existen en el Primer Mundo desarrollado. Principios como renta universal, creación de una renta global moderna, un IVA maduro, un administración tributaria con autonomía jurídica instrumental, la sujeción a principio de legalidad de las tipos y los beneficiarios tributarios, etc., operan hace muchos años en países como EE. UU., Alemania, Francia, Italia, España y las naciones escandinavas. Es decir, en los países con mercados robustos, empresa privada eficiente y, además, equidad. Por eso mismo, encuentro inexplicable (cuando no altamente sospechoso) que los adalides de la libre empresa en Costa Rica se opongan, justamente, a lo que ha sido probadamente exitoso en los países desarrollados.

Segundo paso: control y racionalidad del gasto. Sin duda, hay que eliminar la corrupción y los gastos superfluos e innecesarios. Además, de la reforma tributaria, el próximo paso deberá ser una Ley marco sobre control y rendición de cuentas del Estado, la cual incorpore y les dé unidad a varios aspectos hoy dispersos. En primer lugar, a los mecanismos de control administrativo del gasto público (no solo en el ámbito del Gobierno central, sino, además, en el municipal), ejercidos por la CGR y otras instituciones. Ciertamente, sin una racionalización y una transparencia absoluta del dinero público, el Estado no tiene legitimidad de actuación. Adicionalmente, el país debería –al igual que lo hizo con la norma constitucional que obliga al 6% en educación– exigir que los nuevos ingresos no se gasten en burocracia inservible, sino, únicamente, en aquellas áreas de la inversión social que generan desarrollo humano y competitividades sociales.

Tercer paso: planificación por objetivos y optimización de los recursos. Además de la corrupción, el despilfarro o la burocracia, el gasto no planificado y espasmódico, la ausencia de planes estratégicos de Estado de largo plazo, los proyectos ministeriales abortados cada 3 ó 4 años (generalmente regidos por la trampa del ciclo político-electoral) constituyen un gravísimo lastre para la optimización y el sentido del gasto público en Costa Rica. Incluso en la empresa privada este es un requisito básico para la eficiencia. Que los gastos y las inversiones tengan un sentido estratégico y que garanticen resultados de beneficio para la totalidad: eso no sucede con nuestro Estado. Parece urgente una reforma a la Ley del plan nacional de desarrollo, a los efectos de hacerla compatible con la Ley 8131, Ley de administración financiera y presupuestos públicos, a los efectos de que el gasto público en Costa Rica se haga con base en planes estratégicos de mediano y largo plazo, tal y como se hizo en salud y educación hace algunas décadas. Sin planificación estratégica y presupuestación por resultados, el gasto público termina siendo objeto de ocurrencias políticas y administrativas, así como de prebendarismo y clientelismo político.

Cuarto paso: reforma del Estado y reingeniería de las instituciones públicas. Todos los anteriores aspectos exigen, además, una cuidadosa reestructuración de varias áreas del Estado y sus instituciones. Los nuevos recursos tienen que aplicarse en una institucionalidad más eficiente y orgánica. Hay varios temas urgentes. Desde una urgente Ley orgánica de la administración pública, cuyo proyecto duerme el sueño de los justos en el parlamento, hasta la reforma a algunos aspectos como el reglamento legislativo, que haga viable la resolución legislativa con celeridad y prontitud, atendiendo el principio de mayorías y minorías que debe privar en toda democracia. Muchas de estas reformas son reglamentarias; otras requieren modificación legislativa; algunas, la menos, reforma parcial a la constitución. Una vez resuelto el tema tributario adecuadamente (y allegando nuevos fondos al Estado, para que pueda cumplir sus funciones esenciales) el paso siguiente será el ordenamiento de nuestras instituciones y sus funciones.

Esta es una ruta crítica de la reingeniería del Estado y la modernización en Costa Rica. Para que sea posible, sin embargo, es urgente combatir el pernicioso síndrome de Narciso y sus efectos. Nada ganamos verdaderamente con la contemplación bobalicona de nuestra imagen en el estanque (ignorando las pautas, las reformas y las instituciones que han hecho posible el desarrollo en otros lugares del mundo) mientras la idílica y utópica Costa Rica del pasado, que todavía tenemos en nuestra mente, se nos escapa y se nos deshace rápidamente, como arena entre los dedos.

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