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El crítico impasse mexicano Las mayores pruebas para la democracia de México quizá estén aún por venirEduardo Ulibarri En el complejo e irresuelto período de tensión política que ha vivido México desde sus elecciones del 2 de julio, se ha desarrollado una excelente noticia, pero otra se perfila con perturbadoras aristas. Lo ejemplar es que, a pesar de la disputa por los estrechos resultados finales, ni las protestas, ni las obstrucciones, ni los desfiles, ni las poses de Andrés Manuel López Obrador, candidato de Partido Revolucionario Democrático (PRD), y sus aliados, han degenerado en violencia. La población de la ciudad de México ha aguantado con estoicismo -aunque también inquietud y irritación- el descalabro creado por una ola de "desobediencia civil" que aún no cesa. Las fuerzas de seguridad han estado contenidas; el presidente Vicente Fox se ha conducido con civilizada paciencia, y el virtual ganador, Felipe Calderón, del oficialista Partido Acción Nacional (PAN), ya posesionado del triunfo, ha sido discreto y, a la vez, firme. La parálisis se ha centrado solo en partes de la capital; mientras, el país y el Gobierno han seguido funcionando y los mercados financieros no han entrado en pánico. Es decir, presenciamos una saludable muestra de fortaleza y confianza institucional en medio de profundos riesgos de coyuntura. Esto habla bien del avance democrático de México y de su sociedad durante los últimos años. Débil argumento. En el anverso de esta moneda política y social, sin embargo, está la testaruda negativa de López Obrador para aceptar cualquier opción de negociación, intermediación o conciliación que rompa el impasse sobre el resultado electoral. Su línea argumental es tan clara como débil: yo gané la elección, aunque los datos oficiales digan lo contrario y los míos no aclaren nada; se produjo un fraude, aunque no pueda demostrarlo; por ende, soy el legítimo presidente electo, aunque los organismos electorales, la Constitución y las leyes no me respalden y, tampoco, la mayoría de los ciudadanos. Esta actitud profundamente antidemocrática podría tener una salida airosa y responsable el próximo 6 de setiembre, cuando vence el plazo para que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, árbitro último de cualquier disputa en la materia, dé su veredicto y proclame al nuevo mandatario. Sería una oportunidad de oro para que López y el PRD superaran la etapa callejera, refluyeran hacia la institucionalidad y se alistaran para usar, responsablemente, el respaldo obtenido en las elecciones, en lugar de malgastarlo con su peligrosa demagogia. Sin embargo, hasta ahora las señales que han dado el ex candidato y sus más cercanos lugartenientes van en la dirección contraria: nuevas modalidades de protesta, un desafío más directo a las autoridades y la convocatoria, para el 16 de septiembre, a una "convención nacional" en la plaza del Zócalo, que decidiría, sin representatividad legal alguna, la posible proclamación de López Obrador como "presidente legítimo". ¿Confrontación inevitable? Se trata de una insensatez claramente "fantasiosa" y "folclórica", como la ha calificado el Gobierno mexicano. Pero esto no impedirá sus funestas consecuencias políticas: en el ardiente imaginario de los fanáticos del PRD, no habría razón alguna para aceptar a quien proclame el Tribunal Electoral (Calderón, casi sin duda) y, por ende, se abriría el curso para una posible confrontación abierta, proyectada hacia un horizonte de seis años. A pesar de la polarización política, social y hasta regional del país, la inmensa mayoría de los mexicanos no apoyaría la nueva fase de la irresponsable estrategia del PRD. Es posible, además, que algunos de sus dirigentes más moderados, incluido Marcelo Ebrard, nuevo alcalde de la ciudad de México, y muchos de los representantes y senadores electos, rechacen esta virtual rebelión y se inclinen por trabajar desde sus nuevas posiciones de poder. Además, la sensatez demostrada hasta ahora por Fox y Calderón ha permitido mantener abiertas las vías para el acercamiento. Pero, aunque el testarudo ex- candidato quedara aislado en el curso de su estrategia, basta con un núcleo duro dispuesto a seguirlo para que las consecuencias puedan ser trágicas. Como inquietante punto de referencia basta mirar hacia el sur, al estado de Oaxaca. Allí, una disputa salarial entre la Gobernación y los maestros, que comenzó hace tres meses, degeneró en una confrontación política y social, que ya ha cobrado dos vidas y no da señales de finalizar. Por los síntomas de hoy, no se puede descartar un intento para recrear estos actos en el escenario mayor de la ciudad de México. De ello, López Obrador saldría aún más desprestigiado de lo que ya está, al revelarse sin duda alguna como un empecinado e irresponsable autoritario, no un agredido y aguerrido demócrata. Pero más aún sufriría el país. ¿Entrarán en razones los dirigentes del PRD y lograrán imponerse sobre la insensatez en boga? Nadie puede garantizarlo. Por esto precisamente, las mayores pruebas para la democracia y la estabilidad de México quizá estén aún por venir.
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